Conocí a la poeta Fadir Delgado junto a su madre y a su hermana, la poeta Fabiola Acosta y Faleimy Delgado, en un festival de poesía alternativa que se realizaba en la ciudad de Riohacha. Corría el año 2009.
Recuerdo con nitidez la lectura de Fadir. Creo que compartía entonces poemas de su primer libro, Casa de Hierro: textos donde aparecía un pez moribundo en una ciudad agonizante; poemas que hablaban de la violencia, de las casas y las terrazas, de esa intemperie que también es interior. Me pareció, desde ese instante, una de las voces más poderosas e inquietantes de aquel festival.
Desde entonces nos ha unido una amistad a la distancia. A través de la Fundación Casa de Hierro, que lidera junto a su madre y su hermana, me han invitado a recitales y encuentros en Barranquilla. También nos hemos reencontrado en otros festivales del país, como el Festival Internacional de Poesía de Medellín, y en distintos espacios literarios donde la palabra vuelve a convocarnos.
He seguido atentamente su camino: sus libros —que ella y su madre me han regalado con generosidad—, sus búsquedas, sus premios. Y continúo celebrando su voz, su persistencia y la fuerza luminosa de su palabra.
A comienzos de año Fadir, junto a su familia, su esposo, el también poeta costarricense Carlos Villalobos, su hijo Fausto, estuvo pasando unos días en Valledupar y pueblos cercanos, donde conversábamos alrededor del vino —siempre el vino, — como si fuera una extensión líquida de la palabra. El vino como compañía de la imagen poética, como cómplice de la búsqueda, como testigo de nuestras discusiones sobre la escritura entendida no solo como forma, sino como transformación; no solo como estética, sino como acción y subversión secreta. Coincidíamos en esa idea de la poesía como una seña que incomoda y despierta, que no se limita al poema, sino que se fragua en la vida. Todo eso lo confirmábamos también en la lectura de sus textos: la intensidad, la conciencia del lenguaje, la fidelidad a una voz.
Ha ganado muchos premios y reconocimientos a su obra, entre los que cabe destacar: Premio Nacional de poesía del Ministerio de Cultura de Colombia (2023), Premio Internacional de Poesía Tiflos de España (2020), Premio de Poesía Universidad Nacional de Costa Rica, UNA Palabra, (2020).
Este año, con todo mérito, Fadir Delgado Acosta, junto a la escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres está siendo celebrada por el programa Leer el Caribe del Observatorio del Caribe Colombiano y el área cultural del Banco de la República. Muy pronto visitará la ciudad de Valledupar en el marco de este programa, llevando su obra y su conversación poética a nuevos lectores del Caribe.
Siempre me gusta empezar una conversación con una poeta o artista, por su infancia, cómo fue su acercamiento a la poesía, cómo fue esas primeras lecturas en la Barranquilla de tu juventud, viendo que tu primer libro “Casa de hierro” lo publicaste con 19 años, cómo fue elegir este camino de trabajar con el más peligroso de los bienes, ¿es una elección, un destino?
Siempre he dicho que uno se gana las palabras en un terreno de lucha. La palabra se resiste, como si no quisiera ser nombrada o como si le molestara la manera en que intentamos darle otra respiración, dudamos en el papel, tachamos, reescribimos. Concertamos. Entramos en un proceso de paz con los vocablos. Cedemos como escritores y sentimos que las palabras también ceden. Algo perdemos entre ellas y nosotros, y algo ganamos.
Bueno, así, en esa misma dinámica me enfrenté al lenguaje. Textualmente. El escritor tartamudea en el papel. Yo tartamudeé desde la infancia.
Hablé hasta los cinco años, y cuando lo hice las palabras se me negaban, salían decapitadas. La tartamudez nos enfrenta a los mismos retos de la escritura.
Comencé a ser escritora desde los cinco años sin saberlo. Me tocó concertar con las palabras. Entenderlas y escucharlas para poder nombrarlas. Era como si las cosiera desde adentro.
Por eso creo que fue más un destino. Yo tuve un contacto con el lenguaje desde la imposibilidad, desde el fracaso de nombrar, y quien escribe se enfrenta a ese fenómeno todo el tiempo.
En tus poemas el lenguaje parece resistirse a la neutralidad. ¿Concibes la escritura poética como una forma de acción política, en el sentido que propone Jacques Rancière, donde lo político reordena lo visible, lo decible y lo sensible?
El poema es un acto político. Sin duda. Pero ese acto no repite el discurso. Lo rompe, lo deshace y lo vuelve algo más. En ese acto explora un lenguaje libre de las interpretaciones impuestas; un lenguaje que no se le arrodilla a la realidad, que no le pone velas, ni le reza, sino que la señala, la reta, la hace sentir incomoda. Le revela que lo político está en lo más mínimo, en el espíritu sensible de los objetos, como diría Bachelard.
Muchos de tus textos dialogan con contextos del Caribe marcados por la violencia estructural., sea política, de género, contra el lenguaje mismo, etc. ¿Cómo se inscribe esa violencia en el poema sin convertirse en mero testimonio o en espectáculo del dolor?
El reto creativo de toda persona que escribe es poder tomar distancia de la experiencia. Sin duda, la escritura está trazada por ella. No me refiero a la experiencia por haber vivido algo en particular: el hecho de leer un acontecimiento, de mirar algo externo que sucede, no específicamente a ti como autor o autora, ya es una experiencia. La cuestión es que la reducimos a eso que nos pasó exclusivamente a nosotros, pero todo aquello en que nos detenemos ya sea como espectadores se convierte en ella.
Entonces el reto creativo es cómo puedes pasar de ese primer estado como lo llamaría Valery, es decir de esa primera experiencia al otro segundo estado, a ese donde nace el escritor o escritora. Ese segundo estado les interesa a pocos, pero el primero es experimentado por muchos. Todos tiene una experiencia. Eso no es inherente al escritor. Todos nos conmovemos. Conmoverse no es talento.
El reto está en cómo traducimos eso que vemos, cómo logramos que otros “yo” entre en juego, que se sientan rasgados por igual, sientan que algo les dispara desde afuera; que esos “yo” perciban otra incomodidad más fuerte, muy distinta a la experimentada por quien escribe.
Autoras como Judith Butler han pensado el cuerpo como un espacio atravesado por normas, poder y vulnerabilidad. ¿De qué manera tus poemas entienden el cuerpo: cómo herida, cómo memoria, ¿cómo campo de batalla o como posibilidad de resistencia?
En una respuesta anterior te hablé del terreno de lucha, pues concibo la escritura como ese espacio donde concertamos con eso que nos reta todo el tiempo: la palabra.
Y la palabra es otro cuerpo, que muchas veces se convierte en un enemigo, pues es lo único que nos permite llegar a lo que queremos nombrar, y lo único que a su vez se interpone en el camino para lograr nombrar. Es decir, quien escribe trabaja todo el tiempo con su propio enemigo.
A mí me produce algo de risa cuando la gente dice: es que ella o él son seres de palabras, como si estas se nos dieran como gracia de los dioses, como si llegarán así como una especie de regalo de las deidades, pero no es así, el escritor es el que más enfrenta el lenguaje, le alza la voz, le baja la cabeza, le grita, cree someterlo, hasta que aprende que nada tiene que ver con sometimientos, hasta que aprende que la palabras tienen un lenguaje vivo, un cuerpo que ya viene herido hasta nuestras manos, y que nos reta a encontrarle esas heridas, no para que las sanemos, sino para que las veamos y las escribamos sin culpa. Sin miedo.
Las palabras como cuerpo vivo no quieren nuestra lástima, quieren también las otras palabras, esas que como poetas vemos dentro de ellas. Tienen hambre de ellas mismas.
Cada palabra dice algo distinto dentro de un texto. Un mínimo cambio o movimiento ya revienta otro universo.
No son adornos.
Me llama profundamente la atención, releyéndote con más pausa, que tu obra esta atravesada por algo que podríamos llamar “Una poética de la enfermedad”, recuerdo que Thoreau decía que la poesía es la salud del lenguaje, pero contigo podemos decir lo contrario, ¿Qué piensas sobre esto?
Cuando comencé a trabajar toda esta dimensión de la enfermedad, y le llamo dimensión, pues sí considero que es otra dentro la vida misma. Como enfermos nos transformamos en otros; en una versión distinta de nosotros mismos. Es nuestro mismo cuerpo quien padece, y al mismo tiempo ese cuerpo se transforma en otro.
Bueno, ya me fui por otro lado. Lo que quiero decir, es que cuando comencé a escribir sobre el tema leí mucho sobre esto, y no fue poesía precisamente, sino libros que abordaban la enfermedad desde otro lugar, la enfermedad como camino.
Que es un camino horrible para muchos, pero es uno que nos cambia, que puede sacar las bestias internas, o los seres más frágiles que hemos conocido. Nadie quiere estar enfermo.
Es lo mismo que la oscuridad o la muerte, nadie, en su mayoría las quiere, pero la escritura está para que podamos verlas de frente. No para que las anulamos, no para libranos de ellas.
Para esto me apoyaré en lo que dice Giorgo Agambe cuando desde su explicación del escritor contemporáneo expresa: “es aquel que tiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no la luz sino la oscuridad. Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente”.
Podríamos ver esta cita enfocada a tu pregunta. Entonces, parafraseando a Agambe, el escritor es quien tiene la mirada fija en el lenguaje, no para percibir sus estados sanos, sino sus lugares más enfermos, y tal vez su propósito, no es encontrarles una cura. Sigo parafraseando a Agambe: “es para escribir mojando la pluma en las tinieblas de lo que duele; en las tinieblas de esa enfermedad que nos da miedo descubrir”.
Es como cuando tememos miedo ir al doctor, por lo que nos pueda decir. El escritor no tiene ese miedo. Enfrenta la enfermedad del lenguaje. La expone. Tal vez eso tiene que ver más con la salud que otra cosa, es el reverso de lo que nos vendieron como salud.
La poesía nos hace encontrarnos con nuestra sombra, que muchas veces está integrada por aquello que rechazamos y no queremos reconocer, pero sabemos que sin ella estaríamos rotos, casi incompletos. ¿Qué seríamos sin la sombra?
La otra pregunta entonces podría ser: ¿qué sería el lenguaje sin esos cráteres, sin esos agujeros que reconocemos en él, y que enfrentamos en la escritura? Porque de algo estoy segura: el poeta trabaja con todos los polos del lenguaje. Con todos. Y estos incluyen sus polos más oscuros.
En un bello cuento titulado precisamente “La enfermedad” le recalca la madre a su hija: “Una casa que enferme tu lengua, lo enfermará todo”, también esa relación entre madre, hijo, hija, cuerpos en tensión en atmósferas de hospitales, gasas, cloro que se lee en muchos poemas tuyos, pensarías que: ¿el poema en ti se abre como una enfermedad en la lengua, como una herida, como una escisión en el lenguaje como lo pensó Derrida?
Concibo el poema como el territorio donde se enfrenta el lenguaje a él mismo, donde el significado y el sentido se enfrentan. Y de este encuentro todos salimos heridos, desde la mínima palabra, hasta la persona que escribe. La escritura no es un acto aséptico. En su proceso hay que dejar muchos heridos, muertos y moribundos. Liliana Heker dice que “a veces conviene sacrificar al loro”, recordando que el primer animal que se le ocurrió a Poe para El Cuervo fue un loro. En ese sentido, siempre salimos con las manos manchadas en la escritura, con rastros de algún sacrificio, y en ese sacrificio fundamentalmente se encuentran las palabras. En la escritura les hacemos a ellas pequeños cortes, y la idea es que esos cortes sean imperceptibles, que no se noten las costuras, las esquinas que remendamos, que no queden rastros de los sacrificios. Concibo la escritura como un acto que muchas veces puede llegar a ser salvaje y brutal.
Teniendo en cuenta que Colombia es un país violentado, donde su cruenta historia política y social se puede leer en los cuerpos desmembrados y desaparecidos en cada masacre padecía y escrita con la gramática del horror que vemos desde la Gran Violencia de liberales y conservadores hasta nuestros años más actuales: ¿cómo planteas una ética poética que no silencie violencia, pero tampoco la explote? ¿Cómo dialoga tu escritura con las violencias específicas que atraviesan los cuerpos feminizados, y qué lugar ocupa el feminismo —como práctica política y poética— dentro de tu obra?
Sin duda, la escritura está trazada por lo sanguíneo de los territorios. Yo tengo una sangre de la que no puedo escapar, y esa sangre tiene que ver con mi lugar de origen. Mi manera de ver la realidad siempre va a estar marcada por ese origen. Yo considero que mi poesía no respira, que se está ahogando en cada verso. Aunque podría decir que ese ahogamiento es su respiración. Pero ¿qué puedo hacer?, ese es el ritmo que me persigue. Un ritmo convulsionado. Y eso mismo busco en mis lecturas. Esa “gramática del horror” como la llamas, está allí, aunque no hable directamente de la realidad del país, la manera en que abordó los temas más íntimos va trazada por esa misma convulsión.
Por otra parte, la poeta costarricense, Lex Valvesco una vez me dijo esto que aún recuerdo: Fadir tú poesía es más feminista que las otras que se presentan en voz alta como tal. Y eso me hizo recordar algo que siempre he dicho: el texto no tiene que decir “soy esto” sino encarnarlo, no desde el discurso y el panfleto, sino desde las profundidades más insospechadas del lenguaje. El poema puede provocar en el lector un discurso, pero no puede convertirse en uno. Hacer eso es negar la condición libertaria de la poesía.
Yo trabajo el universo femenino todo el tiempo, es un tema recurrente en mi trabajo, pero también concibo lo femenino, más allá de los géneros, como un estado que trasciende poderosamente todas las realidades.
¿Sientes que tu poesía construye una forma de memoria alternativa a los discursos oficiales? ¿Puede el poema disputar el relato del poder?
La poesía no vino a repetir el libreto de la alienación. Jamás. Tampoco creo que venga a disputar nada. Los relatos del poder si entran en ese juego de disputa. La poesía viene a verlos a la cara, los confronta, pero no para ganar o perder, sino para recodarles sus miserias.
Hace muchos años el crítico Cobo Borda a la hora de hacer un balance de la poesía colombiana decía que la verdadera poesía estaba inédita , en ese conflicto estético entre centro y margen, Bogotá y los distintitos países de Colombia como decía Aurelio Arturo, pienso que la poesía más interesante (sin generalizar por supuesto) se está escribiendo en el Caribe Colombiano, unas apuestas que no cantan la misma tonada, unos libros con más riesgo en el lenguaje, y sin caer en esa literariedad, exceso de coloquialismo y huida de la metáfora que veo en los poetas jóvenes del centro, ¿Qué piensas al respecto?
Considero que la escritura poética tiene dos extremos peligrosos, aunque esta expresión es casi un pleonasmo, pues podría decir que todo extremo, lo es.
Es muy recurrente que hoy se conciba la poesía como el simple esbozo de una anécdota, de una situación de manera plana y sin ningún tratamiento de lenguaje. Pero debemos preguntarnos por qué pasa esto.
Me atrevo a decir que sucede porque en un momento se llegó al otro extremo: concebir eso que llamo “tratamiento del lenguaje” como ese ejercicio de escribir florido y ornamentado. Es más, muchos piensan que la escritura poética se reduce al acto de adjetivar sustantivos, de hinchar el lenguaje. Ese tampoco debería ser el camino, pues como lo dice Bejnamin Prado: Lo demasiado ampuloso, como la insulsez son pecados mortales en un escritor.
Pero yo creo, que, por huirle de manera obsesiva a ese segundo extremo de lo ampuloso, a ese extremo de no querer forzar lo poético, se termina anulando radicalmente, y el texto se convierte en una exposición de ocurrencias simplemente.
Y hay otro tema también, es concebir como novedoso ese rechazo a lo que comúnmente se ha asociado con la poesía. Se debería tener claro que las experimentaciones con el lenguaje vienen desde mucho tiempo atrás.
Siempre han existido intenciones de explorar otros caminos, enfrentando las ideas convencionales de lo que se considera poesía, y se han llevado realidades prosaicas al contexto de lo poético. El problema es creer que se está realizando un hecho disruptivo cuando no es así.
Para mí el reto siempre será el lenguaje. Allí está lo complejo, en lograr que la tensión entre lo poético y lo prosaico se funda de tal manera, que creen juntos una misma realidad.
Cuando trabajamos lo prosaico dentro del escenario poético, y esbozamos un coloquialismo que lo único que busca es provocar, no lograremos resultados estéticos, sino un simple efectismo, pero cuando se alcanza un lenguaje más allá de esa exageración poética y del habla cotidiana, se produce lo contrario: el hallazgo de un misterio, la tensión estética de los opuestos. Al tomar distancia de esos dos extremos, se lograrán textos estéticos de gran calidad. Es decir, hay que buscar el equilibrio.
Me gustaría que hablaras también sobre la gestión cultural y la generación de espacios para la poesía que has llevado desde hace veinte años junto a tu madre y hermana con la Fundación Artística Casa de Hierro.
Es un trabajo cultural que ya lleva 23 años. Es la manera que tenemos de concretizar lo poético, de construir experiencias que permitan vivir la ciudad, los espacios públicos desde otras sensibilidades. Trabajamos con la poesía y con el arte en general en diferentes espacios, tanto convencionales como no convencionales. Hemos concretizado un proceso cultural relevante para Barranquilla y el Caribe, por ejemplo, hemos logrado mantener, sin interrupción, desde hace 20 años un espacio de poesía permanente. También hemos logrado concebir el barrio como un escenario capaz de producir experiencias culturales alternativas, convertirlo en un teatro, en un escenario sensible donde es posible encontrarte con el arte. Lo hemos convertido en galería; en auditorio; en escuela, pues hemos hecho talleres al aire libre; en cine, en fin, hemos dinamizado el espacio público desde otras posibilidades estéticas.
Por último, ¿para quién escribe tu poesía y qué espera —si es que espera algo— de ese encuentro con el lector?
No creo que espere nada, pero siempre escribo pensando en lo que yo quisiera encontrar como lectora, ¿y qué busco?: que luego de una lectura sienta que algo se rompe, y que, aunque volvamos a armar eso que se rompió, sepamos de manera contundente que eso, nunca más volverá a ser igual.
Por: William Jiménez







