Porque es como si alguien hubiera estrangulado de pronto una paloma, o sembrado de cactus y de acero todos los parques del mundo. Como si a manotadas precisas y tremendas hubiera llenado de lodo la sonrisa de un niño en diciembre, o hubiera detenido la brisa para romper el vuelo prisionero de las cometas.
Porque, sabe usted, había cometas. Las había de todos los colores y de todas las maneras. Estrella, Flor de Lis, Coronel, con apretados runrunes y perendengues que el viento deshacía con el zumbar que tienen las cometas bien voladas. Las había con varillas vegetales que de puro alegres se traían los árboles a la ciudad.
Porque las varillas de las cometas nunca dejan de ser árboles, si es que la guadua puede llamarse de esta manera. Yo recuerdo los niños de los pueblos, y los hombres de los pueblos, y las muchachas del mar, escogiendo las varillas para sus cometas naturales. Tenían que ser fuertes y livianas y llenas de aire como los huesos de las palomas: porque una cometa no es sino una paloma a la que han forrado de papel. Yo los veía entrar a sus casas con las pequeñas manos llenas de trozos de monte, que ya de puro sospechar que iban a ser cometas les pesaban menos. Porque, sabe usted, la caña que va a ser cometa, como la madera de las jaulas de pájaros de García Márquez, lo sabe ya de antemano. Yo recuerdo también las muchachas que fabricaban cometas junto al mar. Cometas hechas con astillas de los polines, que de tanto ser heridos por las quillas de los botes iban soltando pedazos de cometas en la playa. Y esas cometas, hechas con guaduas que conocen el mar, eran como barcos a los que hubieran amarrado un cordel. Porque los barcos y las cometas son la misma cosa, yo nunca supe bien si las que me regalaban las muchachas eran para volarlas o para tirarlas al mar.
Y ahora recuerdo una película —yo siempre recuerdo las películas porque las películas están llenas de sueño— donde a otro hombre le han roto su gran cometa. Porque era de esto de lo que yo trataba de hablar: de un hombre a quien le han destrozado una cometa.
Porque era Estrella y costaba trabajo mantenerla en el aire. Porque la gente la miraba andar por entre los altos alambrados y se asombraba de que todavía hubiera cometas sobre el mundo. Porque para los niños era un tigre, un triciclo o una bandera. Y eran los niños los únicos que sabían nombrarla cuando se mecía en los columpios de los parques como si fuera uno de ellos.
Porque ahora duelen sus pedazos como si el arco hubiera sido curvado de cuchillos. Porque el run-run es como un pájaro al que hubiera aplastado un soldado. Porque sus papeles —en los que se hubieran podido escribir cartas para repartir cuando comienza el llanto de los pequeños y que ponían sus colores alegres en la oscuridad de las tiendas que se aburren en las orillas de los pueblos—, porque sus papeles se han vuelto como la piel de los animales que se mueren de estar tristes cuando se van los circos.
Porque, sabe usted, los circos pueden ser tristes como la lluvia que cae sobre un parque inútil.
Y en fin, porque ser hombre y estar vivo y estar rodeado de cadáveres que no han muerto su muerte final definitiva, no es tarea fácil. Por todo esto es por lo que hoy escribo de parques, de cometas, de palomas.
De Álvaro Cepeda Samudio*
*Este artículo fue tomado del libro ‘Antología’, Álvaro Cepeda Samudio, Instituto Colombiano de Cultura, 1977. Editor: Daniel Samper P.
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Un dato: Cepeda Samudio fue un escritor de origen cienaguero -aunque nació en Barranquilla- que murió joven en Nueva York. Fue un gran publicista también, apoyado por su amigo Julio Mario Santodomingo, cabeza de Bavaria. Desde Bavaria apoyó mucho la creación del departamento del Cesar, abría mercado y mandaba cerveza regalada porque Santodomingo Pumarejo era de ancestros vallenatos.
A Cepeda Samudio se le atribuye la famosa frase publicitaria de Bavaria: “Águila, sin igual y siempre igual”






