El inquieto Ricardo Gutiérrez Gutiérrez, que no requiere de ponderaciones porque hace sus cosas por vocación y voluntad, con pregrado, grado, posgrado y maestría de tiempo completo, diplomados, horas extras y otras cosas más, sobre nuestra música vernácula; agrega a su interés testamentario este libro, “San Antonio de El Paso del Adelantado, la tierra de Alejo Durán”, donde se condensan aspectos sociológicos, físicos y geográficos sobre vidas aportantes a la cultura musical en un pueblo que dio vida a la actividad ganadera por primera vez en el comienzo de nuestra historia, como lo describe con idoneidad el mismo autor.
Esta obra, que no puede faltar en la biblioteca de quienes nos preocupamos por las cosas de nuestra tradición, implica, tal vez, un sentimiento originario hacia su esposa, quien hunde sus raíces ancestrales en esta tierra, de la cual yo también provengo. Estas exploraciones hacen de Gutiérrez un narrador reminiscente, captor de la memoria colectiva, que trae a la literatura escrita lo que circula latente en boca de la oralidad circunstancial de diverso orden, que tendería a desaparecer si no fuera por este aporte novedoso sobre nuestra autoctonía.
Y es que además de lo dicho, Gutiérrez es —ante todo— un museólogo, para no decir melómano o musicólogo, al conocer con autoridad y certeza profunda las historias que dieron vida a una composición cualquiera y a un gran número de autores, según sus épocas, que guarda como relicario en la caja fuerte de sus afectos culturales. Digamos, entonces, que Ricardo no hace sus pinturas con frágil barniz, sino con la pura costra vegetal que hace de sus muestras e imágenes, que no sucumben y no dejan duda sobre su pasado, para lograr que sean de vida duradera e irrepetible.






