OPINIÓN

Serenata con mariachis a Peter Manjarrés

La polémica con Peter Manjarrés fue un detonante para mi memoria, y la memoria, cuando la provocan, no avisa: regresa como una lluvia de verano, repentina y desordenada, para evocar aquella noche de viernes en los años 90 en Bogotá, cuando andábamos Pedro “Peyo” Castro Araújo, Carlos Adolfo “Ofo” Morón, Pinchi Solano y yo, con más ganas de parranda que plata en los bolsillos.

Jacobo Solano y Peter Manjarrés.

Jacobo Solano y Peter Manjarrés.

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La polémica con Peter Manjarrés fue un detonante para mi memoria, y la memoria, cuando la provocan, no avisa: regresa como una lluvia de verano, repentina y desordenada, para evocar aquella noche de viernes en los años 90 en Bogotá, cuando andábamos Pedro “Peyo” Castro Araújo, Carlos Adolfo “Ofo” Morón, Pinchi Solano y yo, con más ganas de parranda que plata en los bolsillos. Estábamos limpios, pero no derrotados. “Peyo”, que por esos días estaba enamorado hasta los huesos de una muchacha llamada Sara Morón, que vivía por la calle 116 y que, según decía él, era la mujer más bonita de La Paz, tuvo la idea de regalarle una serenata. 

Fue así como, al llegar a la 57 con Caracas, Ofo Morón —que parecía haber nacido disfrazado de leyenda— se convirtió, sin ensayo previo, en el hijo de un capo esmeraldero de Muzo. Bastaron su sombrero negro, el carriel terciado, pantalón y camisa blanca y aquella cadena de oro falso comprada en La Pajarera que brillaba con una dignidad sospechosa. Mientras tanto, Pinchi y yo asumimos el papel de escoltas, como si lleváramos toda la vida enfrentando peligros y atentados. Éramos jóvenes, y la juventud —como ya se sabe— no necesita permiso para cometer locuras.

Negociamos la serenata —costaba 60.000 pesos y nos la dejaron en 50.000—; los mariachis, que no preguntaban demasiado cuando olían el dinero —aunque fuera imaginario—, aceptaron sin titubeos. Se subieron a la camioneta roja, y Bogotá, que a esa hora ya empezaba a dormir, se llenó de trompetas y cantos del país del tequila. “Peyo” manejaba raudo, subimos por toda la 15, los mariachis tocando; volteamos por la 100, los mariachis seguían tocando, hasta que llegamos a la 116 con música que rompía el silencio capitalino. Pedro Castro se puso el sombrero de mariachi y se convirtió en Pedro Infante, cantó con una voz cargada de amor verdadero, la novia pletórica de sentimientos puros, salió por la ventana del cuarto piso lanzando besos desbordada de felicidad, como si supiera que ese instante no iba a terminar jamás.

Pero toda magia tiene su cuenta pendiente. Cuando los mariachis pidieron su pago, Ofo, sin perder el personaje, dijo con voz de quien nunca ha debido nada:

—Tranquilos… que la noche es virgen.

Entonces fuimos a parar a Cedritos, a un apartamento en la calle 146 donde vivía un joven llamado Peter Manjarrés, que por esos días estudiaba odontología, aunque ya la vida le tenía otro destino preparado. Recuerdo que Iván Javier Molina, “El Choza”, le puso el remoquete de “Peter Olla”, porque comía como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente y siempre cargaba una olla en la mano. Yo vivía cerca, con Fabián Corrales, y entre todos habíamos convertido ese sector en una extensión desordenada de la provincia.

Cuando llegamos, ese apartamento parecía el patio de Petra Arias en tiempos de Escalona; estaba a reventar. Había música, risas, y ese desorden feliz que solo existe cuando nadie piensa en el día siguiente. Entramos con los mariachis tocando, como si fuéramos parte del espectáculo, y nadie tuvo el valor —ni la sensatez— de detenernos. No cabía una aguja, estaban: Iván Murgas, Jesús Alberto Namén, Faruk Urrutia y Carlos Bloom, entre otros, quien ya hacía sus pinitos como mánager de su primo el Nene Urbina. Nosotros entramos sin ser invitados, pero tampoco pedimos permiso. A los siete temas, los mariachis solicitaron un descanso y se metieron a la cocina. Mientras tanto, nosotros seguíamos preocupados, sin saber cómo cubriríamos la deuda que ya iba en 100.000 pesos. Pero el destino, que también tiene oído musical, decidió cambiar el ritmo.

Justo en ese momento, Juancho de la Espriella cogió el acordeón, Peter Manjarrés la caja, y el Nene Urbina comenzó a cantar un clásico de su inspiración, La Ford Blanca:

“Ay el Nene, pasó por Barrancas y lo vieron en una Ford blanca; ay el Nene, cambió de camino y lo vieron fue por El Molino”.

En ese momento la noche alcanzó su punto más alto… y también el más peligroso. La gente aplaudía, pero un riohachero alzao gritó con voz de dinamita:

—¡Jito ese disco es una cagá!

Y pa’ qué fue eso. El Nene se ofendió tanto que de una salió a pelear con quien lanzó el insulto. Se armó tremenda trifulca con los guajiros: trompá iba y trompá venía, sillas volaban y regresaban. Era el momento perfecto para la fuga, ahí fue cuando miré a Peyo y le hice señas… pero ya Ofo iba veloz por las escaleras con Pinchi. Bajamos como una bola de fuego, y cuando los mariachis salieron de la cocina y se asomaron por la ventana, la camioneta roja ya doblaba la esquina. Huimos como huyen los culpables felices: sin mirar atrás. Entonces comenzó otra pelea: el grupo de Peter, que no tenía nada que ver, terminó enfrentado con los mariachis, el más afectado fue Guille Carabalí que le bajaron dos dientes, los músicos querían cobrarle al dueño del apartamento. En fin, todo se volvió un caos.

Nosotros terminamos en otra fiesta muy cerca, esta vez donde las hermanas Rodríguez —Olga, Eliana y Tania— de Villanueva, donde el Gran Rorro de Colombia —que en paz descanse—, hacía un arroz de pollo bailable todos los viernes y estaban otros vallenatos como Julio César Martínez, Julio Mario Cuello, Félix Gutiérrez, el otro Pedro Castro, “El Loco” —que en paz descanse—. Ahí amanecimos, y con tan mala suerte me quedé dormido y me robaron unos zapatos que estaba estrenando. Después supe que el culpable fue un exalcalde de un pueblo del departamento del Cesar, que andaba con los suyos rotos y aprovechó el papayazo, pero ese es otro cuento que después escribiré.

Eran asuntos de juventud, como cuando Gabriel García Márquez se voló del hotel Welcome de Víctor Cohen, en Valledupar, sin pagar la cuenta en los años 50. Y Víctor le mostró el vale 40 años después en un agasajo en el club cuando ya era Nobel, una historia maravillosa.  Me imagino que, para Peter, Gabo también tenía pasado. Por eso no me sorprende que hoy, tantos años después, alguien quiera juzgar el pasado con la seriedad del presente y peor aún, tratar de ofender movido por la rabia. Los recuerdos no son para agredir, aprendamos a mirarlos como lo que realmente son: pilatunas con la cuales éramos felices. Todos tuvimos una época en la que fuimos más imprudentes que culpables. Ojalá Peter no vuelva a “botar el chupo”, como acostumbra, y se relaje.

POR: JACOBO SOLANO

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