COLUMNISTA

Una tierra llamada Necrópolis

Las antiguas civilizaciones construyeron ciudades enteras para sus muertos, algunas veces ante la prohibición de enterrar a estos en la urbe y otras veces para salvaguardarlos de la rapiña y los saqueadores de tumbas.

Una tierra llamada Necrópolis

Una tierra llamada Necrópolis

Por: Jairo

@el_pilon

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Las antiguas civilizaciones construyeron ciudades enteras para sus muertos, algunas veces ante la prohibición de enterrar a estos en la urbe y otras veces para salvaguardarlos de la rapiña y los saqueadores de tumbas.

Como dije en mi columna pasada, la muerte siempre ha llamado mi atención y, aunque algunos creen que con cada paso que damos avanzamos en la vida, es lo contrario, pues nos acercamos más a la muerte y es preciso que por ello nos sea necesario reconocer sus señales y apreciar el camino que nos empieza a conducir a ella, como cualquier otro viaje.

Cuando nos proponemos viajar a alguna parte, iniciamos con júbilo una serie de preparativos, alistamos el equipaje, abasteciéndonos de lo que creemos podamos necesitar y, lo principal, nos aseguramos de tener el tiquete para embarcarnos. Pues bien, mis queridos lectores, porque como cualquier otro viaje, debemos prepararnos para el mismo, para así poder viajar tranquilos y no pensar durante el trayecto que tal vez no dejamos todo en orden. ¡Ah! Y eso sí, lo único que tenemos con absoluta seguridad es el tiquete para este viaje.

Yo creo que nadie piensa que va a ir al Infierno cuando muera, todos creen que al final, ese Dios benévolo del que nos acordamos de vez en cuando, perdonará nuestros pecados y podrán así reposar nuestras almas tranquilas en el cielo o en el paraíso, pero si analizamos algunas vidas ahora mismo, esas vidas que viven en un Infierno, sin necesidad de haber muerto, tal vez podamos someternos a un proceso de reflexión que nos permita analizar lo que verdaderamente somos los seres humanos. Seres que envidian, rencorosos, lujuriosos y malvados, seres que hacen que sus propias vidas y las de los demás sean un infierno aquí en la Tierra. Tal vez sea oportuno recordar a Ítalo Calvino en “Las ciudades invisibles” que nos dice que el infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

Pero, quizá también sirva de alivio poder recordar a Dante Alighieri, ese famoso migrante que se las arregla y se vuelca a la composición de su obra mayor, la “Comedia”, la historia en la que nadie muere porque todos, excepto él, están muertos; la historia que tiene un final feliz y que, contrariamente a la inscripción de las puertas del Infierno, nos dice que conservemos la esperanza, que el Infierno es transitorio y que el paraíso está al alcance de todo hombre y de toda mujer, aunque mi amigo Ernesto Lucena y otros no crean en él, aunque ya muchos estamos viviendo en el mismo infierno.

Sueño a veces con familiares, con amigos y hasta conocidos que ya fallecieron, dialogo e interactúo con ellos como si estuvieran vivos, o por qué no, como si yo estuviera muerto. La vividez con la que sueño me da la razón cuando afirmo que el tiempo no existe, pues de ser así, no hablaría por las noches mientras duermo y sueño con espectros o difuntos que partieron en su viaje al más allá hace rato. Para muchos es reconfortante, para otros son pesadillas. Pero lo cierto es que en estos tiempos no podemos diferenciar esas antiguas necrópolis que se erigían con cierta solemnidad y suntuosidad, hoy los muertos caminan entre nosotros, o tal vez, nosotros andamos entre ellos sin fijarnos que todos somos ciudadanos de una tierra en donde ya los límites de la existencia de la vida y de la muerte traspasaron el respeto del uno y del otro.

Ya no hay ciudades exclusivas para los muertos, pues en muchas partes toca convivir con los hijos, padres, hermanos, amigos y conocidos que la violencia les ha arrebatado el aliento de sus vidas, a pesar de querer vivir. Nos asimos de las manos a ellos intentando no soltarlos o tal vez, para que no nos suelten.

POR: JAIRO MEJÍA. 

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