He leído con admiración, estos días en que se aproxima la cuarta versión de la Feria del Libro de Valledupar, FELVA, el libro ‘Priscila, en el país del olvido’, del joven investigador Ernesto Altahona Castro. El libro es una buena muestra de cómo las herramientas modernas, técnicas y digitales apoyan una buena edición, a la que no le ha faltado el buen gusto desde los colores, la portada y el uso de diagramas que te llevan de la mano, en su trama y desarrollo. Esta última es una forma inteligente, casi de buena enseñanza de salón de clase de colegio, para irte haciendo más fácil y concreto el texto, sus claves y su contenido.
Pero esas herramientas resultan más poderosas cuando sirven desde un computador para hacer rigurosas investigaciones históricas. El escritor lo admite. “Mi campo es la tecnología”, dice, y esta, con su última dimensión, la de la inteligencia artificial, se le incorpora al narrador no solo en la ortografía de las palabras, sino en la redacción de los textos. Leemos de Carmen Riera, vicedirectora de la Real Academia Española, RAE: “Yo no la uso, pero no tengo más remedio que tenerla incorporada en muchos aparatos que uso. El carro usa IA, el celular usa IA” (GDA, El Tiempo, 17 de mayo de 2026).
Altahona hace ver que la genealogía histórica se ha abierto paso en la labor del conocimiento de la historia, herramientas como las de la iglesia mormona Family Search —se accede vía internet y se da el nombre y despliega todos los ordeños y grados de la familia— han revolucionado las investigaciones que antes se hicieron en la región por sobresalientes escritores como Alfredo Mestre Orozco (Los hijos de los curas) y Jorge González Cuello (Aquel Corral de Piedras). Unos hallazgos hechos por provincianos, no profesionales de la disciplina de la historia, con dedicación de décadas, iniciados casi que a la luz de las velas, en apuntes de cuaderno y en una vieja máquina de escribir, y con una pasión desbordada. Su contribución a la genealogía de las familias del nororiente colombiano es francamente sensacional. Y no dejaremos de reconocerla en esos dos progenitores, Mestre y González.
Ernesto Altahona ha venido en gran medida a dinamizar la investigación histórica regional. Y a renovar los trabajos que hacen varios miembros reconocidos de la Academia de Historia del Valle de Upar – y del vecindario-, que en otra ocasión nombraré corriendo el riesgo de alguna omisión, cosa que en la parroquia vallenata suele ser imperdonable. También de historiadores profesionales, un poco más jóvenes, como Hughes Sánchez y Miguel Suárez Araméndiz.
La historia de Priscila Aarón Herrera, la desconocida escritora costeña de la última mitad del siglo XIX, que escribió la novela ‘Un Asilo en la Goajira’ (1880), marcada por el incendio de Riohacha de 1867, es apasionante, y el libro recoge aspectos sobresalientes de su mundo, su contexto, su hogar, desde su familia política, los influyentes Núñez cartageneros de su esposo, hasta los Herrera de la provincia vallenata y de Padilla cuyo eje central es su madre la riohachera Teodora Herrera Pérez, fallecida en Villanueva, una verdadera matrona, cuyos hermanos y descendientes jugaron un papel sobresaliente en la política regional y nacional. Priscila termina viviendo en Bogotá, en medio de un ambiente familiar cultural, y un clima político del radicalismo liberal, propicio para que la mujer asumiera nuevos roles. Sorprende esa importancia de la mujer cuando apenas la región se iba liberando de la esclavitud del negro africano y un siglo después pudo ejercer el derecho al voto. Habría que ahondar en la hipótesis de Altahona sobre qué tanto el gobierno radical en los llamados Estados Unidos de Colombia —entre 1863 y 1886—le dio juego y espacio a la mujer.
Un futuro desafío es ampliar el conocimiento de Doña Teodora que se movía en Valledupar, San Juan, Riohacha, Villanueva, Ocaña, hacía negocios, tuvo tres maridos, con sus hijos hizo matrimonios de conveniencia extraordinarios, casó tres hijas Aarón Herrera con tres hermanos Núñez , les imprimió a los de la rama de ascendencia francesa una capacidad política, social y profesional sobresaliente. La forma y contenido de su testamento en Valledupar demuestra su inteligencia natural; el autor señala que el aislamiento de Valledupar no era tal, como han dicho los historiadores.
¿Qué hizo que en la Convención de Rionegro de 1863, de los 5 delegados del viejo, grande e importante departamento del Magdalena, cuatro fueran de lo que hoy es el Cesar y La Guajira? Allí había tres de la casa de Priscila, su marido y sus dos hermanos medios, los Louis Herrera. Más exactamente en la casa de Teodora, la matrona. Los llamados clanes familiares regionales de nuestro siglo palidecen ante el poder de esa casa de los Buendía de políticos, generales, abogados, gobernadores, alcaldes, ganaderos, comerciantes, médicos, escritores y artistas.
Ocho años atrás, el tío Juan Herrera, hermano de Teodora, que vivía en Badillo, fue designado gobernador de la nueva provincia, y según nos ha contado Leovedis Martínez Durán, el día primero de enero de su posesión (1856) no pudo llegar a Valledupar por amenazas de muerte en su contra pero llegó dos días después a tomar el control, frente al posesionado por ausencia Vicente Sebastián Mestre, abriendo fuego al aire con 25 guardias armados. Según Altahona, Juan murió en la batalla de Riohacha en 1867, que dio origen al relato de Priscila Aarón, en la que, con su sobrino, el general José María Louis, al llegar al puerto, se enfrentó a otro general, el español Felipe Farías. José María fue el primer gobernador del nuevo Estado del Magdalena e inició una década de guerras sin parar en un periodo, por estudiar, que terminó en agosto de 1875 en San Juan del Cesar cuando las tropas de Farías matan al gobernador del Magdalena Joaquín Riascos. Era Louis Herrera un liberal tan radical, que, a juicio del primer historiador del Magdalena, José Alarcón (1895), reproducido por Tomás Darío Gutiérrez, convirtió a su ‘esbirro’ Isidoro Fuentes, jefe militar del Valle, en el causante de muchas muertes de sus opositores políticos con premeditado engaño.
Hay muchos hallazgos, informaciones inéditas, en el libro de Altahona Castro, que quisiera aportarle a los lectores y hacerles comentarios. Pero no voy a hacer mucho espoiler, “revelar detalles clave de la trama o el final de una obra, arruinando la sorpresa” (RAE). Lo mejor es que el lector lo compre y lo lea. Tendremos oportunidad de hacerlo en los clubes de lectura, hoy por fortuna de moda, en la nueva librería La Bienaventurada y en la resucitada casa de la Academia de Historia del Valle de Upar.
Por Juan Carlos Quintero Castro






