La primera vez que me subí a una “patineta roja” en Valledupar entendí que la ciudad estaba cambiando más rápido que sus normas. Bastó descargar una aplicación, aceptar un contrato digital y acercarme una cuadra antes de la Plaza Alfonso López para que, en cuestión de segundos, el ruido del tráfico se mezclara con el zumbido casi silencioso de un motor eléctrico.
“Aceptar” antes de rodar
Lo primero fue el celular. La app me pidió el número de teléfono y, antes de mostrarle la patineta que quería arrendar, desplegó un listado de condiciones que parecían un resumen práctico de la nueva legislación sobre vehículos eléctricos livianos: ser mayor de edad, no manejar bajo los efectos del alcohol o las drogas, usar casco y chaleco reflectivo, circular solo por la vía y las ciclorrutas, nunca por el paso peatonal, y ser la única persona sobre la patineta. No se permiten parrilleros. La app confía que el usuario cumple con todas esas condiciones.
Solo después de marcar las casillas y pulsar en “Rentar” la aplicación me dejó avanzar. Entonces llegó el segundo filtro: el pago. No hay efectivo, ni Google Pay; solo tarjetas débito o crédito y cuenta Nequi. En una ciudad donde buena parte de la población todavía cobra y paga en billetes, el servicio arranca con una barrera silenciosa: la bancarización. Para subirse a la patineta roja hay que estar, primero, subido al sistema financiero.
En Colombia, más del 92 % de los adultos tiene al menos un producto financiero, según los reportes de inclusión financiera, pero en regiones rezagadas como la Costa Caribe y departamentos como el Cesar buena parte de la vida diaria aún se mueve en efectivo, lo que hace que exigir tarjeta o Nequi para alquilar una patineta deje por fuera a muchos potenciales usuarios que viven del día a día en efectivo.
“GO”: el primer impulso
Elegida la patineta en el mapa, el siguiente acto es físico: escanear con la cámara del celular uno de los códigos QR adheridos en varias partes del aparato. Sin ese vínculo, máquina y teléfono son dos extraños. Con el código aceptado, la app notifica que el viaje ha empezado y, a partir de ese segundo, el reloj se convierte en una caja registradora: el minuto cuesta 400 pesos.
Detalle de la palanca “GO” en el manubrio de la patineta roja, desde donde el usuario controla el arranque y la velocidad del recorrido. Foto: EL PILÓN.
El arranque es más delicado de lo que parece. No hay embrague ni cambios, solo una palanca en el manubrio que dice “GO”. Hay que empujarla suavemente, con la otra mano lista sobre el freno, porque el impulso inicial puede sorprender a cualquiera acostumbrado a caminar o a pedalear. Bastan unos metros mal calculados para terminar contra un poste, un carro o un peatón distraído. La patineta no perdona las dudas.
Tarifas por minuto, por día, por mes
El modelo de cobro está pensado para distintos tipos de usuarios. Quien solo quiere probar el servicio paga 400 pesos por minuto, un esquema que parece inofensivo hasta que el paseo se alarga, el tráfico obliga a frenar o se queda uno charlando en una esquina con la patineta aún activa.
Para quienes planean moverse más, la app ofrece tres paquetes: 30 minutos por 9.600 pesos, válidos para usar en un día en distintos tramos; 50 minutos por 15.000 pesos para una semana; y 100 minutos por 28.000 pesos con vigencia de un mes. La sensación es de libertad: se puede partir el tiempo, combinar trayectos, entrar y salir del centro o de la Gobernación, siempre que se recuerde que, en la lógica de la aplicación, el viaje existe solo mientras el sistema lo reconoce como “en curso”.
Terminar el viaje… de verdad
Ese es, quizá, el punto más delicado de toda la experiencia. Al llegar al destino, la patineta se detiene pero el servicio no termina solo. Hay que buscar en la pantalla el botón de “Finalizar viaje”, presionarlo y, luego, tomar una fotografía obligatoria del lugar y del estado de la patineta roja. Es la evidencia de que fue devuelta en buenas condiciones y en un punto que la empresa considera adecuado para recogerla.
Si el usuario se baja, deja el aparato ordenado y se va sin completar ese ritual, la app sigue contando minutos y sumando pesos. La patineta puede estar quieta en la acera, pero, para el sistema, sigue rodando. El contacto con servicio al cliente no es inmediato: pueden pasar varios minutos antes de obtener respuesta, mientras el contador continúa su marcha. Detener un cobro prolongado o lograr un reembolso se convierte entonces en otra carrera, esta vez contra un backend (parte oculta de una aplicación o sitio web que funciona en el servidor, gestionando la lógica de negocio, bases de datos y seguridad) que no ve al usuario, solo registra tiempo.
Solo cuando el viaje se finaliza correctamente, la palanca GO deja de funcionar. Si alguien intenta llevarse la patineta, el aparato queda mudo. No hay señal de vida sin la validación digital.
El espejo de Bogotá: cifras que asustan
Mientras Valledupar prueba sus primeras “patinetas rojas”, en Bogotá las cifras dibujan el lado oscuro de esta nueva movilidad. El más reciente análisis forense citado por El Espectador muestra que la capital pasó de registrar una muerte por patineta eléctrica en 2024 a seis fallecimientos en 2025. En apenas doce meses, la mortalidad se quintuplicó. El consolidado desde 2021 asciende a 11 víctimas fatales, de las cuales 10 eran hombres.
No son números fríos: ocho de esas personas murieron en choques, tres en volcamientos en los que la ausencia de una estructura protectora dejó al conductor expuesto al asfalto. Además de las víctimas mortales, la ciudad suma 96 lesiones no fatales desde 2021, con incidentes que involucran buses y camiones. Solo en los dos primeros meses de 2026 ya se habían reportado cinco lesionados más.
La explicación de la letalidad no está solo en la velocidad. Victoria Ospina Tovar, experta en salud de la Universidad Manuela Beltrán, lo resume así: al no haber carrocería ni airbags, el impacto se recibe directamente en la cabeza, generando traumatismos craneoencefálicos graves, hemorragias e inflamaciones que pueden comprometer la vida en segundos. Un casco puede marcar la diferencia entre un susto y una tragedia.
Fenalco: no es la patineta, es el uso
En medio del debate, Fenalco Bogotá-Cundinamarca ha pedido no estigmatizar la movilidad eléctrica. Su director, Juan Esteban Orrego, ha insistido en que el problema no son las patinetas, ciclomotores livianos o bicicletas eléctricas, sino el mal uso que hacen algunos usuarios, al desconocer u omitir las normas.
La base de la patineta roja exhibe las principales condiciones de uso: un solo usuario, uso de casco y prendas reflectivas. Foto: EL PILÓN.
“La patineta es una alternativa eficiente y sostenible frente a los problemas de movilidad en ciudades como Bogotá”, ha dicho, “pero cuando un usuario incumple las normas, pone en riesgo su vida y la de los demás”. En otras palabras: la tecnología no es inocente, pero tampoco culpable por sí misma; lo determinante es la manera en que se integra —o no— a una cultura de respeto en la vía.
Valledupar, entre la novedad y el riesgo
Volviendo a Valledupar, el primer viaje en la patineta roja deja una mezcla de sensaciones. La ciudad se siente más cerca: la Gobernación, el centro, el Coliseo Cubierto, las avenidas principales se conectan en minutos, sin humo ni gasolina. Pero esa ligereza contrasta con la fragilidad de quien se lanza por primera vez a compartir el asfalto con buses, carros y motos, guiado apenas por una palanca que dice GO, un freno en el manubrio y una lista de condiciones aceptada con un toque de pantalla.
La periodista que alquila la patineta por curiosidad termina actuando como conejillo de Indias de un sistema que todavía se está acomodando a las normas, a la infraestructura y a los hábitos de una ciudad con baja bancarización y una cultura vial en deuda. Cada curva, cada frenazo y cada notificación de la app son recordatorios de que la movilidad del futuro ya llegó, pero la pregunta sigue abierta: ¿está Valledupar lista para que esa patineta roja no termine siendo una cifra más en el balance nacional de víctimas de la nueva movilidad eléctrica?







