En algunas personas eso del poder causa alucinaciones y en otras muchas causa ansiedad y angustia; lo mismo que en el apátrida causa trastorno del pensamiento por lograrlo, y así se vale de cualquier medio para, una vez lo obtenga, no soltarlo nunca más, siendo esto último la razón de algunas oligarquías de apellidos notables dentro de la sociedad política del país, especialmente de ideologías liberales —una lástima— que, obsesionadas por la gloria, los premios al azar y la fama, aun sin tener la preparación para ello, lo buscan para que bajo el peso de su aristocracia consentida puedan manejar la historia que gobierna las necesidades de los pueblos sometidos al libre albedrío de la injusticia.
Lo demoníaco, que no es otra cosa que el reconocimiento del yo interior, descubrir la identidad, pero rechazar lo bueno por desprenderse de Dios, surge como base fundamental de su esencia y así lograr el manejo de la desesperación que conduce al mal uso del poder.
Así han surgido algunos gobiernos, amparados por santos de su devoción y sostenidos después por el engaño y la mentira bajo el auspicio de mentes absurdas que todo lo miran bajo la percepción de su ego y de sus reiteradas doctrinas infalibles dispuestas para el manejo y control de las voluntades ajenas.






