CULTURA

Las Tres Erres. Una mirada atrás

La guerra fría de un mundo dividido, era el temario obligado en nuestras aulas de bachillerato. La Revolución Cubana, la crisis de los misiles; los coléricos discursos en la ONU del premier soviético Nikita Krushchov; el asesinato de Kennedy en Dallas; las dictaduras militares de Latinoamérica, eran partes de nuestros debates que, caída la tarde, hacíamos en las gradas del pedestal de una virgen de yeso, en vecindades del Hotel de Turismo, hoy desaparecido.

Recortes de los periódicos de la época. FOTO: suministrada

Recortes de los periódicos de la época. FOTO: suministrada

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Se deshojaba el calendario del venturoso 1963. La guerra fría de un mundo dividido, era el temario obligado en nuestras aulas de bachillerato. La Revolución Cubana, la crisis de los misiles; los coléricos discursos en la ONU del premier soviético Nikita Krushchov; el asesinato de Kennedy en Dallas; las dictaduras militares de Latinoamérica, eran partes de nuestros debates que, caída la tarde, hacíamos en las gradas del pedestal de una virgen de yeso, en vecindades del Hotel de Turismo, hoy desaparecido.

Los polemistas de tales horas eran Armando Gnecco Hernández, Jorge Eliécer Quintero, Jaime Daza Rincones, Alberto Castro Baute, Jorge Saade Mejía y yo, entre otros.

Para ese tiempo existía una vitalidad cultural en nuestro Colegio Loperena que apadrinaba Miguel Maldonado Manjarrez, profesor de Castellano. Le dimos vida a un periódico tabloide que titulamos El Lopereno.

Fachada actual del Colegio Nacional Loperena. Foto: Said Armenta/EL PILÓN.

Fachada actual del Colegio Nacional Loperena. Foto: Said Armenta/EL PILÓN.

Radio Valledupar nos destinó una hora los sábados para el desfogue de inquietudes y temas; a la vez que en el paraninfo del plantel, el centro literario Marcos Fidel Suárez marchaba a mil con nuestras presentaciones donde también tenían cabida unos buenos declamadores como Milciades Cantillo y Leovigildo Rodríguez con una antología de poemas sensibleros como ‘El seminarista de los ojos negros’, ‘A solas’, ‘El brindis del bohemio’, ‘El duelo del mayoral’, lo que hacía lagrimear a las asistentes de los colegios femeninos, nuestras invitadas de tales ocasiones.

Las Tres Erres

Para 1964, con un fuerte taconeo de unos mocasines de gamuza sobre los baldosines rojos y amarillos del colegio, apareció Rodrigo Aarón. Venía del anexo de bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, expulsado, según nos dijo, por librepensador, lo que pongo en duda razonable porque como buscón que soy de historias y fechas, averigüé que allá él pertenecía a un grupo de rezanderos de la Catena Legionis, con el primo Joaquito Campo, quienes en beatíficas devociones eran cofrades de la Legión de María.

Cuando vino a nuestro curso hablaba del cacique Nutibara, de los poetas y escritores paisas como Epifanio Mejía y, en especial, de Tomás Carrasquilla, el autor de ‘La Marquesa de Yolombó’ y de los insuperables cuentos costumbristas ‘San Antoñito’ y ‘A la diestra de Dios Padre’.

Para ese entonces Rodrigo era la gramática. Tenía y tiene una apretada versación en figuras literarias como retruécanos, hipérboles, metáforas, sinécdoques y el manejo de los pluscuamperfectos de todos los verbos y demás hendijas del idioma.

Todos esos temas nos encandilaban. Él venía de otra parte que sólo conocíamos en los mapas, hablando sobre asuntos que nos anonadaban, pues muchos de nosotros no habíamos pasado del Pozo Morito, un poco más distante de los últimos patios.

En un intento de fuga de nuestras mentes represadas en un ámbito aldeano, para escudriñar de literatura, arte, filosofía e historia del mundo, pronto formamos una “troika” con Ricardo González Mestre, Rodrigo Aarón y yo, a quienes, Evelio Daza le puso el rótulo de las Tres Erres por nuestros nombres de pila: Ricardo, Rodrigo y Rodolfo.

Desde ese entonces, cuando cedía el marchitante calor de la tarde, las Tres Erres nos reuníamos en las bancas de la plaza mayor. Carlos Marx, León Tolstoí, Julio Flórez, Víctor Hugo, Santos Chocano, Benito Pérez Galdoz, y muchos más, se daban cita con nosotros, quienes hacíamos revoltijos sin tino de esos temas de humanidades, saltando de un lado a otro con deshilachadas opiniones sobre la textura poética y la densidad de pensamiento de aquellos imaginarios visitantes.

Las volteretas literarias nuestras

También había espacio para las iluminaciones poéticas. Así cuando en el cielo azulino aleteaban las garzas como jirones de lirios y el espacio se cubría con millones de avecitas parduscas llamadas floticas que en torbellinos flotantes iban en ruta a las tierras bajas de más allá del río, Rodrigo, entonces, influido por ese candor de la tarde decaída, con tono sedoso y reposado recitaba al maestro Valencia: “De cigüeñas, la tímida bandada/ recogiendo las alas blandamente/ paró sobre la torre ensangrentada/ a la luz del crepúsculo muriente”.

Los corcovos líricos seguían hasta la hora en que se encendían las luces de neón en la plaza cuando los badajos del campanario de La Concepción golpeaban seis veces. Entonces, también, Ricardo, picado por el ambiente claroscuro e incitante del momento, recitaba a Eduardo Castillo: “A veces un arpegio que a mi estancia/ de muy lejos quizás llega perdido/ un pétalo de rosa desteñido/ entre un libro que hechizo mi infancia. La amable sugestión de una fragancia/ hace surgir del fondo del olvido/ más de un dulce recuerdo ennoblecido/ por el tiempo la muerte y la distancia”. Con igual entusiasmo literario, yo salía con otro debut de símil línea.

La zancadilla de un boicot

También había espacio para el retozo y las tomaduras de pelo. En una de esas tardes de recitales, la fascinación del instante fue quebrantada por la intervención de un casual contertulio, Rafael Durán Castilla, nuestro compañero de curso que se había agregado a la reunión, aun cuando era ajeno a ese mundillo nuestro de cabriolas poéticas. Rafa propuso un acertijo rimado, con el siguiente semblante: “Ni por ser sabio Salomón/ supo el misterio tan hondo/ por qué razón/ cuadra el burro el cagajón/ teniendo el c… redondo?”.
Ricardo enrojeció y sin despedirse se alejó repitiendo frases de repulsa airada. Rodrigo, montó el entrecejo sobre sus gafas blancas y sólo dijo una sentencia demoledora: “Rafa, los romanos en latín decían mellis non est asini ori. Esto traducido a román paladino y prosa castiza equivale a decir que no está hecha la miel al paladar del asno. Descendido esto a expresión provinciana, para que me entiendas, significa que los burros no saben de confites”.

Me reí a carcajadas con ese imprevisto saboteo. Rodrigo con gesto de polemista insultado me dio la espalda y se fue. La indignidad de mi risa la pagué, pues él me retiró su trato por semanas. Esa es la única peca que ha existido en más de seis décadas de anudada amistad con él.

En otras metas

La vida nos dio logro para reencontrarnos en la Universidad Nacional. Ricardo y Rodrigo en la Facultad de Filosofía, y yo en Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Allí también, caída la noche, concurríamos a deambular por los jardines del Centro Nariño para discutir temas como la Teología de la Liberación de monseñor Helder Câmara, arzobispo de Brasil; el pensamiento político de Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero; del grupo de sacerdotes rebeldes de Golconda; del movimiento literario Piedra y Cielo; del nadaísmo de Gonzalo Arango; de los poemas del ruso Eugenio Evstushenko y del modernismo de los panidas de León de Greiff.

Fachada Facultad de Filosofía de Universidad Nacional. FOTO: Suministrada

Fachada Facultad de Filosofía de Universidad Nacional. FOTO: Suministrada

También de tales coloquios salía el elogio para las cátedras de Rafael Carrillo Luque, profesor de Rodrigo y Ricardo. En lo que a mí correspondía con este filósofo, todos los jueves, en horas de la media mañana, después de su cátedra, lo esperaba para hacerle compañía en su paseo por las arboledas y jardines de la Ciudad Universitaria. Me convertía en una especie de ujier cargándole el maletín, sólo por escuchar su palabra ilustradora. Fue en una de esas ocasiones en que me dijo que Ricardo González Mestre, “ese estudiante de raciocinio despejado”, sería su sustituto.

Un hecho fatal

Pero la fatalidad hacía ronda. El 5 de febrero de 1972 nos aterró la noticia que una nave de Transportes Aéreos del Cesar, TAC, estaba desaparecida. En tal vuelo iba Ricardo, y yo mismo estuve tentado de tomar el mismo avión pero el retraso de un examen lo impidió. La tragedia que enlutó a varias familias vallenatas, se hizo verdad confirmada en la voz radial del periodista Carlos Alberto Atehortúa, testigo en Cerro Azul de Perijá, el sitio del desastre, que nos paralizó cuando repetía con acento desolado: “Todo está calcinado”.

Rodrigo Aarón llegó a mi apartamento demudado y deshecho en lágrimas. Nos abrazamos sin decir palabras. En las horas de la tarde me llamó por teléfono el doctor Carrillo Luque. Sólo me dijo: “Rodolfo, las palabras de condolencias son mutuas. Tu perdiste a tu mejor amigo y yo he perdido a mi mejor alumno”.

Por un acuerdo tácito, por un tiempo Rodrigo y yo nos evitábamos. Sólo nos veíamos para visitar el sepulcro de Ricardo, diseñado por su padre Ricardo González Herrera, famoso educador y ciudadano de fino señorío, quien hizo eregir una mastaba mesopotámica con pirámide trunca, como alegoría de ese hijo que se quedó a medio camino en su ascenso fulgente sin alcanzar la cúspide soñada.

La faz visible de un poeta

Un día de atrás, en una de mis conversaciones con Ricardo Gutiérrez Gutiérrez, salió de este mecenas el propósito de publicar por primera ocasión los poemas de Rodrigo, que por años habían dormido en los anaqueles de este vate. Aun cuando Ricardo me pidió no divulgar su nombre, no puedo menos que desoírlo porque esas son las ovaciones que debemos a quienes se afanan por exhibir los altos valores del vecindario vallenato.

Pronto saldrá a la luz ese poemario con la versificación pulquérrima de un bardo que ahora se nos viene a todo viento. Invito a la presentación de ‘Cuando “quise” ser poeta’, de don Rodrigo Aarón Medina, su primer fascículo filosófico, aromático y mullido, con el opalescente atavío que visten sus renglones hechos con tejido de alamares y visos de tornasol.

Por: Rodolfo Ortega Montero

Temas tratados
  • COLEGIO LOPERENA
  • Crónica vallenata
  • historia literaria
  • Las Tres Erres
  • memoria cultural
  • Ricardo González Mestre
  • Rodolfo Ortega Montero
  • Rodrigo Aarón
  • valledupar

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