OPINIÓN

Gracias a un compromiso previo

Una invitación declinada por un compromiso familiar evitó que el autor estuviera presente en la trágica masacre de La Jagua de Ibirico. Años después, recuerda cómo una compleja intervención quirúrgica permitió salvar la pierna de uno de los sobrevivientes, en un episodio que marcó su trayectoria profesional y personal

José Romero Churio - Columnista de EL PILÓN

José Romero Churio - Columnista de EL PILÓN

canal de WhatsApp

El segundo episodio que le generó relevancia a mi trayectoria de médico especialista en Cirugía General fue la cirugía que le realicé a mi colega José Guerra Áñez (médico especialista en Salud Ocupacional), quien fue uno de los heridos graves en el nefasto ataque con metralletas dentro de un restaurante de La Jagua de Ibirico, donde varios criminales asesinaron a Jacobo Lacouture Castañeda (objeto del ataque) y a otras seis personas. Además, quedaron heridos el médico Rafael Gutiérrez Acosta, que entonces era el director de salud del departamento del Cesar y el odontólogo Antonio Sagbini, quienes participaban en una brigada de salud en la antedicha población.

El doctor Rafael Gutiérrez Acosta (q. e. p. d.) me había invitado a participar en dicha brigada. Me excusé por el compromiso previo de asistir a una celebración en Guacoche, corregimiento del municipio de Valledupar, mi terruño ancestral. El día anterior de la susodicha masacre, Jacobo Lacouture Castañeda −mi amigo desde cuando yo era médico general, porque a su madre le diagnostiqué una enfermedad crónica grave que sanó con el tratamiento prescrito−, me visitó en mi residencia y entre los temas que hablamos me dijo: “Doctor Romero, por la confianza que le tengo, le comento que he recibido amenazas de muerte en caso de que vaya a mi pueblo −y me mostró el texto manuscrito de la última advertencia que le habían enviado−. A esos enemigos les voy a demostrar que no van a impedir que visite a mi pueblo”. Entre las múltiples alternativas que le expuse para solucionar tan peligrosa situación, le aconsejé que lo mejor era que buscara conciliación con tales enemigos.

El día que aconteció el infausto suceso −que fue un domingo− en la mañanita viajé con mi esposa y mis hijos a Guacoche (casi simultáneamente al aciago acontecimiento, porque la celebración incluía desayuno). Eran casi las 2 p. m., cuando el médico Roque de Ávila Quintana (ortopedista-traumatólogo) llegó a Guacoche a solicitarme la colaboración de valorar una de las extremidades inferiores del doctor José Guerra Áñez −que ya le habían atendido la urgencia vital que requirió colostomía terminal tipo Hartmann− que también tenía fracturas óseas y una herida arterial que le obstruía la circulación sanguínea. Después de valorar el estado de la extremidad inferior comprometida, le informé al paciente colega y a sus familiares que, por el tiempo transcurrido de las heridas, había una altísima probabilidad de practicarle una amputación a nivel del tercio inferior del muslo, cuyo propósito es salvarle la vida; no obstante, primero le haría una cirugía restaurativa del flujo sanguíneo y, en caso de que fracasara, se le realizaría la amputación. Aceptaron, y le realicé dos fasciotomías amplias para descomprimir el edema intersticial producido por el trauma, extracción de los coágulos obstructivos con sondas especiales y le coloqué un injerto venoso autólogo desde la arteria femoral a la arteria poplítea. El resultado fue excelente, ya que mi colega no requirió amputación.

Por complicaciones de las fracturas óseas, el doctor José Guerra Añez fue trasladado a Barranquilla al hospital universitario donde había estudiado la carrera de medicina. En dicho hospital fue atendido por prestigiosos ortopedistas traumatólogos y otros médicos especialistas. Esos eminentes profesionales de Barranquilla elogiaron altamente la cirugía que le practiqué a su exalumno.

En Valledupar, Orlando Mejía Castro, mi amigo querido, propagó el enaltecimiento que me prodigaron los médicos tratantes del colega José Guerra Añez en Barranquilla por la morbilidad derivada de las fracturas óseas ocasionadas en el nefasto ataque de La Jagua de Ibirico.

Postdata: a Dios, mi agradecimiento por impedir que participara en la brigada de salud realizada en La Jagua de Ibirico, ya que en el momento del siniestro ataque indiscriminado, seguramente yo habría estado al lado de Jacobo Lacouture (q. e. p. d.). Además, le agradezco mi acertada decisión, que evitó que a mi colega se le amputara una de sus extremidades inferiores. Loa a Dios.

Por: José Romero Churio

Temas tratados
  • columna
  • Columnista
  • Opinión

TE PUEDE INTERESAR