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El Pulmón de Oro que desafía al tiempo

Poncho Zuleta cumplió 76 años y, lejos de apagarse, sigue cantando como si el tiempo le debiera favores. Su cualidad tímbrica —ese color de voz cálida, terrosa, ronca, poderosa y con bordes ásperos que acarician y arañan al mismo tiempo— sigue siendo una joya inalcanzable dentro del vallenato.

Hugo Mendoza, columnista de EL PILÓN.

Hugo Mendoza, columnista de EL PILÓN.

Por: Hugo

@el_pilon

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Poncho Zuleta cumplió 76 años y, lejos de apagarse, sigue cantando como si el tiempo le debiera favores. Su cualidad tímbrica —ese color de voz cálida, terrosa, ronca, poderosa y con bordes ásperos que acarician y arañan al mismo tiempo— sigue siendo una joya inalcanzable dentro del vallenato. No es exageración llamarlo el “Pulmón de Oro”: su capacidad pulmonar y la forma en que proyecta cada verso desafían la biología y la estadística rítmica.

Lo vimos recientemente en el pantagruélico matrimonio de Álvaro Javier —hijo de su entrañable amigo Álvaro Morón y Elaine— con Daniela, la hija de Fermín Ovalle y Blanca; donde, entre copas y acordeones, Poncho se plantó con la serenidad pesada de un roble y la picardía juvenil de quien aún disfruta el aplauso.

En la mesa 20 estuvimos con el alcalde Ernesto Orozco y Milena, Julio Yamín y María Mercedes, Fredy Mendoza y Rosalía, Cecilia Leonor y quien esto escribe, y coincidimos en que técnicamente su timbre vocal conserva esa resonancia metálica que distingue a los grandes del vallenato clásico. La respiración, aunque menos ágil, todavía se apoya en un diafragma que parece blindado. Poncho canta con pausa de veterano y con la ironía de un filósofo popular. Porque si algo le sobra, además de aire en los pulmones, es un humor tan agudo que corta como machete recién amolado.

El fraseo, ese arte de decir cantando, lo domina con el aplomo de un juglar mayor: cada palabra lleva la pausa justa, el acento medido, el guiño cómplice. Y lo más asombroso: canta a todo pulmón sin perder el color de su timbre, como si el tiempo hubiera olvidado desgastarlo. Con movimientos pesados, sí, pero con la gracia jovial que le da la música. Cuando entra en tono, el salón entero se ordena alrededor de su voz; es la física del carisma, la gravedad del canto.

No necesita adulación. Lo he admirado siempre, aun sabiendo que su cariño es selectivo —sí, esos que él mismo nombra con calculada precisión en sus presentaciones—. Antes lo hacía de manera espontánea; hoy el saludo tiene GPS: ha convertido el acto en estrategia. Adrede sabe a quién mencionar y a quién dejar en el anonimato. Y si alguien protesta, se escuda en su vista cansada. Un genio y zorro, también de la dramaturgia del escenario.

Admirar a Poncho no es rendirle pleitesía, es reconocer que, aun en la madurez, sigue siendo un fenómeno de la naturaleza musical: un cantor que respira vallenato y que, con cada verso, nos recuerda que el humor negro también puede ser melodía. Poncho Zuleta no es solo un símbolo cultural, sino intérprete insuperable dentro del vallenato, en dúo con el virtuoso acordeonero Gonzalo “Cocha” Molina, quien ejecuta un acordeón elegante, ágil y melodioso, lleno de adornos y matices.

Yo lo admiro desinteresadamente, sin necesidad de figurar en su lista de favoritos ni en los saludos con nombre propio. Porque Poncho ya no es solo un cantante: es el último gran referente del vallenato clásico, un cantor que ha trascendido la música para convertirse en patrimonio vivo. Poncho es así: burlón con ternura, punzante con cariño. Un hombre que pasa factura con la indiferencia, pero también reparte generosidad en forma de canto. Y aunque ya tiene asegurado su pedestal en la historia del vallenato, no lo veremos despidiéndose jamás. Morirá cantando, porque su ADN está compuesto de aire, autenticidad, tradición, melodía y picardía. ¡Zuleta eterno!

Por: Hugo Mendoza Guerra.

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