En un país cercano, cuyo nombre, por fortuna, aún puedo recordar, gobernaba un rey megalómano, que con su cetro en forma de lápiz señalaba a sus súbditos de manera displicente, anhelando vivir sin compañía, pero rodeado de cientos de mariposas amarillas.
Su voz sonaba al principio de los tiempos como un trueno cargado de ilusiones, estallando en el silencio de la desesperanza de aquella grandiosa comarca, que había resistido por décadas al saqueo de los ladrones del reino. Pero, ese mismo trueno, se fue debilitando con el correr del tiempo de su reinado, ya ni siquiera el aliento de su voz conmovía a los que un día depositaron todas sus ilusiones en él y, además, cual cruel y sanguinario, decapitaba a aquellos que había nombrado alguna vez, confiando en sus buenos oficios, y, así también su corte se recomponía casi de manera permanente, propiciando el caos en su reino.
En aquel país, vivía también una humilde anciana, desplazada de aquellos campos por la violencia de quienes odian la vida. Ya en ellos no había frutos ni productos que cultivar, ni mucho menos animales que criar. Las vacas un día dejaron de mugir y las gallinas de cacarear. Solo una lo hacía, reacia a morir a pesar de lo vieja que estaba, y de la que se decía que había puesto tres huevos de oro, los cuales protegía a punta de picotazos mortales. Muchos oportunistas intentaban que la gallina les entregara dichos huevos, pero la ambición y las pugnas entre ellos prevenía más a la astuta y senil ave.
La anciana había alquilado con la ayuda de algunos aldeanos una pequeña habitación en donde solo vivía con su cerdo, una lechona ya en adultez, “Colombia”, cuyos gruñidos se escuchaban en toda la cuadra. El “oinc, oinc” reemplazaba los ladridos de los pocos perros callejeros que aún quedaban. Pues la gran mayoría de ellos, habitaban ahora en las grandes mansiones que, viviendo con sus amos, comían jamones y la más exquisita comida, aunque el pueblo estuviera muriendo de hambre.
Un día, el rey, atribulado por las traiciones de aquellos que lo rodeaban y sumido en la más profunda tristeza al ver cómo el reino soñado se desvanecía junto a la utopía de lograr una paz total; aceptó la invitación del emperador del país del sol naciente, en donde vio la oportunidad de recrearse un poco, de despejar su mente fumando opio del lejano oriente y, quizás, otras hierbas, así como también era la oportunidad de fortalecer las relaciones comerciales e intercambiar productos que creía podría beneficiar a su reino.
El rey llegó a aquellas tierras después de sortear en su salida la flota del país del Norte, la que se había instalado en los mares vecinos con el propósito de aniquilar a un dictador y devolver la paz a su pueblo. Acongojado ante la última traición de su parlamento, decidió olvidarse por un instante de su reino albergando la esperanza de que regresaría a él con buenas noticias. Así fue como sucumbió durante ese tiempo ante los placeres que se le asomaban entre velos, bebió licores exóticos jamás bebidos y envidió la calma de aquel reino, el cual solo era perturbado por esporádicos sismos de la madre tierra.
Cuando por fin se reunió con el emperador, éste le dio la bienvenida y agradeció la aceptación de su invitación. Hablaron de muchas cosas, de política, de economía, de otros planetas y otras galaxias y, en especial, del medio ambiente, pero lo que más le llamó la atención al anfitrión fue un plato congelado de lechona que el rey le había llevado, sucumbiendo ante aquel manjar culinario, propio de su reino de las Indias.
Al día siguiente, el reconfortado rey, feliz y con las cejas arqueadas, regresó a su reino, a donde previamente había ordenado buscar y sacrificar millones de lechonas para satisfacer los deseos del emperador. Sus soldados iniciaron redadas por todo el reino intentando atrapar hasta la última lechona y así fue como reunieron más de diez millones de toneladas de lechona.
Solo quedaba en el reino “Colombia”, que, resistiendo el hambre y el encierro de su dueña, gruñía en silencio, guardando la esperanza de que aquel rey un día ya no estuviera.
Por: Jairo Mejía.







