El nuevo escándalo de las esculturas del Binomio de Oro pone de manifiesto un tema que ya se salió de control en Valledupar y la región: hacer esculturas muñeco sin ningún tipo de curaduría y con poco conocimiento de la estética que se necesita para crear una verdadera escultura hiperrealista. Para ello, hay que conocer a los maestros que en el Renacimiento lograron trascender con obras como el “David” de Miguel Ángel, que duró 3 años, entre 1501 y 1504, para tallarlo, o el “Cristo Vedado” de Nápoles, una escultura fenomenal tallada en mármol. Sin embargo, esta del Binomio de Oro la sacaron en 5 meses, como si eso fuera hacer salchichas, por salir del paso, irrespetando a los homenajeados.
La primera de estas esculturas, muñeco que hicieron Jhon Peñalosa y Misael Martínez, fue la de Diomedes Díaz en la silla, que quedó totalmente desproporcionada en la cabeza. Sin embargo, se entendió porque era el primer paso y la gente la aceptó por Diomedes y por la novedad.
Luego sacaron a Leandro en la novena, que les quedó bien. Algunas esculturas, no en cera, son en silicona para el Centro de la Cultura Vallenata, que tienen fallas, sobre todo la de Escalona. Después, en vez de ir mejorando, entraron en un bache con Iván Villazón, que se parece al Saya, el eterno ayudante de Diomedes Díaz, y Kaleth Morales, que se parece mucho al acordeonero Juan Carlos Ovalle.
También hicieron un par de esculturas de fibra buenas en Fonseca de Carlos Huertas y Luis Enrique Martínez, pero algo marcó una distancia en esta pareja de escultores y cada uno tomó su rumbo: Misael Martínez, que era quien hacía mejores definiciones de rostro, y Jhon Peñalosa, que salió con esta chambonada del Binomio de Oro que ha sido objeto de burlas y que se volvió un meme.
Entiendo la oposición del artista Peñalosa, que en este momento debe querer que se lo trague la tierra. Pero eso sucede cuando se toma este arte únicamente como negocio y no como pasión. El error fue aún más de la Alcaldía de Valledupar al recibir y exponer la memoria de los homenajeados, para luego retirarlos y tirar al artista a los leones, lavándose las manos.
Este mismo caso pasó en España cuando la “restauración” del Ecce Homo de Borja (Zaragoza) en 2012 por Cecilia Giménez fue uno de los fenómenos virales más famosos de esa época, transformando una pintura mural deteriorada en un “meme” internacional y un caso de estudio sobre arte y redes sociales. Lo mismo ocurrió con otro escultor en San Juan, con una obra de Nelson Velázquez bastante fea, y ni hablar de Luiso Egurrola, pero todo por el afán del dinero fácil y la tajada.
Cuando no se tiene el conocimiento suficiente para replicar exactamente una figura, es mejor jugar con otras variantes, como la abstracción. Esto es lo que hice cuando gané la convocatoria de la Alcaldía con el mural “La mirada de Gabo” en el Callejón de la Purrututú. No me limité a hacer hiperrealismo; yo no soy un gran dibujante, así que tomé los ojos de Gabo y sus lentes como referencia para crear un ambiente macondiano. Igual, con el afiche del festival, hice un concepto pop art para lograr una imagen diferente que causó revuelo por lo novedosa y arriesgada. Sin embargo, no era una obra definida; era algo suelto que pretendía dejar un ícono diferente, saliéndose de la foto tradicional. El artista debe entender que cuando se hace una obra de arte, esta está sujeta a la crítica, ya sea buena o mala.
A algunos artistas, especialmente en la música vallenata, no les gusta la crítica cuando es negativa, pero el artista debe entender que una obra de arte puede ser subjetiva: puede gustarle a unos y a otros no. Sin embargo, cuando algo es rechazado por la mayoría, hay que tomarlo con autocrítica para mejorar.
Ojalá este ridículo que hizo laAlcaldía de Valledupar sirva para entender que el arte no es para hacer cosas a la carrera o para ganar comisión aprovechándose de que las obras de arte no tienen valor comercial y están exentas de impuestos. Toda la razón le asiste al juglar Emiliano Zuleta Díaz al no querer estos muñecos que se han convertido en un fetiche cargado de egos y que termina en burlas, deteriorando la imagen del folclor.
Por: Jacobo Solano Cerchiaro






