COMUNIDAD

Alarmante dato de personas que aguantan hambre en Valledupar; lanzan campaña urgente

El Banco de Alimentos lanza un programa de voluntariado y campañas como “Moda que transforma” para sostener comedores infantiles y abrir uno nuevo en Las Casitas.

Manos vallenatas contra el hambre: voluntarios del Banco de Alimentos sirven en una de las actividades de la Diócesis de Valledupar. Foto: Cortesía.

Manos vallenatas contra el hambre: voluntarios del Banco de Alimentos sirven en una de las actividades de la Diócesis de Valledupar. Foto: Cortesía.

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En Valledupar hay niños que se acuestan temprano para “engañar el estómago” y padres que convierten el almuerzo/cena en la única comida del día. No es exageración: una de cada dos personas en la ciudad no está comiendo lo suficiente, según datos del Dane citados por la Pastoral Social de la Diócesis de Valledupar.

“Hay comunidades donde el hambre se ve en la cara de los niños, se ve la tristeza”, cuenta Alfonso Calderón, subdirector de la Pastoral Social y del Banco de Alimentos Diocesano.

El hambre que se esconde detrás de la música

Valledupar se vende al país como tierra de festival, acordeones y parranda, pero hay otra ciudad que no aparece en los afiches turísticos. Es la de los barrios donde los niños llegan al comedor con la mirada y el ánimo bajos y el estómago vacío.

“No es solamente la necesidad de alimento que una de cada dos personas en Valledupar está pasando, sino también la falta de manifestaciones de cariño y de espacios seguros”, explica Calderón.

En muchas casas, el hambre se administra con estrategias: Dormir hasta después del mediodía para aguantar. Saltarse el desayuno o la cena. “Estirar” lo poco que hay para que alcance para todos. “Un niño con hambre no aprende. Y un niño que crece normalizando el hambre difícilmente rompe el círculo de la pobreza”, subraya.

Un voluntariado que no es solo “ir a ayudar”

Ante esa realidad, el Banco de Alimentos Diocesano está moviendo una apuesta distinta: un voluntariado que no se queda en la foto entregando mercados. “Ser voluntario del Banco de Alimentos es una forma de responder a esa vocación de servicio que tenemos todos”, dice Calderón. “Pero la intención no es solo abrir un espacio donde las personas lleven ayudas, sino formar gente que sepa generar procesos de cambio en las comunidades”.

El programa de voluntariado está pensado en etapas que van desde la inscripción hasta el trabajo directo en los barrios. Todo comienza con el registro a través de un enlace disponible en la cuenta de Instagram de la Pastoral Social, desde donde se organiza la base de datos de quienes quieren vincularse. Luego, los aspirantes reciben una primera formación para comprender qué es el Banco de Alimentos, cuál es su enfoque y qué tipo de acompañamiento brindan. 

Después, los voluntarios visitan lo que ellos llaman “el corazón del banco”, un recorrido por la logística interna y el equipo que sostiene la operación diaria. Más adelante, participan en una segunda formación que permite evaluar la experiencia y prepararlos para las salidas a terreno. Finalmente, se integran a comedores y actividades pedagógicas con niños y familias, donde ponen en práctica su servicio y acompañan de cerca a las comunidades. “El único requisito es tener espíritu de servicio. Lo demás lo vamos trabajando juntos”, resume.

Del almacén a los barrios: sábados con propósito

El Banco de Alimentos funciona de lunes a viernes, pero el nuevo foco está en los sábados en la mañana. Ese día quieren convertirlo en cita fija: al menos una vez al mes, visitas a comunidades donde ya entregan mercados solidarios y ahora suman ollas comunitarias con actividades pedagógicas.

“No se trata solo de llevar la sopa o el arroz”, explica Calderón. “Queremos que cada plato de comida sea también un acto pedagógico, un momento de encuentro, de escucha, de amor. Ir un poco más allá”. Para quienes trabajan entre semana, el sábado se convierte en la puerta de entrada: pueden vincularse sin renunciar a sus horarios laborales.

Tres comedores y un sueño: abrir uno en Las Casitas

Hoy el Banco de Alimentos acompaña tres comedores en Valledupar: Uno en el barrio Mayales, junto a la fundación Fundamor. Otro en la Casa de la Misericordia, frente al Parque del Páramo. Y uno más en el sector Los Huasimales. Pero el punto que más desvela al equipo está en Las Casitas.

“Las Casitas es una comunidad que necesita mucho. A veces el hambre se ve en la cara de los niños, se ve la tristeza, y uno dice: ‘Caramba, ¿qué hago?’”, confiesa Calderón. “Ya tenemos un trabajo psicosocial con ellos, con apoyo de un practicante de Psicología de la Andina, pero nos falta el componente nutricional. Un niño con hambre no es mucho lo que aprende”. Montar ese comedor es uno de los grandes retos del año.

Moda que alimenta: bolsos para financiar comedores

Sostener comedores gratuitos, donde no se cobra un peso a los niños, es caro y exige creatividad. De ahí nació “Moda que transforma”, una campaña que convierte bolsos en platos de comida. Con apoyo de diseñadores locales, crearon cuatro modelos de totebags reutilizables, pensados para reemplazar bolsas plásticas y acompañar a quien los usa a la universidad, al trabajo o al mercado.

Cada bolso cuesta 50.000 pesos y todo lo recaudado se destina a los comedores infantiles. Se pueden conseguir: A través de Instagram, en las cuentas de Pastoral Social, donde están los modelos y el contacto. Y, en la tienda física de la diseñadora Camila Charris, que se sumó como aliada para exhibir y vender los totebags. “No es solo comprar un bolso, es llevar en el hombro una causa”, dice Calderón.

De la Alimentatón a un voluntariado permanente

El año pasado, la Alimentatón movilizó a cerca de 400 voluntarios durante un fin de semana completo de recolección de donaciones. Con esa experiencia, la Pastoral Social entendió que el músculo solidario existe, pero necesita continuidad.

“Lo que queremos ahora es garantizar actividades mensuales, para que el voluntario se sienta realmente vinculado y no sea solo alguien que aparece una vez al año”, explica Calderón. “Hoy tenemos comedores que dependen de esa mano adicional para funcionar”.

La meta para este año es aumentar la participación y consolidar un grupo estable de voluntarios que acompañe comedores, jornadas comunitarias y la próxima Alimentatón.

“Le pedimos a los vallenatos ser generosos, compartir de lo que tenemos, así sea poco”, dice Calderón. “Y al que no tenga dinero, pero tenga tiempo, que sepa que también puede ayudar. El voluntariado es clave. La idea es poner nuestras profesiones, nuestros talentos, al servicio de las comunidades”.

Mientras tanto, las cifras del Dane recuerdan que el hambre ya no es una anécdota del Liceo, como cantaba Escalona, sino una realidad que vive pared de por medio con nosotros. Que ese dato mejore o empeore dependerá, en buena medida, de cuántos dejen de mirar desde la distancia y decidan ponerse del lado de quienes hoy todavía no saben qué van a comer mañana. 

Por Katlin Navarro Luna/ EL PILÓN

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