OPINIÓN

El voto líquido

El analista Enrique Herrera Araújo reflexiona sobre el fenómeno del “voto líquido” en las elecciones presidenciales, marcado por la ansiedad digital, las emociones inmediatas y el desgaste de los oficialismos en América Latina.

Enrique Herrera Araujo - Columnistas - Columnista de El Pilón

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Todo puede pasar el domingo 31 de mayo porque esta elección ya no está escrita en piedra sino en agua. Es voto líquido: cambia de forma, fluye, se devuelve, se evapora y vuelve a caer en otro lado. Transita de una candidatura a otra a la velocidad de un clip, de un reel, de una frase mal dicha, de una humillación pública, de una encuesta o de una emoción colectiva.

Esta no es una elección quieta. Es una elección ansiosa.

La política entró en la era del dedo: desliza, mira, se indigna, comparte y cambia. Antes una campaña necesitaba semanas para instalar una idea; hoy un video de veinte segundos puede mover una percepción. La gente ya no procesa la política solamente como programa, sino como estímulo: rabia, miedo, esperanza, castigo, rechazo, identidad.

Ahí entra el ‘brainrot’ como fenómeno de época. El cerebro acostumbrado a consumir basura digital pierde atención, profundidad y criterio. No es solo perder tiempo en internet; es entrenar la mente para lo trivial y después exigirle que piense en serio. Por eso votamos cada vez más desde el impacto inmediato y menos desde la deliberación lenta.

La cultura de la dopamina nos cambió: pasamos de películas a reels, de cartas a textos cortos, de esperar a exigirlo todo ya. Menos paciencia, más estímulo. Menos pausa, más ansiedad. Y esa ansiedad también vota.

Por eso la gente no va a votar solo por cambiar de gobierno. Va a votar por cambiar de rumbo. Y no cualquier rumbo: una parte importante del país quiere la orilla opuesta a este desastre. No necesariamente para volver atrás, sino para dar un reversazo hacia adelante, pero por la otra orilla.

Así está votando América Latina y buena parte del mundo: castigando oficialismos. A mayo de 2025, de 21 elecciones en América Latina, 15 las ganó la oposición. El mensaje es claro: la gente quiere cambio. A veces ni siquiera sabe bien cuál ni con quién, pero quiere cambio.

La gente está cansada de gobiernos que prometieron cambio y entregaron desorden, inseguridad, deterioro institucional, incertidumbre económica o simple incapacidad de ejecución.

Eso hace difícil la tarea de Cepeda. Tiene voto duro, relato, izquierda movilizada y una base que no se debe subestimar. Pero carga con Petro.

Ese es el gran problema de Iván Cepeda: Petro. Pero, al mismo tiempo, esa es su ventaja.

Petro le da base, identidad y le entrega una tribu movilizada, una causa, una épica y un enemigo. Pero también le fija techo, desgaste, miedo y rechazo. Esa es la paradoja: lo que hoy empuja a Cepeda en primera vuelta, mañana puede hundirlo en segunda.

La oposición, sin embargo, no gana solo porque el país quiera cambio. Tiene que convertir ese cambio en mayoría. Una cosa es prender a los propios y otra muy distinta es no espantar a los que faltan. Abelardo tiene rabia, volumen e impulso. Paloma tiene más lógica de coalición, más posibilidad de centro y más capacidad de sumar entre distintos.

La primera vuelta premia identidad. La segunda vuelta premia transferibilidad. Por eso el riesgo de la derecha es ganar mal o con el candidato equivocado.

Pasar a segunda dejando heridas abiertas, puentes quemados, votantes humillados y aliados imposibles de recuperar. Eso sería una victoria pírrica: ganar la batalla del 31 de mayo y perder la Presidencia tres semanas después.

En todo caso, Cepeda no necesita que la oposición desaparezca. Le basta con que llegue rota. Le basta con que el centro se asuste, que suba el voto en blanco, que aumente la abstención moderada y que el rival reste más de lo que suma.

En todo caso, el 31 de mayo y el 21 de junio ganará quien entienda que este voto líquido, ansioso y dopaminizado busca cambio, sí, pero también salida. La gana quien pueda sumar lo que falta.

Por: Enrique Herrera Araújo /@enriqueha

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