Aunque fui invitado a conversar con otros escritores sobre los cuentos de una ciudad infinita, no pude asistir a la FELVA 2026. Me moría por ir, pero era mi deber quedarme. Mi agenda se complicó y tuve que viajar a Barranquilla para atender las clases de una especialización. Así son las cosas del destino.
Es el último día de la FELVA y sigo en Barranquilla. Estoy encerrado en el cuarto de un hotel, frente al computador portátil y con unos whiskys encima. Escribo estas letras que detallan mi tristeza, mi ausencia sentimental. Hace unas horas estuve hablando por teléfono con algunos amigos de Valledupar. Me contaron anécdotas y cuentos buenos que ya son costumbre de la feria. Supe que la organización ha sido impecable, que los autores invitados han colmado las expectativas y que el público ha concurrido de manera masiva.
—Estoy muy feliz, es una fiesta bonita —dijo el profesor José Atuesta Mindiola.
—Con la feria se construye una ciudad de gente que desarrolla un pensamiento crítico —indicó el poeta William Jiménez.
—Es un festival vallenato, pero con libros —aseguró mi amigo Miguel Barrios.
El centro histórico de Valledupar está transformado en un paseo bien tocado. Los lectores y los escritores se funden en un solo espíritu poético. Enaltecen a los viejos palabreros y a la libertad. Alguien leyó un hermoso poema sobre la tristeza y El Mono Fragoso respondió con un jocoso verso vallenato. La palabra escrita se entrelaza con los cantos de Rafael Escalona y Toño Salas.
Como ocurre en toda obra humana, seguramente hay detalles por corregir en la organización del evento. No obstante, me resulta imperioso reconocer el trabajo que realizan para hacer posible la FELVA. Desde la primera edición —soy casi un cofundador— he sido testigo de su empeño y creatividad.
Por una parte, se gestionan los recursos financieros, el relacionamiento público y promoción, con EL PILÓN y otros medios locales y nacionales, del evento. Por la parte, la organización de la agenda literaria y el contacto con los escritores. Y, con la división del trabajo, la parte logística; trabajan con dinero y personal limitados. Es más lo que sufren que lo que disfrutan en la preparación de cada edición, pero siempre les queda la satisfacción del deber cumplido.
Hay cosas que hasta que no se viven no se saben. Ahora extraño la cofradía que surge en las noches de la FELVA. Ese encuentro entre autores locales y foráneos que se aviva a través del whisky. Son rondas de cantos, pasiones compartidas y una sensación de libertad plena. Un Macondo semiurbano que eclipsa la mediocridad y revela artes ocultas.
Desde este encierro, bebo otro trago de whisky e imagino que camino por la plaza Alfonso López con una mochila llena de libros. Alcanzo a ver a los amigos pioneros en la famosa tienda de la plaza: tienen una cerveza en la mano y están rodeados de escritores. Lo hacen con fervor, preparando la próxima FELVA. Siento que este guayabo es muy fuerte y que en 2027 no me puedo ausentar. Es doloroso delirar con que alguien me llame del Valle.
Por: Carlos César Silva






