Conducir por las calles de Valledupar se ha convertido en un acto de supervivencia para los conductores, un golpe al bolsillo por los daños a los vehículos y una verdadera prueba de destreza para los que van al volante.
Es, quizás, la forma más ‘efectiva’ de regulación de tránsito y, al tiempo, la más peligrosa. Ser conductor en Valledupar es casi que un acto heroico; y llegar sano y salvo a la casa se vuelve una fortuna, luego de transitar un camino minado por cráteres que afectan seriamente la movilidad.
Parece que para movilizarse en la ciudad es obligación convertirse en el mitológico Argos Panoptes, si de verdad se quiere salir ileso en este ‘juego’ donde los huecos son depredadores invisibles. A la exigencia de lidiar con conductores imprudentes, calles oscuras y manholes averiados, que se convierten en una trampa más, se suma otro riesgo: las trochas disfrazadas de calles con pavimento.
El problema empieza cuando ciudadanos disfrazados de plomeros socavan las calles y no le hacen el respectivo tapado o, en su defecto, la rellenan de tierra, echándoles después una capita de cemento del grosor de una hoja, que termina cediendo con el paso del tiempo, convirtiéndose luego en una trampa. Otras calles, golpeadas por el tránsito diario de años, empiezan a sufrir y a presentar deterioro, llenándose de huecos.
¿Cuándo le darán la importancia al problema? Lo más seguro es que cuando el deterioro vial empiece a generar consecuencias más graves. Entonces, los mandatarios ejecutan la reparación porque ya hubo una víctima.
Son 476 años de historia los que cumplió Valledupar, y los primeros caminos de herradura por donde transitaron nuestros juglares en sus correrías parecen hoy en mejores condiciones que las calles de la ciudad. Porque aquí, el que esquive un hueco, lo atropella el que va detrás; y el que lo atraviese, termina con la cintura dislocada, el vehículo averiado y el bolsillo roto.







