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El voto emocional: cuando el algoritmo inclina la balanza

En zonas donde el sentimiento dominante era la inseguridad, los mensajes duros generaron mayor interacción. Donde predominaba la preocupación económica, funcionaron mejor las propuestas de apoyo directo.

Alfredo Jones, columnista de EL PILÓN.

Alfredo Jones, columnista de EL PILÓN.

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Durante años se repitió que la política se ganaba en la calle. Que había que caminar por los barrios, llenar plazas y escuchar a la gente. Pero la elección del 31 de mayo dejó algo claro: hoy también se gana y a veces se define en el celular. No es un detalle menor. Es un cambio de fondo. La campaña presidencial no solo enfrentó ideas, sino formas distintas de entender el mundo digital. Y en ese terreno, hubo una diferencia evidente: una campaña entendió mejor cómo funciona el algoritmo.

Los datos lo dicen sin rodeos. Abelardo de la Espriella alcanzó picos de interacción de hasta 16%, con crecimientos de hasta 48.000 seguidores en periodos cortos. En redes como Instagram y TikTok, esos niveles son excepcionalmente altos para la política. Su contenido lograba circular, escalar y mantenerse visible durante días. Iván Cepeda, en cambio, se movió en rangos cercanos al 4.9% de engagement, con crecimientos entre 5.000 y 15.000 seguidores. Más estable, más institucional, pero claramente menos explosivo en términos de viralidad.

Y aquí aparece una verdad incómoda: en redes sociales, no siempre gana el que mejor explica, sino el que más logra mover emociones. La campaña de De la Espriella fue, en ese sentido, más efectiva. No necesariamente más profunda, pero sí más visible. Más fácil de consumir. Más diseñada para circular.

Su contenido tenía tres características clave: era directo, emocional y polémico. Y eso, en plataformas digitales, es prácticamente una fórmula ganadora. Promesas contundentes, mensajes de seguridad, soluciones rápidas. Todo empaquetado en formatos cortos, visuales, de impacto inmediato. Eso es entender el algoritmo.

Porque el algoritmo no premia la complejidad. Premia la reacción. La rabia, el miedo, la esperanza exagerada. Todo lo que haga que alguien se detenga, comente o comparta. Aquí entra otro elemento fundamental: el uso del lenguaje. Mientras muchas campañas dispersan su mensaje en múltiples conceptos, De la Espriella hizo lo contrario: concentró su narrativa en pocas palabras símbolos. “Patria” fue el eje central. A eso se sumaron imágenes y conceptos como el “tigre”, que funcionan como atajos emocionales fáciles de recordar y replicar.

Menos palabras, más recordación. Cepeda, en contraste, manejó un espectro mucho más amplio: equidad, paz, educación, renta básica, derechos. Un discurso más completo, pero también más fragmentado en términos digitales.

Y en redes, eso importa.

Los análisis de conversación muestran que palabras como “Patria”, “seguridad” y “orden” lograron mayor repetición y asociación directa con De la Espriella, mientras que el ecosistema de Cepeda giró en torno a múltiples términos sin una única ancla dominante. En un entorno donde el tiempo de atención es de segundos, quien logra instalar una palabra, gana espacio mental. Es una lógica casi publicitaria: no gana el que dice más, sino el que logra que lo recuerden.

Esto se complementa con la inteligencia de las audiencias. Las campañas ya no hablan igual para todos. Segmentan. Identifican emociones: miedo, frustración, necesidad económica, esperanza.

Y a cada grupo le hablan distinto. En zonas donde el sentimiento dominante era la inseguridad, los mensajes duros generaron mayor interacción. Donde predominaba la preocupación económica, funcionaron mejor las propuestas de apoyo directo. No es ideología pura. Es lectura de datos.

Además, el formato jugó un papel clave. Mientras una parte del electorado consumía contenido en videos cortos de menos de 30 segundos, otra seguía debates más largos en plataformas como X o blogs. Pero el volumen está en lo visual.

Y ahí, nuevamente, una campaña llevó ventaja. Porque supo traducir su propuesta en contenido rápido, emocional y compartible. Sin embargo, este modelo también tiene riesgos. Cuando todo se adapta al algoritmo, la política se simplifica. Los problemas complejos se reducen a frases. Las soluciones se vuelven inmediatas, aunque no siempre sean realistas. Y hay otro factor: el ruido digital. Estudios recientes identifican ataques coordinados, saturación de comentarios y estrategias orientadas a influir en la percepción pública. No buscan persuadir, sino ocupar el centro de la conversación.

Tras conocerse los resultados de la primera vuelta, el escenario digital se consolida como un termómetro del poder simbólico, con más de 5 millones de menciones acumuladas en el entorno en línea. Iván Cepeda registra cerca de 1,4 millones de menciones y una desaprobación del 64%, asociado a narrativas de continuidad política, alertas de fraude y su rol dentro del bloque de gobierno. En contraste, Abelardo de la Espriella concentra 1,8 millones de menciones y una aprobación del 58%, impulsado por discursos de cambio, libertad y rechazo al socialismo.

La dinámica de picos confirma la disputa: mayor intensidad para Abelardo en horas de la tarde y respuesta de Cepeda durante la noche, lo que evidencia una contienda donde la política ya no se juega únicamente en las urnas, sino también en la velocidad de la atención digital. Aun así, la tendencia es clara. Hoy no basta con tener una propuesta sólida. Hay que convertirla en contenido que circule. No basta con tener seguidores. Hay que lograr que interactúen. Porque al final, el poder no está solo en quién habla. Está en quién logra quedarse en la mente de la gente.

Y en esta elección, al menos en lo digital, hubo una campaña que entendió mejor esa lógica. No solo habló. Se volvió tendencia.

Por Alfredo Jones Sánchez – @alfredojonessan

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  • Abelardo de la Espriella
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