SALUD

Apuntes sobre el médico Oswaldo Angulo con motivo del primer año de su partida

No se necesitaba ser paciente del médico Oswaldo Angulo Arévalo para percibir en su saludo y en su mirada las bondades de un magnífico ser humano.

web-Oswaldo Ángulo, se cumple un año de su fallecimiento.

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No se necesitaba ser paciente del médico Oswaldo Angulo Arévalo, ni ser su amigo, ni su vecino en el barrio Novalito de Valledupar, ni su paisano chiriguanero, para percibir en su saludo y en su mirada las bondades de un magnífico ser humano. Si por casualidad se era paciente de él o amigo o vecino o paisano, pues no sólo era un privilegio sino también un honor.

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Dos anécdotas narradas en el libro Pergamino médico, escrito a cuatro manos por el propio doctor Angulo y su hijo Oswaldo Mauricio Angulo Agudelo, retratan el ser humano que fue este médico urólogo fallecido el 17 de marzo de 2025

Una madre atormentada por la enfermedad de su hijo de siete años, proveniente del lejano corregimiento Poponte, llegó a la cabecera municipal de Chiriguaná, Cesar, tierra natal del recién graduado médico general, Oswaldo Angulo Arévalo. Llevaba nueve días viendo esfumarse la vida de su pequeño hijo, haciendo paradas sin respuesta alguna en centros de salud y en hospitales que encontraba en lo que podría denominarse un angustioso “paseo de la muerte”, en los años setenta del siglo pasado, cuando no existían las EPS y por lo tanto los pacientes tenían que pagar inmediatamente las consultas, las cirugías y los medicamentos.

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El niño estaba pálido como un muerto, por momentos en estado rígido como un palo de escoba y de repente tiritando por la fiebre que lo hacía temblar como la vela de un barco un día de viento. El niño se estaba muriendo por una “peritonitis localizada”, según diagnóstico del doctor Angulo, quien con la madre y el paciente se trasladó en su propio vehículo al hospital. Hay que operar sin pérdida de tiempo, le dijo a la madre que ya casi había agotado las lágrimas de sus ojos, como también había agotado el poco dinero con que había salido de su humilde vivienda en la remota montaña. Y le entregó la lista de medicamentos y de los elementos requeridos para la cirugía.

La situación del niño era de pronóstico reservado, su corta vida se estaba apagando como una vela sin cera para consumir; tan ostensiblemente grave era su estado de salud, que un empleado del hospital, de esos imprudentes que nunca faltan, le preguntó al doctor Angulo si iba a operar o a hacer la autopsia.

La madre del niño miró al cielo como si el cielo tuviera respuestas para su espíritu atormentado al borde del colapso. Se le ocurrió ir a la farmacia vecina -donde no la conocían-, a suplicar que le fiaran aquél listado recetado por el médico, pero la respuesta fue fría y demoledora: aquí no fiamos. De vuelta al hospital, informó al doctor Angulo, y él mismo fue a la farmacia a respaldar la deuda con su palabra y con su firma: si ella no le paga, le pagaré yo, anunció con seguridad absoluta como si estuviera adquiriendo un compromiso personal y no uno ajeno.

“Si sientes dolor, estás vivo, pero si sientes el dolor de los demás, eres humano”, dijo León Tolstói en una de sus maravillosas obras literarias. El doctor Angulo no solamente hizo la cirugía sin cobrar un peso -recién egresado de la universidad, comenzando apenas a facturar- sino que pagó la deuda en la farmacia y además hizo que de su casa paterna les enviaran los alimentos a aquella madre y a su hijo durante los días en que pernoctaron en el hospital.

Esa anécdota y otra sobre la cesión a un amigo suyo de su cupo para hacer el internado -con lo difícil que era y sigue siendo conseguirlo-, porque él “podía esperar un poco más” en cambio su amigo tenía urgencia de cumplir con ese requisito para solventar una situación familiar que no daba respiro. Esas dos anécdotas bastan para ilustrar a mis amables lectores sobre la condición humana de este médico admirable. Creo que queda dicho todo y por lo tanto no hay necesidad de agregar nada más.

Esta historia me hizo recordar a Mohamed Mashally, el Médico de los Pobres, que visitó gratis a los pobres en Egipto durante más de 50 años, fueran ellos musulmanes, cristianos o ateos, y los atendía gratuitamente en su modesta clínica; incluso les daba dinero para medicamentos y los visitaba a pie -había tenido que vender su vehículo-, hasta bien entrado en sus 85 años de edad. Un ángel, un ángel como el doctor Oswaldo Angulo Arévalo.

Por Carlos Augusto Rojas Castaño

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