Habermas ha muerto. Y ha muerto quizás el último filósofo de la tradición “continental” que los otros filósofos tomaban en serio. Heredero de la Escuela de Frankfurt, que inició la llamada teoría crítica, defendió la tradición de pensamiento alemán desarrollada por Max Horkheimer y Theodor W. Adorno. Nacida en 1923 con la fundación del Instituto de Investigación Social, esta escuela formuló una fuerte crítica de las ideologías totalitarias de derecha, como el fascismo y el nazismo, y, por otro lado, también del comunismo, a pesar de retomar ideas de Karl Marx y de otros pensadores socialistas.
La filosofía de Habermas se sitúa en un punto intermedio entre la tradición analítica anglosajona, inaugurada por Bertrand Russell y Gottlob Frege, y el pensamiento posmoderno de la escuela francesa. Si bien retoma el rigor lógico defendido por los primeros, comparte algunos elementos con los segundos que rozan el irracionalismo, como su idea de que la verdad del discurso depende del consenso entre las personas que participan en un debate argumentado, y no de su correspondencia con la realidad. Volveré más adelante sobre esta posición.
La teoría de la acción comunicativa tiene sus orígenes en el trabajo analítico de J. L. Austin y John Searle, en particular en la célebre teoría de los actos de habla, conocida entre los lingüistas como pragmática. De acuerdo con esta perspectiva, el lenguaje es una forma de hacer cosas, de construir realidades sociales. Así, no solo existen oraciones que pueden ser verdaderas o falsas, sino también preguntas, órdenes y declaraciones que no pueden evaluarse en términos de verdad o falsedad, sino como cumplidas o incumplidas, obedecidas o desobedecidas.
Austin nos hace notar que, cuando un presidente declara un estado de emergencia económica, la realidad institucional cambia. Es él quien introduce el manoseado concepto de “performativo”. Fórmulas como “por la presente afirmo que llueve”, “por la presente lo declaro culpable” o “por la presente prometo pagar” indican que, en el mismo momento en que pronunciamos esas palabras, estamos realizando la acción descrita y no simplemente hablando. También creamos realidades sociales al hablar: es distinto un país antes de una declaratoria —en el que no se pueden utilizar ciertos recursos, por ejemplo, para atender una calamidad climática— y el país después de la declaratoria, cuando ya es posible hacer uso de esos recursos. De esta idea relativamente simple, desarrollada con gran rigor matemático, se deriva toda una corriente de pensamiento según la cual ciertos aspectos de la realidad social son construcciones institucionales generadas por el lenguaje. De allí proviene también la idea de que el uso del lenguaje obedece a reglas muy específicas que compartimos todos los seres humanos y que utilizamos cuando debatimos. Si nos comunicamos sinceramente, por lo general no tenemos otra intención que la de ser comprendidos. Por el contrario, cuando introducimos una intención adicional —por ejemplo persuadir o engañar para alcanzar un fin político egoísta— dejamos de actuar mediante una razón comunicativa y pasamos a actuar mediante una razón instrumental. En consecuencia, la intención del discurso debería ser la búsqueda del consenso.
Esta idea ha tenido una profunda influencia en los debates políticos en todo el mundo desde que Habermas la formuló. Según esta perspectiva, la búsqueda de consenso también interviene en la búsqueda de la verdad: cuando los interlocutores intercambian argumentos, tienden —si se dejan guiar por la razón comunicativa— a alcanzar un consenso sobre lo que consideran verdadero.
Sin embargo, el propio Searle criticó a Habermas por un error básico. La fórmula “por la presente acuerdo que llueve” no es performativa: no es posible llegar a un acuerdo entre todos simplemente afirmando que se ha llegado a él, mientras que sí es posible realizar una promesa simplemente diciendo sinceramente que se promete. De ello se concluye que el objetivo del debate argumentado no es producir acuerdos por sí mismos. Cuando el debate se realiza de manera genuina, su finalidad es simplemente presentar y examinar argumentos. Nótese que, cuando digo “por la presente argumento que tal y tal”, ya estoy argumentando que tal y tal.
Una tercera crítica se dirige a su concepción de la verdad. La teoría de la verdad por consenso no ha sido adoptada mediante consenso, y en ese sentido resultaría problemática según sus propios criterios. Además, la verdad de un discurso depende de los hechos y no simplemente del acuerdo entre las personas. Que la comunidad científica coincida en que una teoría es verdadera dice más sobre la manera en que sus miembros han examinado los argumentos y verificado la correspondencia de la teoría con la realidad —hasta donde las capacidades humanas lo permiten— que sobre algún tipo de procedimiento democrático entre científicos: no importa que todos los científicos del siglo XIX estuvieran de acuerdo en que el tamaño del cráneo permitía determinar si alguien era delincuente o no; esa teoría fue refutada por la evidencia.
Lamentablemente, en la actualidad muchas de estas ideas —la verdad por consenso, la performatividad del lenguaje y la tesis de que el lenguaje construye toda la realidad y no solo la social— han sido utilizadas por ciertos teóricos políticos para justificar diversas formas de negacionismo, para llevar al poder a dirigentes que alteran abiertamente las descripciones de hechos alegando que presentan “realidades alternativas”, o incluso para justificar formas de autoritarismo bajo el argumento de que la sociedad habría llegado a un supuesto consenso en torno al poder del gobernante. En ese sentido, esta corriente de pensamiento, denominada crítica, ha terminado siendo invocada en ocasiones para debilitar precisamente aquello que pretendía fortalecer: el pensamiento crítico. Q.E.D, Quod eram demostrandum, Habermas. La Teoría de la acción comunicativa la expuso el filósofo en un libro que así tituló, publicado en 1981.
Por: Alfonso Cabanzo







