En el Cesar empieza a hacerse evidente una paradoja política que suele pasar factura: cuando el poder se concentra sin estrategia, termina diluyéndose. Las listas a la Cámara de Representantes impulsadas desde la casa de gobierno de los Gnecco hoy no ofrecen una garantía real de superar el umbral ni de obtener credenciales. Lejos de mostrar fortaleza, exhiben fragmentación, debilidad y una preocupante ausencia de orden político. Parece ser, incluso, que el miedo y el terror tampoco están dando resultado.
La realidad electoral es clara y, por ahora, incómoda para el oficialismo departamental: la única credencial que hoy se percibe como segura es la del hoy Representante Ape Cuello. El resto de apuestas se mueven en terreno incierto, sin volumen suficiente, sin cohesión y sin la señal de victoria que suele disciplinar estructuras y liderazgos locales.
Este escenario explica un comportamiento que ya es visible en el territorio: la búsqueda desesperada de salidas de emergencia, entre ellas los acercamientos insistentes a sectores como los Quintero, con visitas directas y gestiones políticas orientadas a convencerlos de retirarse. No se trata de una estrategia expansiva; es una maniobra defensiva, de miedo, de desespero. Cuando se pide a otros que se bajen, no es porque se esté ganando, sino porque se está tratando de evitar una derrota.
El problema de fondo no es solo electoral, sino estratégico. La casa de gobierno apostó por acaparar espacios, partidos, listas y respaldos, creyendo que el control institucional bastaría para asegurar resultados. Pero el poder sin orden no suma; se dispersa. Dividir apoyos entre listas débiles no multiplica curules, las pone en riesgo.
Podríamos estar presenciando algo más que una coyuntura electoral adversa. Podríamos estar ante el principio del fin de una hegemonía, no por la fuerza de sus adversarios, sino por sus propios errores. Tal vez estemos frente a la puerta de un cambio más profundo: la reafirmación de que el poder es del pueblo y no de una familia. La política, como la aritmética electoral, no perdona la soberbia. El poder no convierte el territorio en propiedad privada; el Cesar pertenece a su gente. El territorio no se hereda ni se adueña: le pertenece al pueblo.
La lección es tan antigua como vigente: cuando el poder se divide por ambición y no se ordena con inteligencia, no se asegura nada. Quisieron acapararlo todo y terminaron perdiendo el control.
Por: Xiomara Gutiérrez
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