El Cuento de Pepe
En una tarde muy caliente de Maracaibo, cuando apenas cambió de dirección el sol, a eso de las tres de la tarde, nos sentamos en la terraza del hotel Victoria, un grupo de provincianos, de quienes hacíamos parte Efraín Quintero, Dámaso Villazón, José Vicente Bernardinelly, Herminio Bernardinelly, Tirso Maya y yo.
Tratábamos de distraer lo que quedaba del día, y disfrutábamos además de las brisas frescas que a esa hora comenzaban a soplar provenientes del lago. Al frente nuestro estaba situada la hermosa plaza Baralt y a la derecha de ésta quedaba el mercado de la ciudad, lugar que a diario visitábamos con el fin de que don Joaquín Valbuena, con paciencia, se interesara por cancelar el valor de nuestros viajes con novillos.
Aun cuando eran días que implicaban gran fatiga, también eran muy buenos para descansar y olvidar las tragedias e inconvenientes que implicaban esos largos y cansones viajes, los cuales eran necesarios para llevar hasta ese mercado semilibre nuestros lotes de ganado, cerdos, gallinas y cuanto produjeran nuestras provincias.
Nuestra distracción se centraba en la tertulia, la cual la basábamos en la vida y los personajes de nuestros pueblos, pero especialmente oíamos los cuentos verdaderos o ficticios del excelente narrador, mi compadre José Vicente Bernardinelly, quien era festivo, inteligente, avisado y tenía mucha mímica para representar las historias que nos iba relatando.
‘El Cazador’ es una de las historias que recuerdo. Trata sobre un matrimonio que vive en un pueblo de provincia, aparentemente muy feliz. No obstante, para el marido la cacería representaba su mayor interés. Se iba de viaje por varios días y dejaba a su señora fastidiada en su casa, esperando el regreso y las historias que con seguridad le relataría luego de las largas caminatas que hacía de día o de noche, mientras iba tras un venado o un tigre. Así el marido se divertía, mientras ella llevaba una vida lánguida, aburrida, fatigada con la soledad.
No existía ni siquiera la radio, mucho menos la televisión. Era cierto que su marido la mantenía muy bien, con los mejores muebles, la nevera siempre llena, con un patio lleno de pollos y gallinas, pero sin su compañía y su afecto, que ella necesitaba en las largas noches de invierno: él, de manera egoísta, sólo estaba pendiente de la información que le suministraban de animales silvestres para cazar.
Esta situación fue observada por un vecino avispado, que rápidamente conquistó los afectos de la triste mujer y logró relacionarse íntima y apasionadamente con ella. Todo marchó muy bien, hasta que un día el esposo le informó a su cónyuge que iba a salir por una semana y le pidió que le preparara bien el equipaje, cosa que ella hizo con esmero. En unos morrales empacó todo lo que era necesario para la larga temporada que él pasaría por fuera. El día convenido, que resultó un lunes, el marido partió temprano, despidiéndose con muchos besos y caricias y afirmándole que lo esperaba el próximo sábado y que se preparara porque a su regreso iban a realizar un largo paseo por Barranquilla, Cartagena y Santa Marta.
Cuando el marido partió, ella buscó la manera de avisarle a su amante, quien llegó presuroso luego de enterarse de que él tendría toda una semana libre para gozar. Cuando llegó, enseguida la invitó a la cama, pero ella le dijo: “Esta vez vamos a hacerlo de manera diferente, nada de cama, te propongo que lo hagamos como el burro y la burra”.
Acto seguido, ella se desnudó completamente y él la imitó; luego se acariciaron de pie, lo que les generó una tremenda excitación. Ella se desprendió de sus brazos, corrió y fue seguida por él, quien, para darle más sentido de realidad al acto, comenzó a imitar unos rebuznos.
Pasaron veloces por el amplio patio en cuyo centro había un frondoso árbol de mamón; en el juego, cuando él casi la alcanzaba, ella lo pateaba suavemente, lo que aumentaba su ardor. Finalmente, debajo del árbol frondoso, el amante la alcanzó; ambos estaban sudorosos. Allí, ella, imitando al animal que estaba representando, se puso en cuatro patas, y él, imitando al burro, se le acercó y le mordió suavemente la pierna, metió la nariz por su parte trasera, procediendo ella seguidamente a botar unas gotas de orina. Posteriormente, él volteó su cara hacia las ramas del árbol como si mirara al cielo. Quedó estático. Ella dijo:
—Mijo, ya oriné.
A lo que él respondió:
—Mira ahora pa’ arriba, pa’ que te mueras.
En lo alto de las ramas frondosas estaba escondido el hombre engañado, quien les apuntaba con una escopeta de dos cañones.
Al burro se le acabaron los bríos y ya no pudo cubrir a la burra. El cazador logró disparar sin herir a nadie, y si no atinó, se debió a la brisa que agitaba el árbol. La burra, más ágil, corrió todo lo que pudo y se encerró en su alcoba, mientras que el burro apenas alcanzó a recoger su ropa, abrir la puerta y correr desnudo por las calles buscando protección: su pene, en ese trance, era tan grande como el de un niño recién nacido. Recordar es volver a vivir.
Por Pepe Castro










