En el último Festival Vallenato, durante el desfile de piloneras, César Augusto Palmezano reconoció varias boquillas rojas, inconfundibles, que brillaban en los saxofones. No hizo falta que nadie se presentara; sabía que esas piezas habían salido de su taller. “Hay que empezar desde uno, porque uno es más que cero”, comentó mientras veía esos destellos de color colarse en medio del repertorio.
Esa frase resume la dimensión silenciosa de su trabajo. Cada pieza que fabrica —una boquilla, un barril, una campana, un clarinete completo— es una forma de resistencia: la de quien apostó por un oficio que prácticamente no existía en su entorno y lo fue inventando a punta de ensayo y error, entre encargos pequeños, reparaciones urgentes y noches de experimentación.
Porque en San Diego, Cesar, donde la cultura es raizal, Palmezano construye instrumentos como si trabajara para una gran metrópoli musical. Desde ese pueblo, su nombre circula entre músicos de Estados Unidos y Europa que buscan algo muy preciso: instrumentos de viento hechos a mano, con alma caribe y precisión de laboratorio.
Un niño que desarmaba relojes
“A los ocho años la música empezó con un cuatro en Barquisimeto, Venezuela”, recuerda, como quien marca el primer compás de una obra larga. De ese niño que tocaba un instrumento popular a escondidas de las preocupaciones adultas, quedan dos rasgos intactos: la curiosidad y la terquedad.
Después vino el oboe, su primer viento, y luego el clarinete, prestado primero por el sistema venezolano y luego regalado por su madre y el padre Becerra, el sacerdote que terminó siendo su tutor en San Diego.
@palmezano_woodwind2 CLARINETES PALMEZANO GÉNESIS COL II EN GUAYACÁN GÉNESIS II (madera sintética-Nazareno) #clarinet #clarinetistas #clarinetist #tical @lmoscososaxophone @Plus Sax @Alfredo Demey ♬ sonido original – Palmezano_woodwinds
Mientras otros niños aprendían apenas las notas, César ya estaba metiéndole mano a los mecanismos. El maestro Carlos Parra, director de bandas en Valledupar, detectó esa inquietud: lo veía desarmar relojes mecánicos y lo puso a enzapatillar clarinetes y saxofones en la banda departamental. “Usted tiene talento para la mecánica”, le dijo alguna vez, entregándole no solo un juego de repuestos, sino la legitimidad para tocar aquello que nadie más quería tocar: las entrañas de los instrumentos.
“Yo era el que arreglaba los clarinetes de la banda cuando tenía doce años”, cuenta ahora, sin épica, como quien describe un juego de infancia. Ese juego, con el tiempo, se convertiría en oficio.
Entre Dios, la tropa y la duda
Su biografía parece escrita en zigzag. Fue monaguillo, becado en Bellas Artes, estudiante de música, seminarista con carmelitas y jesuitas, bachiller nocturno, clarinetista de banda, aprendiz de mecánica en Alemania y, por un breve y duro paréntesis, oficial de la Policía enviado a Putumayo en plena época de conflicto.
En el seminario aprendió algo que lo acompañaría para siempre: la imposibilidad de traicionarse a sí mismo. “Yo sentía que hablaba de algo en lo que ya no creía. Me estaba echando mentiras”, dice sobre su salida de la vida religiosa. Esa misma incomodidad lo expulsó de la Policía: la cadena de mando, las órdenes incuestionables, la idea de la obediencia ciega chocaban con alguien que necesitaba desarmar las cosas para entenderlas.
Entre Bogotá, Villavicencio, Bucaramanga y Estados Unidos siempre aparecían dos constantes: la música y la mecánica. Tocaba en orquestas, daba clases, coordinaba escuelas de música, montó una academia en Villavicencio, hacía musicoterapia y, al mismo tiempo, seguía reparando saxofones, clarinetes y flautas para quien se atreviera a confiar su instrumento a un “desarmador profesional”.
El Caribe como laboratorio sonoro
Cuando su madre murió y el duelo lo obligó a replegarse, el Caribe dejó de ser solo origen para convertirse en refugio. Volvió a Valledupar, luego a Manaure en busca de un clima más fresco, y finalmente a San Diego, donde hoy tiene su taller.
Desde allí, su trabajo conversa con el paisaje: árboles, brisas, sequías, la bicicleta y su amor por los perros.
La madera no es solo materia prima; es memoria. Palmezano trabaja con especies de la región, como el corazón fino, elegidas por sus propiedades acústicas y su resistencia, pero se niega a quedarse en la nostalgia del taller tradicional. Combina esas maderas con fibras de carbono, usa impresoras 3D para prototipos y piezas imposibles de conseguir en el mercado, diseña tudeles y boquillas con software y las ajusta a mano hasta que el sonido responde.
“La Costa Caribe es mi laboratorio, pero también mi inspiración”, suele decir. En sus clarinetes y saxofones conviven la humedad del río, el polvo de las calles de San Diego, el café orgánico y la precisión de un torno que puede fabricar una pieza de micras de tolerancia.
Un saxofón que hace historia
En un video que circula en redes se ve un saxofón alto Q1, en bronce, presentado como “el primer saxofón fabricado en Colombia”. El crédito es claro: luthier colombiano, César Augusto Palmezano. Más allá del reclamo histórico, el dato señala un punto clave: en un país que ha construido identidad alrededor del acordeón, la fabricación de instrumentos de viento sinfónicos y de jazz ha sido, hasta ahora, un territorio marginal.
Palmezano no solo repara: construye clarinetes completos, flautas, boquillas, tudeles, campanas y accesorios a la medida de intérpretes profesionales. Sus clarinetes de fibra de carbono pueden costar 15 millones de pesos o más, y vende pocos al año. Lo que sostiene el taller, explica, es un catálogo amplio de servicios: restauraciones profundas, mantenimiento de alto nivel, fabricación de repuestos y personalización estética y acústica.
“Mi trabajo en Valledupar es apenas un cinco por ciento de lo que hago”, reconoce. El resto llega por encomienda desde Bogotá, La Guajira, otras ciudades del país y del exterior. En sus registros hay saxofones que cruzan fronteras, flautas enviadas a Estados Unidos, piezas hechas para colegas latinoamericanos que no encontraron solución en los grandes talleres de marca.
Un oficio sin relevo (por ahora)
En Colombia hay contados talleres especializados en instrumentos de viento. La mayoría se concentra en grandes ciudades y muchos se limitan a mantenimiento básico. La restauración integral —esa que devuelve a la vida instrumentos antiguos o muy dañados— y la fabricación artesanal de vientos siguen siendo excepciones más cercanas al arte que a la industria, y en el caso de Palmezano son, además, un oficio sin aprendiz declarado, con el riesgo real de morir cuando él deje de trabajar.
Desde un municipio pequeño del Cesar, Palmezano está ocupando un lugar que, en otros países, se asocia a tradiciones centenarias como las de Vogtland, en Alemania, donde existen escuelas formales de construcción de instrumentos de viento y programas de formación de aprendices que duran años. Su taller, levantado en soledad y sin relevo generacional a la vista, conecta con una genealogía global de fabricantes que, a punta de paciencia y obsesión, han hecho posible que un músico pueda confiar su sonido a un ser humano y no solo a una fábrica.
En el Caribe colombiano, donde las bandas de viento han tenido un papel clave en la historia de las fiestas populares desde mediados del siglo XIX, contar con un luthier de vientos propio no es un lujo: es una pieza faltante de la cadena cultural. Hoy, las manos de Palmezano cierran un círculo que va del niño de banda escolar al profesional que se sube a un escenario internacional, pero también marcan una urgencia: él mismo se imagina, en una o dos décadas, dedicándose a enseñar este oficio, porque si nadie aprende lo que sabe, ese eslabón podría romperse con su generación.
En un mundo donde la música se vuelve cada vez más digital, César Palmezano insiste en algo profundamente analógico: el sonido empieza en el cuerpo de quien sopla, pero también en las manos de quien fabrica aquello que vibra. Y ese punto de partida, hoy, está en San Diego, Cesar.







