Durante los carnavales vallenatos de 1965, en el Salón Central, del empresario Marcelo Calderón, el gancho para los bailadores era la orquesta del maestro Juan Piña y sus muchachos, de gran ritmo y espléndidos en la interpretación del porro y el fandango. Ese grupo musical de San Marcos, Bolívar, fue bautizado en Valledupar como La Banda de los Piña.
El domingo por la tarde un grupo de curtidos bebedores cañaguateros, entre ellos Rafael Sánchez (‘Wicho’), Antolín Estrada, Rey Cartagena y “Cuco” Castilla, después de meterse unas “cañitas” en el bar Sol y Sombra del “Mono Puerco”, se fueron, ya paloteaos, hasta la pista del Central, donde la magia de algún capuchón aseguraba una noche de encanto y fantasía.
Con la cautela de un diestro cazador, “Wicho” merodeaba cerca a la tarima del salón y allí la vio. Era una graciosa “mascarita” que llevaba puesta una capa de colores azul y blanca y bailaba meneando la cadera como iguana en matorral. Al enfrentarla, ella lo invitó a la danza, y de inmediato comenzó el coqueteo, seguido del amacice y el rascabucheo, en una noche de alegría delirante. La cerveza Nevada estaba en su máximo punto refrescante y calmaba el sofoco de la pareja, que no perdió una sola tanda. Ignorando por completo la identidad del misterioso capuchón, Sánchez atacaba con toda su galante artillería, y, en pos de un corone mañanero, logró convencerla de que al finalizar el baile se fueran hasta La Ceiba a continuar la jarana. Sobre las tres de la madrugada, la orquesta ejecutaba el porro Juan de la Cruz, uno de sus temas bandera, cuando la enigmática hembra le solicitó al atento parejo un par de frías antes del arranque. Con ínfulas de vencedor, “Wicho” fue a la cantina, pero al regresar con el encargo su pareja no estaba allí; misteriosamente, se le había vuelto alcanfor. Afanosamente, la buscó por todos los rincones del salón, pero no encontró rastro alguno de la capa azul y blanca. Descorazonado y ya en la calle, continuó la búsqueda entre la oleada de gente que salía de los salones Caribe, Buenos Aires y Costeñita, pero la mascarita no apareció.
Caminando por la calle del Cesar
De arriba abajo, de abajo a arriba,
Al poco rato que ya me sentía borracho
No podía encontrar lo que yo estaba buscando.
Medio pasmado y frustrado y medio, Sánchez, al llegar a la esquina de El Rey de los Bares, paró la oreja al escuchar música de viento proveniente de algún lugar cercano. Se trataba de una serenata que Piña y su gente le daban a doña Aminta de Felizzola, en cuya residencia ellos se hospedaban. Los músicos, pasados de caña, tocaban desordenadamente, y Alfonso Piña, el director, suspendió el toque, bastante molesto ante la precaria interpretación del vals Tristezas del alma. Al ser interrogado por Sánchez sobre el problema, Alfonso respondió: “Esta gente esta rascá y no me tocan más”. Wicho sentenció, antes de alejarse: “Lo que pasa es que la banda está borracha”.
El guayabo ocasionado por lo vivido la noche anterior y el murmullo cantarino del río Guatapurí acompañaron a Sánchez Molina a silbar una fresca melodía que florecía mientras recordaba el episodio del esquivo capuchón y la malograda serenata en casa de doña Aminta. Rápidamente, la canción tomó forma, y más adelante el compositor la integró al repertorio de los Piña, quienes la grabaron en el sello Tropical de Barranquilla. El autor lideraba en ese entonces un grupo musical, antecesor de Los Playoneros del Cesar, identificado como Los Laceros Vallenatos, y, queriendo aprovechar esa coyuntura, solicitó a la empresa la grabación de sus cantos Penas negras y Campesina ibaguereña. Ante la negativa de la disquera, él no autorizó la salida de su obra en versión de los sanmarqueros, sino que optó por firmarle un contrato de exclusividad a Sonolux, sello bajo el cual la pieza fue luego catapultada por Alfredo Gutiérrez y sus Estrellas, con el soporte del dramatizado relato incorporado por el genial cartagenero Luis Pérez Cedrón.
“Wicho” Sánchez jamás conoció la identidad de la tramposa bailadora de la capa azul y blanco, pero le agradece eternamente haberlo burlado, ya que eso le dio motivos para crear su famosísima composición La banda borracha.
Lo que pasa es que la banda está borracha,
Está borracha, está borracha…
Por: Julio C. Oñate Martínez











