El estudio de cualquier área del conocimiento debe concebirse de manera integral. Las ciencias y las artes no existen como compartimentos aislados, sino como expresiones complementarias de una misma realidad: el ser humano. Toda disciplina, desde la química hasta la literatura, tiene como punto de partida y de llegada a la persona, sus pensamientos, sus emociones y su manera de actuar en el mundo.
En efecto, si bien la química se ocupa de los elementos y de sus transformaciones, en el fondo estudia la materia que constituye la vida humana y su entorno. Lo mismo ocurre con todas las ramas del saber: ninguna puede abstraerse de la condición humana, porque es el ser humano quien investiga, crea, interpreta y aplica el conocimiento.
En ese entramado de saberes, la psicología ocupa un lugar central. Como ciencia, su objeto es el estudio de la mente, la conducta y los procesos mentales, con el propósito de comprender el bienestar individual y las relaciones sociales. A través de métodos científicos, analiza pensamientos, emociones y comportamientos, permitiendo explicar por qué actuamos como actuamos.
Cada día resulta más evidente que la psicología es un pilar transversal de todas las disciplinas. En el ser humano existe un elemento esencial: la voluntad. Este componente volitivo se origina en el cerebro y se traduce en la capacidad de decidir y actuar. En el ámbito jurídico, por ejemplo, esta realidad se manifiesta en categorías como la imputabilidad, la inimputabilidad, el dolo, la culpa y la preterintención. Todas estas figuras no son otra cosa que construcciones jurídicas basadas en el análisis de procesos mentales y conductuales que se exteriorizan en hechos con relevancia legal.
Por ello, no puede prescindirse del estudio psicológico en el derecho ni en ninguna otra ciencia social. La conducta humana, revestida de pensamiento y decisión, es el punto de partida de toda valoración jurídica, moral o social. La psicología permite entender por qué una acción es típica o atípica, lícita o ilícita, culpable o no culpable.
Durante mucho tiempo se ha afirmado que la filosofía es la madre de todas las ciencias. Sin desconocer su importancia, esa idea debe entenderse hoy de manera más amplia: el conocimiento humano es un sistema de interdependencias. Ninguna disciplina se basta a sí misma. El derecho se nutre de la medicina, de la psicología, de la sociología, de la cultura y de la filosofía; y, a su vez, todas estas áreas se relacionan con el orden jurídico que regula la convivencia social.
De ahí que resulte acertada la política pública que promueve la inclusión de la psicología en los planes de estudio de la educación media y superior. Si el recurso humano es el eje de todo proceso productivo, administrativo o institucional, conocer su dimensión emocional y cognitiva es una necesidad, no un lujo. En el deporte, el director técnico debe ser un motivador; en la docencia, un orientador; en la diplomacia, un gestor de relaciones humanas; y en la administración de justicia, el juez y el abogado requieren comprender la psicología del testigo, de la víctima y del procesado, especialmente bajo el principio de inmediación. Con el buen uso de la palabra y el trato correcto hacia nuestros semejantes, se puede optar por construir diplomáticamente la solución de cualquier diferencia o conflicto.
Tenemos que tener presente que, desde el punto de vista fisiológico y biológico, nuestros actos son producto de las emociones y estas, a su vez, pueden ser fuertes o débiles, y en ocasiones se generan en comportamientos contrarios a la ética y las buenas costumbres. De todos esos aspectos se encarga la psicología, la cual es imprescindible conocer o tener nociones de la misma.
Sin ser psicólogo, percibo que altos dignatarios a nivel mundial y personas que ostentan poder económico y político, e incluso algunos intelectuales y personas del común, asumen posturas egocéntricas que riñen con los postulados no solo del derecho en toda su esencia, sino también de la justicia y la equidad. El excesivo individualismo genera el egocentrismo, y el creer tener siempre la razón y ser dueño de la verdad en forma absoluta; así mismo, optan por minimizar y subjetivar a las demás personas. Considero que gran parte del problema obedece al arraigo y desarraigo familiar, socioeconómico y cultural. Todos esos temas son estudiados y analizados por la psicología.
En el campo de las artes, la relación es igualmente profunda. La psicología permite comprender los conflictos internos de los personajes en la novela, el teatro y la poesía. Autores como Dostoievski o Hemingway exploraron con maestría las tensiones del alma humana, anticipando muchos de los planteamientos de la psicología moderna. El arte refleja emociones, traumas, deseos y frustraciones; la psicología, por su parte, estudia cómo se originan, se perciben y se procesan esas experiencias.
El pintor, el músico, el poeta o el escritor crean desde estados mentales específicos. La inspiración artística no es un acto mágico, sino la manifestación de complejos procesos psíquicos que interactúan con el entorno, la historia personal y la sensibilidad.
Hoy, más que nunca, hablar de psicología es hablar de salud mental. Después de la pandemia del COVID-19, el estrés, la ansiedad y la depresión se han incrementado de manera alarmante. Incluso personas con poder político, económico o mediático, artistas famosos, no están exentas de padecer trastornos de baja autoestima, megalomanía, mitomanía, depresión o conductas de desprecio hacia los demás (aporofobia), y el egocentrismo y la arrogancia excesiva son mecanismos intrapsíquicos de defensa frente a sus propias inseguridades y trastornos mentales.
Por lo anterior, la invitación, clara y respetuosa, radica en buscar a Dios, reconocer la importancia de la salud mental y acudir, cuando sea necesario, a la orientación profesional de un psicólogo. Comprendernos a nosotros mismos es el primer paso: ser parte de la solución y no del problema, para construir una sociedad más justa, más empática y más humana. Bendiciones. edgardojosemaestre@hotmail.com










