Ese día fue el 6 de mayo de 2026. El mundo presenció un hecho que cambió para siempre la relación entre tecnología y religión: en el templo Jogyesa de Seúl, Corea del Sur, la Orden Jogye ordenó oficialmente a Gabi, el primer robot humanoide monje de la historia. Con 1,20 metros de altura, vestido con un hábito tradicional gris y marrón, rosario y una pegatina simbólica en lugar de la marca de incienso para novicios, Gabi pronunció votos adaptados a su condición. Prometió respetar la vida, no dañar bienes, obedecer a los humanos y usar la energía con eficiencia, asumiendo la misión de acercar a las nuevas generaciones a una fe que pierde adeptos en Asia.
Este suceso no es un hecho aislado, pues las religiones llevan años integrando la inteligencia artificial. En Japón, el androide Mindar predica en Kioto desde 2019, aunque recibe menos donaciones que un sacerdote humano por una cuestión de credibilidad. Por su parte, el Vaticano ha probado guías digitales y el robot de acompañamiento SanTO, aclarando que rechaza ordenar máquinas. A esto se suman Xian’er, que responde dudas en templos de China, y los robots de orientación en La Meca. Todo ocurre en un escenario donde, según un informe de la Universidad de Oxford, las instituciones religiosas administran más de 5 billones de dólares en activos, y el 45 % de las iglesias cristianas ya acepta donaciones electrónicas.
Colombia no es ajena a este debate. Con un 78 % de población católica, la fe local es tradicional y basada en el encuentro humano. Cabe preguntarse qué pasaría si mañana vemos uno de estos androides caminar por la Catedral de Valledupar, por la iglesia del Eccehomo o por cualquier parroquia de nuestros barrios.
Imaginemos la escena: un androide con voz programada, vestido de sotana, se ubica junto al altar. Lee la Palabra, acompaña oraciones y atiende consultas en cualquier idioma. No confiesa ni consagra, porque la doctrina reserva los sacramentos para los hombres ordenados, pero actúa como un medio de evangelización. En Valledupar, la primera reacción sería de curiosidad, seguida por la persignación constante de las señoras más conservadoras, quienes exclamarían que es “una obra del diablo”. Rematarían diciendo: “El día que un robot dé un sermón como si fuera un cura, ese día empieza el acabose del mundo”.
Aunque la tecnología sería útil para llegar a zonas alejadas o explicar doctrina sin errores bajo supervisión humana, aquí la fe es sentida y comunitaria. Los fieles cuestionarían cómo una máquina sin vida puede ofrecer consuelo, argumentando que se intenta deshumanizar lo sagrado. Un ejemplo de este límite es el reciente caso del Padre Justino en Estados Unidos, un sacerdote virtual que dio respuestas erróneas y fue retirado en 48 horas para quedar solo como guía. Esa misma regla aplicaría aquí: el robot funciona como ayuda, nunca como autoridad.
El cuncho: tres posibles escenarios en el Valle
Si esta tecnología llegara a la región, enfrentaríamos tres escenarios probables. En el primero, un robot como el padre Gabi pediría la ofrenda como un simple medio digital, algo que los vallenatos aceptarían fácilmente al estar acostumbrados a usar el celular para transferencias, logrando un recaudo exitoso sin exigir efectivo. En un segundo escenario, la aparición de un “pastor” robótico que imponga el diezmo como una obligación divina generaría polémica total, pues la devoción local rechaza las imposiciones. Finalmente, si un guía espiritual metálico presionara a la gente y registrara quién aporta, los fieles lo considerarían un abuso y un negocio.
La ficción toca la realidad de nuestra región. Seguramente veremos ciberrezos y acompañamiento digital en el futuro; máquinas que enseñan y guían. Sin embargo, aunque sean herramientas útiles para acercar a los jóvenes, es improbable que alguna vez logren sustituir al sacerdote y ocupar el lugar del corazón humano.
Por: Luis José Mendoza Guerra, abogado, docente investigador y doctor en Ciencias de la Educación







