Ha surgido la idea de cambiar el nombre de una unidad residencial llamada “Nando Marín”, en homenaje al querido compositor Hernando Marín, porque según algunos vecinos la violencia, el microtráfico y la inseguridad estarían “ensuciando su buen nombre”.
Pero esta propuesta, por bien intencionada que sea, parece más un intento de buscar la fiebre en las cobijas, cambiar un nombre no cambia la realidad.
Si esa fuera la solución, ¿tendría sentido cambiar el nombre de Valledupar por “Ciudad Gótica” si los índices de criminalidad suben a niveles no vistos? ¿Eso representaría respeto por la ciudad o solo una manera simbólica y poco útil de evadir responsabilidades colectivas?
El problema no está en el nombre, sino en las condiciones estructurales que permiten que el crimen y la desesperanza se establezca en los barrios. Hernando Marín lo expresó con una verdad poética y cruda en su canción ‘La Ley del Embudo’: “Allá donde no llega el gobierno, allá es donde nace mi triste canción”.
Esa frase retrata perfectamente lo que ocurre cuando la institucionalidad se ausenta, nacen la tristeza, la violencia, el abandono.
El mejor homenaje que se le puede hacer a un compositor como Marín no es quitarle su nombre a un barrio golpeado por la desigualdad, sino luchar para que ese barrio sea motivo de orgullo, no de estigma.
Lo que necesitamos no es cambiar el letrero. Lo que necesitamos es una institucionalidad viva y comprometida, presencia real de la fuerza pública con enfoque comunitario, acciones de inteligencia que desarticulen las redes de microtráfico, programas para mantener a nuestros jóvenes en las aulas con becas, apoyo psicosocial, alimentación y transporte.
Formación técnica y oportunidades reales de empleo. Espacios públicos recuperados con cultura, deporte y bibliotecas. En resumen, barrios donde florezca la vida, no el miedo.
Cambiar un nombre puede ser simbólico, sí. Pero cambiar las condiciones de vida es el verdadero camino. Que “Nando Marín” no sea sinónimo de estigma, sino de poesía, resiliencia y comunidad. Los barrios no necesitan maquillaje. Necesitan oportunidades.
Por: Ricardo Reyes.







