El país vive en sobresaltos y el presidente de la República contribuye a ello con su audacia, estilo controversial y parlamentario y su afán de mantener la iniciativa política y liderar la agenda. Petro se comporta más como político en campaña y menos como gobernante. Incluso ya piensa en lo que vendrá al final de su mandato: las elecciones de 2026. Eso tiene su costo pues el país está convulsionado y por ponerle más gasolina se puede ir de bruces.
Convulsionado por hechos de la complejidad nacional y regional y por factores ‘reales’ de poder. Institucionales y no institucionales. Los primeros honran a la democracia -como las posiciones del Congreso y de las Cortes- pero incomodan al poder ejecutivo, que las percibe como amenaza a sus reformas; y los segundos también, pues son la violencia y sus generadores de permanentes amenazas, tales el narcotráfico y la minería ilegal; y la corrupción que carcome la acción del Estado y suele afectarla tanto, como en La Guajira, que no pocas contrariedades le produce al señor Presidente.
La última manifestación de esa inestabilidad y riesgo se presentó ayer en el suroccidente con la agresión de la disidencia de las FARC que, según lo reconoció el presidente, y lo repetía la oposición a su gobierno, ha venido aprovechando el cese al fuego con el fin de fortalecerse, reclutar menores y hostigar a la población civil. Esta vez fue contra indígenas del Cauca, que provocó la muerte de una importante lideresa. Como si faltara poco en el tortuoso camino de La Paz total.






