En Valledupar hay ruinas de ladrillo y cemento que relatan historias más aflictivas que las canciones vallenatas. Quienes caminamos esta tierra con la memoria intacta, recordando los tiempos en que los derechos se medían en “pesos de tierra” en las sabanas comunales del Valle de Upar, Hatos Arriba y Hatos Abajo, sabemos que el progreso del Cesar no fue un regalo, sino el fruto del sudor de familias que, como la mía, pusieron las tierras al servicio del progreso. Desde mi abuelo, donador de hectáreas para la construcción de nuestro aeropuerto en 1936, lo apostaron todo por la región.
Sin embargo, la historia agrícola de nuestro departamento tiene un capítulo oscuro que algunos pretenden borrar: la época del “Oro Blanco” y la dictadura comercial de Diagonal (Distribuidora de Algodón Nacional).
Durante las décadas de los 70 y 80, el Cesar floreció, pero detrás de la bonanza se escondía una trampa económica diseñada desde el centro del país. Diagonal no era un aliado del campo; operaba como un monopsonio de facto, un cartel creado por las grandes textileras antioqueñas para ser el único comprador autorizado de nuestra cosecha. Bajo la figura de la “absorción obligatoria”, el Estado obligaba a los agricultores algodoneros a entregar su algodón a Diagonal, quien dictaminaba la calidad a su antojo y fijaba precios artificialmente bajos. El esfuerzo, el sol y el riesgo los ponían sus agricultores; la riqueza industrial y los márgenes de ganancia se quedaban en las fábricas de Medellín.






