Por: Alfredo Betancourt
El cierre de la tarde del pasado miércoles 24 de junio se tornó sombrío en Venezuela. Un doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 en la escala de Richter sacudió las costas del vecino país, alcanzando con fuerza a la capital, Caracas, y sembrando el pánico en millones de hogares. El primer sismo agrietó paredes y resquebrajó estructuras robustas, dejando a la población en un estado de conmoción que duró apenas 39 segundos. La tregua fue efímera: una devastadora réplica de 7.5 irrumpió de inmediato, transformando el susto en catástrofe. Con epicentro en La Guaira, el rugido de la tierra provocó el colapso de edificios enteros en cuestión de segundos, sepultando las esperanzas de quienes luchaban por evacuar.
La incertidumbre de la noche dio paso a la cruda realidad con los primeros rayos de luz de este jueves 25 de junio. En el departamento del Cesar, y especialmente en Valledupar —hogar de miles de migrantes venezolanos y con profundos lazos binacionales—, el desespero es absoluto. Teléfonos que no enlazan, redes sociales saturadas y la angustia colectiva marcan las horas de quienes intentan constatar el estado de sus seres queridos en el vecino país.






