Frecuentemente, en las calles de Valledupar, en los gremios y en las charlas de café, me lanzan la misma pregunta: “Ricardo, ¿por quién vas a votar?, ¿por la derecha o por la izquierda?”. Entiendo la inquietud, pero considero que esa pregunta es una trampa retórica que reduce nuestro complejo futuro a una simple etiqueta ideológica.
Nuestra democracia actual corre un peligro inmenso al centrarse en elegir a un “ungido”, a una figura mesiánica que prioriza decir lo que el pueblo quiere escuchar sobre lo que el país realmente debe hacer para progresar. El país no requiere más trincheras ni más discursos incendiarios, requiere, con urgencia, un buen administrador.
Es agotador observar cómo el debate público se ha vaciado de propuestas para llenarse de descalificaciones. Se ataca a la contraparte sin argumentos sólidos, basándose únicamente en su orilla política, como si la solución a los problemas de infraestructura, agroindustria o seguridad tuviera un color exclusivo.
Resulta profundamente contradictorio escuchar discursos vehementes contra la corrupción de sectores que son incapaces de reconocer la viga en el ojo propio o que, históricamente, han guardado silencios cómplices ante las malas prácticas de sus aliados. Se presentan ante el electorado como figuras de renovación, pero al observar sus estructuras, descubrimos que representan las mismas formas de hacer política que tanto daño han causado a regiones como el Cesar.
Bajo este panorama, muchos colombianos terminan atrapados en la lógica del “voto útil”: una decisión tomada desde el miedo a que el rival gane, en lugar de una elección basada en la convicción y el perfil del candidato. Votar para que otro no llegue es entregarle un cheque en blanco a la mediocridad. La democracia no debería ser el arte de elegir el “mal menor”, sino la responsabilidad de elegir al más preparado para dirigir el destino de una nación y administrar sus recursos con eficiencia y pulcritud.
Esta columna es, por tanto, una invitación directa para quienes, como yo, están cansados de la polarización estéril, de los insultos que inundan las redes y de las ofensas que no construyen un solo empleo ni garantizan el plato de comida en la mesa de los colombianos. La madurez política consiste en entender que la gestión pública requiere serenidad, datos y equipo, no solo carisma y confrontación.
Por esta razón, he decidido votar por quien sus detractores, a falta de cuestionamientos éticos o de escándalos de malversación, señalan simplemente como “tibio”. En un entorno dominado por radicalismos ciegos, la moderación no es debilidad, es el reflejo de la templanza necesaria para gobernar un país multiétnico y diverso. Ser llamado “tibio” por quienes prefieren el incendio es, en realidad, un reconocimiento a la sensatez. Prefiero mil veces un liderazgo equilibrado y técnico, que la defensa ciega de figuras cuestionadas por su falta de coherencia o por anteponer su ego al bienestar colectivo.
Votaré con orgullo por un proyecto que ofrece un cambio serio y seguro, lejos de los saltos al vacío y de las promesas populistas que hipotecan el futuro de nuestras próximas generaciones. Mi voto no es una cuestión de extremos ideológicos ni de conveniencia personal, es una apuesta decidida por la decencia, la capacidad administrativa y la estabilidad que Colombia necesita para prosperar. Pensando en lo que más le conviene a nuestra patria por encima de cualquier interés particular, mi voto es por Sergio Fajardo.
Por Ricardo Reyes







