Tras seis décadas de matrimonio indisoluble con la yuca, la diabetes obliga a Abel Medina a “partir palito” con el alimento que define nuestra identidad. Una sentida oda a la resistencia y al sabor de la tierra.
Abel Medina Sierra
Un trágico y repentino episodio de cetoacidosis diabética casi interrumpe el hilo de mi existencia recientemente. Esta segunda oportunidad que me concede la vida y el creador viene con un estilo de vida que altera totalmente mi dieta, lo que ahora me lleva a reconocer alimentos tan extraños para mi estómago como la quinua, la chía, la uchuva, el nopal o el yacón.
Este episodio me hizo despedirme de lo que me había acompañado toda la vida: el bollo, la arepa, la papa, la patilla, el mango, el arroz blanco y hasta la tajada y el patacón. Pero si mi estómago, mi apetito y la memoria del cuerpo se resisten a la ruptura con esos alimentos que me han nutrido toda la vida, lo que más “duro” me ha dado es “partir palito” con la yuca. Un golpe letal a seis décadas de matrimonio indisoluble. Así que se me ocurre que, si nuestro sabio guajiro, el obispo Rafael Celedón, dedicó una oda poética al plátano, ¿por qué, en honra y añoranza de esta delicia, no ofrendar esta loa a la humilde pero gratificante yuca?
Un tubérculo, un mundo
La yuca, conocida como mandioca en el Cono Sur y el Sur de Brasil, y como guacamote en varias regiones de México, en cada preparación —casabe, masato, farofa, pandebono, bollo, carimañola, enyucado, machucado o machucho, yuca al mojo o chorreada, dedidos o arepa de yuca— se adapta sin diluirse, se transforma sin perder su centro y quizá por eso, su grandeza no necesita proclamarse. La yuca dulce, la amarga, la moniblanca, la playera, rianita blanca o roja, la sabaneta, azulita, la yema huevo (amarilla), venezolana, treintera, chirosa o guarmera. Toda una diversidad que se unifica en el paladar.
En el corazón de nuestra tierra cálida, donde el sol no sólo ilumina, sino que también madura, la yuca crece en silencio, como si guardara un secreto antiguo bajo sus raíces. Por eso no se muestra hasta que se arranca, cuando es su momento propicio: se hace esperar. No necesita alardes: su piel áspera encierra una pulpa, a veces blanca; en otras, amarilla, que, al contacto con el fuego, se transforma en una experiencia esencial: generosa, se abre a un reticente chorro de suero, a una salpicadura generosa de queso rallado, redimiendo una salsa que quedó del guiso.
Hay en su textura una dualidad fascinante: cruda, es densa, casi inaccesible; se vuelve dócil, fibrosa, generosa al paladar. Se deshace sin desaparecer, dejando una huella terrosa que recuerda que todo alimento verdadero nace del suelo y vuelve a él en la memoria.
Su origen es profundamente americano. Antes de las rutas comerciales y de los recetarios globales, la yuca ya alimentaba cuerpos y culturas indígenas. Cada preparación es una variación sobre la misma raíz: hervida, frita, asada, convertida en harina o en almidón, siempre dispuesta a adoptar nuevas formas sin perder su identidad. Siguiendo la gramática de la buena cocina, la yuca no compite; se neutraliza y así sostiene y abraza otros sabores más fuertes, elevándolos.
Sencilla y sagrada
En su aparente sencillez habita su grandeza. A la yuca poco la encontrará usted en las más refinadas recetas del gusto gourmet ni en los más encopetados restaurantes. Es el alimento que no busca protagonismo y, sin embargo, termina siendo indispensable. Como la tierra misma: discreta, constante, infinita. La yuca fue, es y seguirá siendo una presencia casi humilde —“cenicienta de cocina”—, pero su discreción es engañosa. Porque en esa modestia se esconde una soberanía silenciosa: sostiene la mesa, acompaña la carne, se mezcla con el maíz, se vuelve harina, pan o bebida, y aun así no pierde su identidad. La yuca no compite por sofisticación ni por prestigio; conquista por cercanía; su eficacia está en la repetición, en la costumbre (como la música de lo Zuleta, no aburre), por estar siempre ahí cuando el hambre acosa.
Pero no basta con decir que la yuca alimenta: también recuerda. En su pulpa blanca —“alma blanca en mi retina”, como la nombra el poeta uruguayo Ramiro Lagos— late una genealogía más honda que el hambre. No es solo raíz, es un vestigio enterrado que insiste en brotar. Allí donde el cuchillo abre su corteza terrosa, emerge no solo alimento, sino también una historia antigua que se rehúsa a desaparecer.
Comer yuca es, en ese sentido, participar de un ciclo sagrado: ingerir lo que alguna vez fue vida humana, transformada en alimento colectivo. El acto cotidiano de morderla —“cuando le hundo con ternura el diente”, dice Lagos— adquiere entonces una dimensión ritual. No es solo nutrición: es comunión.
En la chagra —ese universo donde la tierra no se explota, sino que se conversa—, la yuca no es un cultivo: es enseñanza. Anastasia Candre, poeta huitoto de Colombia, la sitúa junto a la abuela, “dueña del baile de frutas”, quien siembra y cuida “con amor maternal” los palos de yuca: la yuca brava y la yuca dulce. Su origen no es únicamente agrícola ni doméstico: también es mítico. La yuca nace de la pérdida, de la muerte que se transforma en sustento.
En el mito tupí, Mani —niña extraordinaria, nacida con el don de caminar y hablar— muere sin enfermedad, sin causa visible, como si su destino fuera otro. Enterrada en su propia casa, su cuerpo se vuelve raíz: “marrones por fuera y blancas por dentro”. De su tumba surge la planta que saciará el hambre de la tribu, regalo del dios Tupã. Desde entonces, cada yuca es también una resurrección: se entierra y nace.
Otros relatos insisten en esa condición reveladora. En la leyenda amazónica, Mani vuelve a hablar desde la tierra: “Soy yo, sácame…”. La voz no desaparece; se desplaza. La yuca habla en su crecimiento, en su persistencia, en su ofrecimiento constante. Y quien la arranca del suelo no la descubre: la escucha.
En la tradición peruana, la yuca tampoco es un hallazgo casual, sino que está mediada por lo extraño: una sachavaca que estornuda su nombre —“gimeka”— y conduce al hombre hambriento hacia la abundancia. Según esto, la naturaleza no se entrega sin mediación; requiere atención, interpretación y cierta disposición a lo insólito. La yuca aparece como respuesta a la carencia, pero también como prueba de escucha.
Incluso en la cosmovisión taína, la yuca alcanza una dimensión divina. Yocahú —“Señor de la yuca”— no es simplemente un dios agrícola, sino un principio vital vinculado al agua, al sustento, a la continuidad. Así, la yuca no es solo una planta: es puente, es el alimento de la fidelidad; también exige esa misma fidelidad del comensal cuando corremos el riesgo de que nos salga “rucha”.
La yuca no aspira a la espectacularidad de una estrella Michelin. No brilla como el trigo ni se mitifica como el maíz. Pero permanece con nosotros, aun desde la añoranza de quienes ya la tenemos restringida como los diabéticos. Y en esa permanencia hay una forma de resistencia más poderosa que cualquier estridencia. Celebrar la yuca, entonces, no es solo celebrar un ingrediente. Es reconocer una red compleja de significados en la que lo biológico, lo mítico y lo afectivo se entrelazan. Es aceptar que en cada trozo cocido hay algo más que sustancia: hay historia, hay pérdida, hay enseñanza, hay regalo y, en mi caso, hay añoranzas de sabores que me desprendió la diabetes.






