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Felva 2026: cómo huele el fin del mundo según Vanessa de la Torre

En Valledupar, la periodista y escritora cuenta cómo la parosmia y la incertidumbre del covid marcaron su nueva novela.

Vanessa de la Torre conversó virtualmente con el público de Felva 2026 sobre El olor del fin del mundo. Foto: Said Armenta.

Vanessa de la Torre conversó virtualmente con el público de Felva 2026 sobre El olor del fin del mundo. Foto: Said Armenta.

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La novela El olor del fin del mundo, de Vanessa de la Torre, convierte la pandemia en una experiencia íntima donde el covid y la pérdida del olfato se vuelven el centro de una historia de amor, cuerpo y memoria. A partir de Carmen, su protagonista, la autora explora cómo la enfermedad no solo altera la vida cotidiana, sino la manera misma en que olemos, recordamos y habitamos el mundo.

Vanessa cuenta que primero intentó narrar la pandemia desde el periodismo: las muertes, los rituales rotos, el cilantro lavado una y otra vez, la educación de los hijos, la vida en las clínicas. Pero llegó un punto en que sus propias emociones “desbordaron” los límites de la crónica y tuvo que pasar a la ficción, creando a Carmen y Antonio para contar esa gran tragedia del covid a través de una historia de amor clandestino.

El día en que se fue el olor

El tema central del libro nace de una experiencia personal: “el día que perdí el olfato me di cuenta que tenía covid”, recuerda la autora. Más grave aún fue la parosmia, la distorsión del olfato: ráfagas de olor a gasolina, a podrido, a ácido, incluso su propia piel y la de sus hijas le olían “a maluco”, hasta el punto de no poder salir de la habitación.

En el conversatorio, Vanessa insiste en que el olfato es un sentido del que no nos damos cuenta hasta que lo perdemos. La infancia, dice, “tiene un olor”: para ella es la tierra húmeda; para una asistente en el público, el barro mojado de las casas de bahareque en Las Aguas. Esa conexión entre olor, pasado y afecto es la que atraviesa la novela: “el olfato es esa conexión con la existencia, con el pasado”.

En la ficción, Carmen también pierde el olfato y su relación con el mundo cambia. Vanessa sostiene que es difícil amar a alguien cuyo olor no nos fascina y que, cuando se deja de amar, también se deja de buscar ese olor. En El olor del fin del mundo, la pérdida y la distorsión del sentido del olor reconfiguran la pasión, el erotismo y hasta la forma en que los personajes recuerdan o intentan salvar su relación.

Un manual íntimo para sus hijas

La autora confiesa que escribió el libro “como un testimonio” para que sus hijas no olviden lo que significó la pandemia. Así como en su primer libro contó qué hacía la madre periodista cuando no estaba en casa, aquí deja un registro de “nuestra peste”, de cómo se vivió, se sufrió y se sobrevivió al covid desde el cuerpo, el miedo y los sentidos.

El título surge de esa experiencia extrema con la parosmia y la angustia colectiva: “el olor del fin del mundo huele a incertidumbre”, afirma. No solo es el hedor putrefacto, a gasolina o ácido que la acompañó durante meses, sino ese no saber qué iba a pasar mañana, si habría respiradores, si el sistema de salud respondería, si la muerte tocaría la puerta.

Una novela para oler la vida de nuevo

Después de haber quedado “rota de múltiples maneras”, Vanessa dice que hoy es “absolutamente consciente de lo que huele la vida, de lo que me gusta y lo que no” a través del olfato. En esa misma clave, El olor del fin del mundo invita a sus lectores a recordar que estar vivos es un regalo, a través de una historia donde el covid y la pérdida del sentido del olor se convierten en metáfora radical de fragilidad, memoria y deseo.

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