Después de un sismo, muchas familias detallan si se cayó algo o si apareció una grieta en la pared. Pero el riesgo no se manifiesta de inmediato. A veces queda como un deterioro silencioso que solo se vuelve evidente con el paso de los días o con otro movimiento sísmico. Por eso, aunque el temblor haya sido leve, conviene saber qué mirar en casa y cuándo pedir una evaluación profesional.
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Luis Carlos Tapía, docente de Ingeniería Geológica de Areandina, sede Valledupar, explica que la clave para entender este riesgo es el daño acumulado. “Es aquel que ocurre cuando muchos temblores pequeños van debilitando poco a poco una vivienda, aunque no se vea de inmediato”, advierte. En términos simples, cada sacudida puede dejar grietas internas, aflojar uniones o debilitar materiales, sobre todo en casas vulnerables.
Ese comportamiento suele ser más frecuente en viviendas autoconstruidas, en casas de ladrillo sin refuerzo adecuado y en edificaciones levantadas sobre suelos blandos, como arcillas o rellenos. En esos terrenos, el movimiento puede amplificarse y generar asentamientos lentos, es decir, pequeños hundimientos o acomodos del suelo que deforman la estructura sin que la familia lo note al comienzo. El problema es que, mientras el daño parece menor, la vivienda puede seguir perdiendo resistencia.






