Ganar una elección da poder, sí, pero también cambia por completo el lugar desde el que se habla y se actúa. Una campaña se puede ganar con ímpetu, con dureza y con confrontación. Gobernar, en cambio, exige otra cosa. Exige cabeza fría, sentido de Estado y la capacidad de entender que, una vez termina la contienda, el adversario ya no es un enemigo ni el país una plaza de combate.
Abelardo de la Espriella está entrando en ese momento decisivo. Uno que no se les presenta a muchos en la vida pública: el de corregir a tiempo para crecer. El estilo desafiante, altivo y peleador que pudo servirle en el debate, en la plaza o en la campaña, ya no puede ser el mismo con la banda presidencial encima. A partir de ahora, el país no necesita de él al litigante ni al combatiente electoral. Necesita a un jefe de Estado.
Eso implica un cambio de tono, pero sobre todo un cambio de actitud. No se trata de volverse blando ni de renunciar al carácter. Se trata de entender que la autoridad no se demuestra a punta de choque permanente. Un presidente puede ser firme sin ser agresivo, cercano sin perder la investidura y contundente sin caer en la provocación. Colombia no le está pidiendo mansedumbre; le está pidiendo estatura.






