CULTURA

La insólita aventura de Wicho Sánchez en las vitrinas de Estocolmo

El pueblo de Valledupar ha sido cuna de gran cantidad de personas que han sobresalido por su inteligencia.

Los cuentos de Pedro Castro.

Los cuentos de Pedro Castro.

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El pueblo de Valledupar ha sido cuna de gran cantidad de personas que han sobresalido por su inteligencia a pesar de ser analfabetas y de haber vivido con apenas aquello que Dios les ha dado a diario.

Recuerdo a Evangelista Triana, quien ha sido la base para infinidad de cuentos; a Carlos Romero, quien como correo del partido liberal en la Guerra de los Mil Días hacía en un solo día a pie la jornada desde esta población hasta Fundación y Aracataca sin cansarse.

También fueron notorios algunos hombres del barrio Cañaguate como los Galindo, los Aramendiz y los Rodríguez, pioneros de la siembra de café en la región de Azúcar Buena, hoy una de las despensas de la ciudad. De este mismo barrio y partícipes de la historia de Valledupar, están los famosos borrachitos Diógenes y Pacho Socarrás, José Araújo y todos los otros miembros de la Barra Chueca.

También fueron célebres brujos y curanderos tales como Abraham Moreno y mi compadre José María Molina, destacado culebrero de quien nació mi muy querido amigo y compadre Wicho Sánchez, el inteligente compositor de la famosa canción ‘La banda borracha’ y muchas otras.

Wicho Sánchez hizo parte de una de las comisiones vallenatas que acompañaron a Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, y una de las cosas que más admiró de esta ciudad fueron las vitrinas donde se exhibían no solo ropas y calzados, sino mujeres desnudas para complacer el apetito sexual de quien las necesitara. Buena costumbre que también impresionó a todos los que las vieron y quedaron admirados de la blancura de esas mujeres, con sus senos también blancos y picos rosados, de ojos azules y vellos tan rubios como sus cabellos. Estos paisanos, que se sienten siempre como burros sueltos en sabanas, no hacían sino hablar del tema y estudiaban la manera de contratar a alguna de ellas para tener algún encuentro de amor.

El más interesado fue Wicho Sánchez, que notó, entre otras cosas, que en las vitrinas, en general, no se exhibían ni morenas ni negras, aunque una de ellas era ocupada por una morena haitiana a quien le hacían cola infinidad de suecos.

El inquieto Wicho al fin consiguió el contacto deseado y por cien dólares pudo gozar de las delicias y caricias de una sueca ya un poco mayor, porque las de menos edad costaban más. A la vez se enteró de que la haitiana, por ser negra, ganaba hasta quinientos dólares por cada encuentro y que era costumbre que en otras partes de la ciudad también hubiera vitrinas para exhibir hombres desnudos, que igualmente eran contratados por mujeres ansiosas.

Wicho, con su espíritu de comerciante y aventurero, buscó un sitio de estos y se presentó para exhibirse desnudo, aun sabiendo que la temperatura era de diez grados bajo cero. El contratista tomó con humor la propuesta, pues esta es una tierra donde los hombres miden de dos metros para arriba. De todas maneras, por curiosidad y chiste, lo contrató dejándolo apenas con un sugestivo peinado al estilo africano, una bufanda amarilla y unas medias tobilleras del mismo color, para que le dieran suerte.

Con tan solo presentarse desnudo ante el público, tuvo para que muchas mujeres quisieran gozar de su amor. ¡Y él sin saber ni dónde quedaba Haití! ¡Y mucho menos África! Él les decía en español cuando estaban en lo mejor del cuento:

—Soy vallenato, vivo en el barrio Cañaguate.

Las mujeres le festejaban y le respondían en sueco:

—Ay negrito, tú sí eres sabroso.

Pero no lograban comprenderse entre sí.

La experiencia fue muy buena, porque regresó al hotel con muchos dólares y no le dijo a nadie cómo se los había ganado; pero al día siguiente, silencioso, se volvió a perder y se dirigió al mencionado sitio, donde encontró una larga fila de rubias que lo esperaban, algunas de ellas con un diccionario en la mano tratando de aprender palabras amorosas en español.

La tarea empezó temprano y el contratista, en vista del éxito, le colaboró con unas recién inventadas pastillas de viagra, pero con tan mala suerte que ese día la temperatura bajó a veinte grados bajo cero y todo empeoró cuando los hermanos Zuleta, Rafael Escalona y otros costeños pasaron por el barrio de las vitrinas, donde se exhibían los desnudos masculinos. Estos se sorprendieron al ver a un negrito que temblaba por el frío, con los ojos desorbitados. Al acercarse, mi compadre Poncho Zuleta exclamó:

—Ve, ¿y ese que está en la vitrina no es mi compadre Wicho Sánchez?

Él, al verlos, se apenó aún más cuando el contratista le afirmó que las mujeres ya no querían probarlo porque lo tenía chiquito, apenas se le notaba del tamaño de un pintalabios; y el asunto se agravó más cuando, por la tembladera que tenía y el descontrol de la mandíbula, se le salió la chapa y una de las suecas manifestó:

—Oh, este negrito parece un miquito.

Sin embargo, este acto despertó la admiración del propio rey de Suecia, quien festejó su condición aventurera. Como las noticias vuelan, este incidente llegó al oído de los vallenatos, que no hicieron sino festejar la audacia del compositor de La banda borracha.

A su regreso, medio Cañaguate fue a recibirlo al aeropuerto. Lo esperaron con un gran sancocho de pata de vaca, panza, ubre, tocino de puerco, carne salada, gallina vieja para que diera sustancia, acompañado de plátano, yuca, malanga serrana, adornado con mucho ají picante y cebolla para que hiciera efecto.

En esos momentos Delio Cotes era uno de los comerciantes que promovía su negocio, la venta de colchones Pullman, mediante un gran movimiento publicitario a través de las pequeñas emisoras Radio Guatapurí y Valledupar, sin mayor éxito. En vista de lo acontecido y tomando como ejemplo lo que le había sucedido a Wicho Sánchez en Estocolmo, resolvió proponerle que se exhibiera en pantaloncillos tanga, plácidamente acostado en un colchón y abanicado con un ventilador Patton, mientras leía revistas o paquitos.

El contrato se cerró a mil pesos por día (el alcalde en ese momento ganaba seis mil mensuales), pero además, como Wicho contaba con el glamur de haberse acostado con varias suecas, a la vitrina llegaban más que hombres, mujeres que querían conocer a un vallenato famoso por su bella estampa.

Todo marchó de maravilla para Delio, porque vendió más de cincuenta colchones el primer día y tuvo que mandar un camión expreso a Barranquilla para que le llevaran muchos más. A Wicho también le fue muy bien desde que inició su función de maniquí, con un sirenazo en Radio Guatapurí, donde Carlos Alberto Atehortúa, con su voz sonora, decía: “¡Atención! ¡Atención! Valle Prensa. ¡Urgente! En estos momentos se inicia la exhibición del hombre que fue mimado por las suecas, cuya audacia fue comentada hasta por los mismos reyes de esa nación”.

Pero mi compadre Wicho Sánchez, que nunca ha sido persistente ni tenaz, al poco tiempo se aburrió de la cantidad de mujeres que pasaban y le tiraban besitos, aun cuando tenía el mejor sueldo que ganara cualquier vallenato en esa época, incluidos el ministro Crispín Villazón y el gobernador Pepe Castro. También se fastidió de la mesera que lo atendía, quien a cada rato le pasaba sándwiches, gaseosas y hasta almojábanas de La Paz.

Se paró bostezando como a las doce del día y le dijo al dueño del negocio:

—Ve, Delio, yo me voy, ya estoy cansado de estar haciendo este oficio.Apenas había cumplido una semana de trabajo.

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