Cuando se va a escribir sobre un escritor, lo ideal es iniciar con una frase de su autoría. Pero en el caso de García Márquez, que es sin duda un genio de la literatura universal con abundante riqueza literaria, es necesario mencionar varias: “Si volviera a nacer, haría todo exactamente igual, salvo una cosa: no me iría tanto tiempo de Colombia. Si me hubiese quedado de juez municipal de Aracataca, no sería nada de nada, pero sería absolutamente feliz”; “Yo no me he ido nunca. Otra cosa es que viva en otro país”; “Donde quiera que esté, siempre estaré escribiendo una novela colombiana”.
¿Pero qué importancia tienen esas frases en este abril, cuando se cumplen 12 años de la muerte de nuestro premio Nobel? La respuesta es clara: por años, un manojo de compatriotas ha puesto a Gabito frente al pelotón de fusilamiento, acusándolo de haberse ido de Colombia, sumándole el agravante de que no hizo una obra significativa por Aracataca, su pueblo natal. Siempre hemos estado al margen de tal apreciación; sin duda, somos unos convencidos de que el desarrollo de los pueblos lo trazan sus gobernantes y no sus escritores. Así que, mientras los dirigentes están para satisfacer las necesidades colectivas, los escritores están para aliviar los problemas del alma.
En defensa del Nobel están esas frases, las cuales dan cuenta de que siempre estuvo pendiente y ligado al país. Pero estas líneas tienen la tenaz pretensión de absolverlo de ese reproche de apátrida que le endilgaban, pero condenarlo por su egoísmo literario. Hablar de García Márquez es, sin duda, hablar del realismo mágico, y fue precisamente en ejercicio de ese estilo literario cuando el Nobel cometió su acto más egoísta: escribirlo todo.
Antes de que apareciera su obra cúspide, el Nobel había escrito La hojarasca en 1955, El coronel no tiene quien le escriba en 1961 y La mala hora en 1962; y en 1967 apareció, para encantar al mundo, su obra cumbre. Todos conocemos la profundidad de Cien años de soledad, la cantidad de historias estéticamente narradas e ingeniosamente entrelazadas durante cien años bajo el cielo de Macondo, y fue precisamente esa profundidad la que dejó a los demás escritores influenciados por el realismo mágico con un corto poder de maniobra. Al punto de que, cuando comienzas a escribir una historia, termina pareciéndose a alguno de esos sucesos narrados en tan majestuosa obra. Confirmándose lo que el mismo Gabriel decía: que, cuando admiras a un escritor, lo difícil no es escribir como él, sino desligarte de ese estilo.
Tal vez resulte cierto lo que afirmó Borges, de que a Cien años de soledad le bastaba con cincuenta. Quizás nos hubiese quedado para contar la historia de Remedios la Bella, cuando subió al cielo impulsada por el viento de las cuatro de la tarde; o quizás pudimos haber contado la historia de Mauricio Babilonia, agobiado por las mariposas amarillas; o el desarrollo de aquel diluvio de cuatro años, once meses y dos días que sometió a Macondo en un trastorno descomunal. Tal vez otros pudieron haber contado esas historias, así no se hubiesen escrito con la magia que le imprimió el Nobel.
Resulta paradójico que era precisamente Gabo uno de los que salían en defensa de Rulfo, su maestro, cuando le cuestionaban que solo escribió una novela, la enigmática Pedro Páramo. Ante el cuestionamiento, respondía con cierto tono poético diciendo que, si él hubiese escrito Pedro Páramo, tampoco escribiría más. Rulfo hacía una defensa más práctica, diciendo que había muerto su tío Celerino, que era quien le contaba las historias.
Gabriel José pudo haberse quedado con esas cuatro majestuosas obras; al final, había alcanzado su punto más alto escribiendo Cien años de soledad, lo que garantizaba que ya estaba predestinado a pasar a la historia. Para confirmar eso, resaltamos que nadie le quita la importancia literaria a Oscar Wilde, Edgar Allan Poe y Boris Pasternak, y solo escribieron una sola novela, alcanzando más reconocimiento mundial que muchos que escribieron varias.
Pero nosotros hemos sostenido que, cuando una historia se te atraviesa en la cabeza, te empieza a doler. Te molesta para vivir, se te atasca en el alma, te hará trasnochar en aquellas noches con luna y te levantarás adolorido; no tendrás alivio hasta que puedas contarla. Así que el arte de escribir no es un talento que merezca ningún mérito, ya que es un acto de mera supervivencia.
Así que, cuando se le atascó en la mente la idea de escribir sobre un dictador que gobernaba un país inexistente del Caribe, narró con majestuosa genialidad las vicisitudes del hijo de Bendición Alvarado en El otoño del patriarca, escrita en 1975. Luego tejió el presunto trío amoroso de Santiago Nasar, Ángela Vicario y Bayardo San Román; a esta obra nadie le quita su magia y también su tinte de injusticia, porque, aunque la novela tiene un margen de cosas no dichas, nosotros, por absoluta convicción, podemos ser administradores de un grupo de WhatsApp que se llame “los que creemos en la inocencia de Santiago Nasar”.
Pero Gabo era un glotón de la narración, así que, herido de muerte por los dardos que lanzan las historias de amor, quiso sobrevivir a esos padecimientos contando la historia de los amores contrariados y escribe con un ingenio tenaz la historia de Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera en 1985. Era una historia que le pertenecía, propia de sus entrañas; nadie más la iba a describir con esa genialidad con la que describió un amor que sobrevive al tiempo, un encantamiento que tardó cincuenta y tres años, siete meses y once días para decirse la promesa de que iban a estar juntos toda la vida en aquel ir y venir del carajo.
Luego vinieron El general en su laberinto en 1989, donde incursiona en las soledades de nuestro libertador; Del amor y otros demonios en 1994, con la historia de Sierva María de Todos los Ángeles sufriendo los padecimientos de una posesión infernal; Memoria de mis putas tristes en 2004, la historia de aquel sabio triste que, en el año de sus noventa años, quiso regalarse una noche de amor con una adolescente virgen; hasta En agosto nos vemos, su novela póstuma en 2024, donde finalizó contando las pasiones de Ana Magdalena Bach bajo el fulgor de cada agosto en la isla donde estaba enterrada su madre.
Pero bien lo dijo Juan Gabriel Vásquez, uno de los mayores conocedores de la obra del Nobel: nadie es escritor si está absolutamente satisfecho. Y Gabo era un ser insaciable, así que tuvo la osadía de escribir Doce cuentos peregrinos. Ya aquí sí nos apartamos del orden cronológico y del género literario, porque la osadía de escribir un conjunto de cuentos para regar sus letras por toda Europa merece una mención especial y demuestra lo que él mismo decía de lo insaciable y abrasivo que es el vicio de escribir.
Murió, tal vez, sin lograr satisfacer su hambre literaria. A pesar de que escribió del amor, traiciones, guerras y soledades, su egoísmo más grande fue habernos destruido a Macondo con aquella segunda arremetida del viento y desterrarlo de la memoria de los hombres, sin darle la oportunidad a cualquier mortal de visitarlo y escribir desde ahí. Así que lo que queda claro es que a Gabo no se le debe reprochar porque no vivía en Colombia; hay que reprocharle con dulzura determinación es porque que escribió demasiado.
POR: JUAN CARLOS Y FERNANDO BORDETH.







