La primera vez que me subí a una “patineta roja” en Valledupar entendí que la ciudad estaba cambiando más rápido que sus normas. Bastó descargar una aplicación, aceptar un contrato digital y acercarme una cuadra antes de la Plaza Alfonso López para que, en cuestión de segundos, el ruido del tráfico se mezclara con el zumbido casi silencioso de un motor eléctrico.
“Aceptar” antes de rodar
Lo primero fue el celular. La app me pidió el número de teléfono y, antes de mostrarle la patineta que quería arrendar, desplegó un listado de condiciones que parecían un resumen práctico de la nueva legislación sobre vehículos eléctricos livianos: ser mayor de edad, no manejar bajo los efectos del alcohol o las drogas, usar casco y chaleco reflectivo, circular solo por la vía y las ciclorrutas, nunca por el paso peatonal, y ser la única persona sobre la patineta. No se permiten parrilleros. La app confía que el usuario cumple con todas esas condiciones.






