Hace apenas una década, entrar a una red social era lo más cercano a llegar a la plaza del pueblo: sabíamos quiénes estaban, reconociamos sus rostros y compartiamos un mismo contexto. Hoy, ese espacio ha cambiado. Ya no es la plaza donde conversamos, sino un escenario amplio donde miles de voces compiten por nuestra atención.
Durante mucho tiempo creímos que las redes eran, ante todo, un lugar de encuentro. Sin embargo, con el paso de los años hemos visto cómo esa idea se transforma. Lo que antes se construía a partir de vínculos, hoy se organiza alrededor de intereses. Ya no vemos solo a quienes conocemos, sino aquello que logra detenernos unos segundos más frente a la pantalla.
No es una percepción aislada. El propioMark Zuckerberg lo resumió con claridad: “Antes seguías a tus amigos, ahora a desconocidos”. Una afirmación que revela un cambio de fondo: una parte significativa de lo que consumimos ya no proviene de nuestro entorno cercano, sino de creadores ajenos a nuestra red. Esto confirma que estamos atravesando una transformación estructural: pasamos de una red social basada en vínculos, a un ecosistema guiado por algoritmos que priorizan aquello que logra captar y retener nuestra atención, contenido cada vez más ajustado a nuestros gustos, corremos el riesgo de perder aquello que no buscamos activamente: el encuentro inesperado, la diferencia, la conversación que nos reta. Poco a poco, la experiencia digital se vuelve más cómoda, pero también más cerrada.
Como advertía Byung-Chul Han: “En el proceso de digitalización, el mundo pierde esa presencia corpóreo-material que se dirige a nosotros y nos inspira. Una cantidad no puede tocarnos”. Y ahí aparece una paradoja silenciosa: nunca habíamos estado tan conectados, pero pocas veces tan distantes.
La economía de la atención también ha cambiado. Antes compartíamos para conectar; hoy muchas veces consumimos sin interactuar. La lógica ya no gira en torno a la relación, sino a la permanencia: cuánto tiempo nos quedamos, qué tanto reaccionamos, qué tan fácil es mantenernos dentro.
Esto nos deja una inquietud que vale la pena plantear con calma: si cada vez necesitamos menos del otro para entretenernos, ¿qué pasa con nuestra capacidad de escuchar, de entender lo distinto, de convivir con lo que no fue diseñado para nosotros?
Tal vez no se trata de rechazar la tecnología, sino de preguntarnos qué lugar queremos que ocupe en nuestra vida. Si todo está pensado para nosotros, si todo encaja perfectamente, ¿dónde queda lo humano, que por naturaleza es imperfecto, inesperado y compartido?
Al final, la decisión no es tecnológica, es personal. ¿Seguiremos consumiendo un mundo diseñado a nuestra medida, o encontraremos momentos para salir de la pantalla y volver a encontrarnos con los demás?
Alfredo Jones Sánchez – @alfredojonessan







