En los últimos años, la política ha dejado de ser un terreno exclusivo de partidos, ideologías y trayectorias institucionales. Cada vez con más frecuencia, influencers figuras nacidas en el entretenimiento, el activismo digital o el lifestyle deciden cruzar la frontera y participar directamente en la arena política. No comentan la política desde fuera: la disputan.
Este fenómeno genera incomodidad en la política tradicional. El político clásico construye su carrera en el tiempo, entre militancia, cargos y estructuras partidarias. El influencer, en cambio, llega con una base previa de seguidores, una narrativa personal ya consolidada y una relación emocional con su audiencia. No necesita presentarse: ya es conocido. Su capital no es ideológico ni programático, sino comunicativo y simbólico.
Aquí aparece la gran diferencia. Mientras el político busca convencer a un electorado amplio con discursos racionales y propuestas formales, el influencer politizado apela a la identificación, la cercanía y el lenguaje cotidiano. Habla como “uno más”, incluso cuando aspira al poder. Esto le permite conectar con sectores tradicionalmente alejados de la política, pero también simplificar debates complejos en consignas fácilmente viralizables.
Desde la ciencia política, Manuel Castells ayuda a entender este fenómeno cuando afirma que “el poder se ejerce construyendo significados en las redes de comunicación”. En la sociedad red, explica Castells, quien controla los flujos de información y sentido tiene una enorme capacidad de poder. Bajo esta lógica, los influencers no son actores superficiales: son productores de significado, capaces de reforzar o desafiar narrativas políticas dominantes.
El riesgo democrático es evidente. La popularidad digital puede sustituir la deliberación, y el carisma puede imponerse al contenido. Cuando la política se vuelve un escenario más de la lógica del algoritmo, el debate público corre el peligro de transformarse en espectáculo. Pero también hay una oportunidad: estos nuevos actores obligan a la política a abandonar su lenguaje cerrado y a reconectarse con una ciudadanía que ya no se informa solo por medios tradicionales.
El verdadero desafío no es impedir que los influencers participen en política eso sería negar la transformación de la esfera pública, sino evaluar con qué reglas lo hacen. Tener seguidores no equivale a tener un proyecto político; comunicar bien no garantiza gobernar bien.
La política cambia, los actores se renuevan y las fronteras entre representación, espectáculo y liderazgo digital se vuelven cada vez más difusas.
Cuando un influencer entra en la política, ¿estamos ampliando la democracia, apostándole al oportunismo digital o simplemente reemplazando a los viejos líderes por una nueva forma de personalismo digital legitimado por likes? Al final, en la urna, cada persona decidirá si ese capital simbólico construido en redes se traduce en representación política real o queda solo en popularidad digital.
Alfredo Jones Sánchez – @alfredojonessan











