El vallenato no nació en academias ni en auditorios; nació en corrales, en el campo, en las veredas, en las parrandas, en la memoria viva de un pueblo. Lo que ayer hacía bulla en una esquina, hoy alegra a Hispanoamérica y al mundo entero. Tanto ha sido su auge, que el río Guatapurí pareciera ir ganando una disputa simbólica frente al Amazonas y el Nilo: no por su cauce, sino por sus melodías.
El Festival de la Leyenda Vallenata, creado como vitrina para nuestros compositores, acordeoneros, cajeros, guacharaqueros y cantantes, ha cumplido un papel histórico invaluable. Allí han nacido canciones importantes; sin embargo, los verdaderos himnos del vallenato no siempre han estado en ese certamen o han sido desestimados: obras que han cruzado fronteras y que parecen tener vida propia han encontrado otros caminos.
Esto puede ser consultado en el libro del escritor Carlos Alberto Ramos, Descifrando el significado de las canciones, donde describe la ruta de obras insignes que no lograron florecer en el certamen, siendo hoy clásicos como A mis hijos por qué, Canasta de ensueño, Mi gran amigo, Luna sanjuanera, entre otras. A puertas de sus 60 años del Festival de la Leyenda Vallenata, surgen preguntas necesarias e impostergables.
En su versión 59, de 235 canciones inscritas, solo 65 fueron clasificadas: 29 paseos, 14 merengues, 12 sones y 10 puyas. Aun con un jurado respetable, integrado por figuras como Fernández Padilla, José Atuesta Mindiola y Celso Guerra Gutiérrez, voces autorizadas como la juglar Rita Fernández han advertido: “Hemos visto el nivel bastante bajo”.
Esta afirmación no debe asumirse como crítica destructiva, sino como una alerta estructural.
¿Está fallando el compositor… o el sistema que lo forma? Durante años hemos exaltado el vallenato como patrimonio oral e inmaterial, pero hemos descuidado su documentación. No hemos dado el paso necesario para consolidarlo como género literario y académico.
Nuestros juglares se han ido, llevándose consigo no solo canciones, sino procesos, métodos y caminos creativos. Hoy conocemos el resultado… pero desconocemos el cómo.
En conversación con el maestro Rosendo Romero, surgió una reflexión reveladora. Al analizar una obra, preguntó: “¿Por qué compones?”. La respuesta fue espontánea: “Por hobby”. Él corrigió con sabiduría: “No, tú escribes por amor al arte”. Pero lo más profundo vino después: al preguntarle dónde se aprende formalmente a componer, respondió con una frase que resume toda esta crisis:
“Estamos huérfanos en ese sentido”. Y esa orfandad es real.
Hoy no existe una cátedra sólida de vallenatología en colegios, ni en el SENA ni en las universidades. No se enseña a escribir una canción vallenata desde la métrica, la narrativa ni la estructura musical.
El vallenato sigue siendo inspiración… pero aún no se ha consolidado como ciencia ni como técnica.
La propuesta: del diagnóstico a la acción. Si el problema es estructural, la respuesta debe ser estructural. Y para dar respuesta a las inquietudes de los verdaderos vallenatos —no solo de quienes nacen en Valledupar, que con orgullo son valduparenses, sino de quienes asumen un horizonte más amplio de lo que significa ser vallenato—, es necesario retomar una conversación que ya parece agotada, como lo expresó Fredy Soccarrás Reales siendo alcalde en un COMPOS realizado en la Alcaldía de Valledupar.
Más bien, debemos centrarnos en quienes viven y sienten este folclor como propio; esos son los verdaderos vallenatos, indistintamente de su lugar de nacimiento, pues son ellos —quienes lo consumen, lo preservan y lo proyectan— el soporte fundamental de su permanencia y evolución.
Para ahondar en la importancia del compositor, basta con trasladarnos a la noche de canción realizada en Curumaní en el año 1989, presidida por lo más granado de la composición y coordinada nada más y nada menos que por el mismo Hernando Marín. Dieciséis compositores que, traídos al presente, no cualquier presupuesto municipal aguantaría ese brinco; sin embargo, en este certamen solo cobraron manutención y pasajes.
Esto vaticina solo una cosa: si China, Francia, EE. UU. o Rusia reclutan este capital humano, el vallenato tendrá otro santuario, con la esencia de lo que nos costó décadas construir. Y nosotros nos quedaremos, como se dice coloquialmente, “chiflando iguanas”. Basta ver cómo artistas internacionales, como Luli Zikri, interpretan “Mi poema” con una fuerza que demuestra hasta dónde puede llegar este género. La ruta no es compleja… pero sí urgente.
Certamen alterno de canción inédita: pasar del descarte a la oportunidad
Más de 170 canciones quedan por fuera del filtro oficial. Allí no hay fracaso: hay un banco de talento invisible. Propuesta concreta: Organizar un certamen alterno paralelo en Valledupar, incluso en homenaje al Binomio de Oro de América, aprovechando el ecosistema del festival.
Condiciones ya resueltas
Escenarios disponibles, flujo masivo de público e interés real por nuevas propuestas. Ejecución clara: Solicitar a la Fundación mecanismos de contacto o abrir una convocatoria pública transparente. Convocar formalmente a los compositores no clasificados, establecer boletería simbólica que garantice sostenibilidad, vincular empresarios mediante donaciones con beneficios tributarios (la norma lo permite) y generar una premiación amplia: no un solo ganador, sino visibilización colectiva. Impacto: Convertir lo que hoy es descarte… en plataforma.
Documentar el vallenato como ciencia y técnica
El vallenato no puede seguir dependiendo exclusivamente de la tradición oral. Acciones estructurales: Crear escuelas de pensamiento vallenato. Documentar procesos creativos de juglares vivos. Recuperar metodologías de los que ya partieron. Sistematizar: Métrica, narrativa y estructura musical, publicando material pedagógico accesible. Enfoque académico: El vallenato debe enseñarse como literatura, música, historia y técnica compositiva. Sin teoría no hay evolución sostenible. Sin método no hay escuela.
Institucionalizar la formación del talento empírico al talento formado
El talento existe; lo que falta es estructura. Ruta concreta: Programas técnicos por competencias o titulados en el SENA; cátedras obligatorias en colegios del Cesar, Magdalena y La Guajira; diplomados universitarios en música vallenata; talleres permanentes con juglares. Resultado esperado: El talento deja de dispersarse… y comienza a multiplicarse.
Reconocer al compositor como eje del sistema
El compositor no es un actor secundario. Es el origen de todo. Invertir en compositores es apostar por cultura, economía creativa e identidad regional. La Nación, los departamentos y las entidades de cooperación tienen recursos. Lo que falta no es capacidad… es decisión. Un género vivo necesita bases firmes. Hoy incluso se habla de un quinto aire: la romanza vallenata. Esto no debe verse como amenaza, sino como evidencia de que el género está vivo. Pero ningún crecimiento es sólido sin fundamento.
El vallenato está en un punto de inflexión: o se sigue celebrando desde la nostalgia… o se proyecta con estructura hacia el futuro. La mesa está servida y la oportunidad hace al empresario. El empresario que quiera invertir encontrará una oportunidad real; el compositor y el conjunto que quieran surgir necesitan escenarios; y el pueblo que ama su cultura exige respuestas. Porque el vallenato no solo se canta… se estudia, se construye y se defiende.
Y ahí, compadres, “ay ombe”, no está solo el futuro del vallenato: está su verdadera revolución, su magia y también la oportunidad económica donde muchas personas, desde la base, pueden generar puntos de encuentro entre el talento y el ingreso en una industria que cada día crece.






