Transcribo unos párrafos del libro Nexus, escrito por el joven escritor israelí Yuval Noah Harari. Quizá podemos observar en ellos, desde vieja data, el principio de un populismo, en este caso espiritual, que iniciándose con un individuo va tomando forma institucional. Ya no es una sola persona que de buena fe o no dice creer en algo singular, sino, una comunidad. Los humanos somos falibles, pero las instituciones pretenden infalibilidad, que nosotros mismos les otorgamos.
“No han sido pocos los humanos que han afirmado que transmitían mensajes de dioses, pero a menudo estos mensajes se contradecían unos a otros. Uno aseguraba que un dios se le había aparecido en sueños; otros, que un ángel lo había visitado; un tercero explicaba cómo había encontrado un espíritu en un bosque…, y cada uno predicaba un mensaje diferente. El antropólogo Harvey Whitehouse cuenta que, mientras hacía trabajo de campo sobre el pueblo Baining de Nueva Bretaña a finales de la década de 1980, un joven llamado Tanotka contrajo una enfermedad y, en su delirio febril, empezó a emitir mensajes crípticos tales como “soy Wutka” y “soy un poste”. La mayoría de estos mensajes tuvieron como único testigo al hermano mayor de Tanotka, Baninge, que empezó a relatárselos a otras personas, al tiempo que los interpretaba de manera creativa. Baninge dijo que su hermano estaba poseído por un espíritu ancestral llamado Wutka y que esta divinidad lo había elegido para ser el principal apoyo de la comunidad, del mismo modo en que las casas locales se sostenían sobre un poste central.
“Tras recuperarse, Tanotka siguió emitiendo los mensajes crípticos de Wutka, que Baninge interpretó de maneras todavía más elaboradas. También Baninge empezó a tener sueños propios, que supuestamente revelaban mensajes divinos adicionales. Afirmaba que el fin del mundo era inminente, y convenció a muchos vecinos de que le otorgaran poderes dictatoriales, de modo que pudiera preparar a la comunidad para el apocalipsis que se avecinaba. Baninge procedió a malgastar la mayor parte de los recursos de la comunidad en festines y ritos extravagantes. En vista de que el apocalipsis no se materializaba y el hambre se cebaba con la comunidad, el poder de Baninge se vino abajo. Aunque hubo nativos que siguieron creyendo que él y Tanotka eran mensajeros divinos, otros muchos llegaron a la conclusión de que no eran más que un par de charlatanes… o quizá servidores del diablo.
“¿Cómo podemos distinguir la verdadera voluntad de los dioses de las invenciones o imaginaciones de humanos falibles? A menos que uno experimente una revelación divina personal, saber lo que los dioses han dicho implica confiar en lo que humanos falibles como Tanotka y Baninge afirman que los dioses han dicho. Pero ¿cómo se puede confiar en tales humanos, sobre todo si uno no los conoce personalmente?, (alguien)
quiere sacar del bucle a los humanos falibles y proporcionarnos acceso a leyes sobrenaturales infalibles, pero en reiteradas ocasiones se ha limitado a confiar en este o en aquel humano.
“Una de las formas de sortear este problema fue crear instituciones… que legitimaran a los supuestos mensajeros divinos. Ya en las sociedades tribales, la comunicación con entidades sobrenaturales, como espíritu solía hallarse en manos de expertos… entre los baining, unos médiums especializados en espíritus conocidos como “agungaraga” se encargaban tradicionalmente de la comunicación con los espíritus y, por lo tanto, de conocer las causas ocultas de desgracias que iban desde enfermedades hasta el fracaso de una cosecha. Su pertenencia a una institución respetada hizo que los “agungaraga” despertaran más confianza que Tanotka y Baninge, y que su autoridad fuera más estable y ampliamente reconocida…
“En la antigua Grecia, por ejemplo, si uno quería saber lo que decían los dioses, acudía a un experto acreditado como la pitia, la alta sacerdotisa del templo de Apolo en Delfos”. rodrigolopezbarros
Por: Rodrigo López Barros.







