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¿Qué leen los que no leen?

La escritora Laura Gómez reflexiona sobre la relación de los jóvenes con la lectura, cuestiona el impacto de las pruebas estandarizadas en los procesos educativos y defiende los libros como una herramienta capaz de transformar vidas y ampliar la manera de entender el mundo.

Imagen creada por Gemini.

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Salí de clase con una sensación extraña. Intenté ponerle nombre a esa sensación y tuve que pensar una y otra vez en lo que había hecho o en lo que había dejado de hacer: ¿no fui lo suficientemente creativa? ¿Debí implementar otras estrategias? ¿Buscar lecturas más cercanas? ¿Más cortas? ¿Exigir menos? ¿Exigir más?… Frustrada. Así me sentí.

Cuando pienso en la lectura llegan a mi mente recuerdos fantásticos: la casa de mis tías con un jardín enorme y mi libro de mariposas, la alegría de leer las caricaturas en el periódico cada domingo, mi libro gigante de Los Picapiedra, mi adolescencia echada en el sofá o en la cama leyendo clásicos que mi mamá me había heredado a través de la narración oral, mi amigo con quien, en vista de tener solo uno, nos turnábamos para leer ‘Ángeles y demonios’, mi rechazo a Gabriel García Márquez, mi amor por la clase de Lenguaje con Armando Vivas, las noches enteras sumergida en historias de guerras y violencias, mi amor profundo por Gabriel García Márquez, mi exploración tardía pero satisfactoria de escritoras mujeres, y la imperiosa necesidad de contagiar a otros de lo que yo disfrutaba -y sigo disfrutando-.

¿Cómo es la configuración del mundo de alguien que no lee? Es una pregunta recurrente que me hago. En mi caso, sin ser exagerada ni sonar odiosa, la mayoría de las cosas que veo, escucho y siento me remiten a historias, personajes y tramas: esto se parece al libro tal, ese de allá tiene la pinta del personaje de, eso mismo que dices es lo que narra la autora en, esto que estoy viviendo me recuerda lo que sintió fulanita, el personaje del libro aquel. Las palabras entonces han sido remos que me han permitido navegar mares insondables que me han llevado a islas en las que me he cuestionado mi forma de amar, mi forma de pensar, mis maneras de ser, y recientemente, mis maneras de aprender y de enseñar.

¿De qué habla alguien que no lee? Y entonces me enojo conmigo misma porque no he logrado transmitir satisfactoriamente el gusto, la belleza, la dicha, la frustración, el esfuerzo y el placer que produce leer. En una entrevista que me hizo Radio Nacional de Colombia este año, a propósito del Día Internacional del Libro, me preguntaron: ¿por qué la gente en Colombia no lee o no al menos lo que debería? Una de mis hipótesis, contesté yo, es que nos hemos encargado de construir una relación equivocada con la lectura. Los niños y los jóvenes sienten hastío al leer porque la asocian con algo poco divertido, satisfactorio y placentero. Lo asocian con castigo, ¿y quién en su sano juicio quiere hacer algo que le causa repulsión?

¿Qué imaginan los que no leen? Pero como no me gusta quedarme en la culpa individual, sino en explorar las dinámicas sociales, culturales, económicas y, en este caso, educativas, hoy quiero echarles la culpa a las pruebas ICFES, esas pruebas que funcionan perfectamente para diagnosticar, pero que los colegios, los medios y la sociedad en general se han encargado de convertir en un portal de apuestas. Me considero una positivista engavetada -bueno, no tan engavetada-, cuantificar me encanta.

Y, por tanto, entiendo que las pruebas son necesarias porque evaluar permite identificar dónde estamos, qué queremos y hacia dónde hay que apuntar para lograrlo. Sin embargo, por querer alcanzar buenos resultados -que no es malo per se- se socava el deleite de leer. Es decir, ¿cuál ha sido -y es- el costo estético, placentero, imaginativo y creativo que estamos pagando por querer puntajes perfectos?

¿Qué escuchan los que no leen? No me malentiendan. De nuevo, las pruebas estandarizadas son necesarias, pero no son el centro ni lo único en lo que nos deberíamos enfocar. No deberían ser la guía en nuestras prácticas docentes. Es más, podría asegurar que la constante preparación para las pruebas ICFES va en detrimento del pensamiento crítico -lo que se supone esperamos que tengan los estudiantes cuando salen al mundo profesional- porque pensar críticamente requiere tiempo, pausa, reflexión y la reflexión poquísimas veces aparece en estas preparaciones.

Y entonces les estamos enseñando a los estudiantes que la lectura es mera transacción. Incluso, hemos llegado a instancias ¿ridículas? en las que algunos ya recomiendan que para las pruebas ICFES -al menos para el componente de lectura crítica- no es necesario leer los textos.

¿Qué imaginan los que no leen? ¿No debería ser al contrario? ¿Promover ambientes placenteros de lectura que propicien la curiosidad, la conversación, la creatividad, la creación y consolidación de círculos y comunidades de lectura honestos y empáticos que permitan los vínculos, las dudas, las confrontaciones, las memorias y las emociones para el desarrollo de habilidades ya no solo para medir, sino para disfrutar, y, que, al enfrentarse con pruebas -cualquieras que estas sean- las puedan desarrollar sin mayor dificultad?

Hace poco leí un post de Yajamna Durán, una profe en Valledupar que hace algo delicioso y poderoso: ser mediadora de lectura, y en ese post justificaba -parece que le respondía a alguien- la necesidad de construir una biblioteca en barrios marginados. ¡Claro que sí, Yaja, ese es el camino! La lectura no solo es pasarla bien -que lo es y mucho-, sino para dar a los niños, jóvenes y adultos la posibilidad de tener una mejor vida; porque sí, la lectura -lean bien- la lectura cambia la vida para siempre.

¿Cómo aman los que no leen?

Por: Laura Gómez

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