Así lo dijo un poeta… y hoy lo confirmo con una certeza que pesa: han muerto tantos amigos en tan poco tiempo que el alma ya no alcanza a asimilar tanto dolor acumulado. Hay pérdidas que no se lloran de inmediato; se sedimentan en el pecho y nos cambian la respiración. ¡El tiempo destruye la historia y con la muerte se borran los rastros!
El placer y el dolor tienen los mismos matices en cualquier lugar del mundo, pero es el dolor el que deja huella más profunda, porque detiene el futuro, lo interrumpe. En la Provincia —nuestro pequeño universo— la muerte nos vuelve más solidarios que cualquier alegría. Tal vez porque desde niños aprendimos a honrar a los muertos, a quererlos, aunque sea por un instante final, a respetarlos por haber sido parte de nuestra cotidianidad: amigos entrañables, familiares queridos, rostros que hicieron de la vida un acto compartido. Así, sin notarlo, terminamos siendo una sola comunidad: la familia.
La familia del Valledupar de antes, aquella donde la brisa caminaba libre y nadie hablaba de peregrinaciones de muertos; donde la solidaridad se repartía como el pan sobre la mesa y las bendiciones andaban sueltas por las calles, bajo el amparo de Dios. Ese Dios que nos concede la vida y que también, por designios que no entendemos, nos la retira: a veces con la fortuna de haber cumplido una misión; otras, con el infortunio de partir sin haberla terminado.






