Colombia llega a una segunda vuelta presidencial atrapada en una de las paradojas más preocupantes de su historia reciente donde millones de ciudadanos sienten que deben elegir no al mejor candidato, sino al que consideran menos perjudicial.
La democracia debería ser el escenario donde compiten las mejores ideas para resolver los problemas de una nación. Sin embargo, hoy parece haberse convertido en un campo de batalla donde predominan los egos, las emociones y los extremos. El debate sobre cómo sacar adelante al país ha sido reemplazado por una confrontación permanente donde el adversario ya no es visto como un contradictor legítimo, sino como un enemigo que debe ser derrotado.
Por un lado, hay un proyecto político profundamente marcado por una visión ideológica que genera inquietud en amplios sectores de la sociedad. Muchos colombianos temen que las decisiones del Estado terminen subordinadas a una doctrina política antes que a la realidad económica y social del país y la preocupación no nace únicamente de las diferencias ideológicas, sino de la incertidumbre que produce cualquier gobierno cuando parece más comprometido con una causa que con la búsqueda de consensos nacionales.






