Al norte de nuestra geografía nacional, entre las sabanas de Bolívar y el desierto de La Guajira, existe una región a la que llamamos el Caribe colombiano. Esta extensión de tierra no es únicamente un territorio en sentido geográfico; también ha desarrollado —por su historicidad— una construcción cultural situada que ha servido como producto de exportación en todo el mundo.
Esta cultura, sin embargo, no es fruto del azar: nuestros ritmos nacieron de la lejanía, del abandono; nuestras ficciones noveladas, a menudo, brotan como respuesta a las verdades que los medios tradicionales y el poder han preferido silenciar. ¿Cómo nombramos, entonces, las violencias sistemáticas, las desigualdades profundas y las memorias silenciadas que habitan esta región? ¿Qué tipo de verdad pretende producir un texto leído en la misma región en que ocurrió la Masacre de las Bananeras? Frente al relato oficial que intentó encubrir tan fatídico hecho, la literatura —leída desde el territorio— opera como un contrarrelato: una verdad poética que se esmera en contar lo que el poder ha querido enterrar.
No se lee igual desde una cómoda biblioteca capitalina que desde el corregimiento de Pueblo Nuevo en Ariguaní, Magdalena. La profesora Donna Haraway nos muestra que todo conocimiento está situado: contemplamos el mundo desde un lugar concreto, con una historia, un cuerpo, unas heridas. En el Caribe, la literatura trasciende su propósito estético, excavando las fosas comunes del relato oficial. Leer situadamente no es un lujo académico, sino una necesidad ética, pues nos impide hacernos los ciegos frente a las desigualdades que el texto mismo denuncia.
La literatura no compite con los informes oficiales ni pretende reemplazar al periodismo. Produce otro tipo de verdad: ética, figurativa, necesaria. El capítulo de ‘Cien años de soledad’ sobre la Masacre de las Bananeras no busca ser un documento oficial, pero logró lo que los informes gubernamentales nunca consintieron: fijar en la memoria colectiva la imagen imborrable de los 3.000 muertos. Su potencia es decir lo que el poder no quiere enunciar. En esta tensión se juega la lucha entre la verdad poética y la verdad forense.
Cuando la oficialidad afirma: “no pasó nada”, la ficción responde: “esto es lo que pasó”. No se trata de reemplazar la historia, sino de poner en disputa la monopolización del relato. En territorios históricamente silenciados, leer situadamente es excavar en su propia historia. Allí, la ficción opera como contrarrelato; un acto de memoria que desobedece al olvido.
La literatura no frena a los fusiles ni negocia treguas. Pero sin ella, los muertos callan para siempre y las preguntas se pudren entre los vivos. Por eso, en el Caribe, leer es resistencia. Lea situadamente: con los pies en la tierra, los oídos atentos al silencio y la memoria histórica como única brújula.
Por: Alex D. Castilla-Tobías / Escritor y músico vallenato. Enfocado en pensamiento decolonial y crítica cultural.







