Al morir Clemente Quintero Araújo, su admirador y amigo José Antonio Murgas, reproduce sus versos y le hace el poema ‘Odaal Capitán’, un día como hoy hace 43 años, al celebrar los nueve días de su muerte. Quintero murió el 11 de marzo de 1983. Ambos trabajaron en el grupo motor del nacimiento del departamento; Murgas Aponte, exministro y exgobernador, hizo aprobar la ley de creación.
Realmente el doctor Clemente Quintero fue un político de excepcionales condiciones, como lo fue como ser humano; fue un estadista que no logró cuajarse porque en realidad no fue un hombre de ambiciones, fue un ideólogo.
Pero hay un aspecto que yo he querido en los nueve días de su muerte exaltar y que muchas gentes no conocen.
Es Clemente Quintero, el inmenso poeta, el hombre que amó la naturaleza, la exaltaba, le daba brillo a las cosas pequeñas de ella, las elevaba a un primer plano. He hecho un poema para celebrar sus nueve días. La primera parte de exordio, o sea la introducción, con los mismos versos de él, de su poesía, y luego sigue mi poema. Se llama “Odaal Capitán”:
En la radio de la época, escúchelo aquí
“Yo voy a morir en marzo. La fecha no la sé.
Yo voy a quemar el mar para ver la total belleza del incendio de las olas.
Yo voy a coger las estrellas para bañarlas una por una en el río Garupal”
Así hablaba el capitán.
“Yo voy a coger amores con la novia del viento para que también la gocen los otros compañeros.
Soy el dueño de las uvas que caen dulcemente de la parra del amanecer.
Yo soy el único dueño de los potros salvajes que patean el sabanal”.
Esa su inspiración.
“Yo ordeno que todos los perros que no sepan ladrar se vayan al exilio de esta tierra.
Yo, como único jefe que soy, ordeno plantar nuestra bandera porque es la única humana y libre; que salgan de aquí los que tienen el cerebro encalabrinado, el corazón y el alma”.
Así mandaba el capitán.
Leyenda de bonhomía, verbo encendido cuya llama quema la hojarasca de banderas entreguistas y fustiga a los cobardes que se rinden a los amos de la fama, del rito y a los dueños del agua.
Clemente Quintero Araújo, metal de finos quilates, textura de altiva raza, metal que no se fatiga y solo se entrega al final al misterio de la fragua, pero que nunca antes se había entregado ni en las batallas perdidas ni en las batallas ganadas y siempre esgrimió la espada a la altura del carácter para defender al justo, al humilde y la alborada. Y defender las ideas como peces que en el agua buscan la superficie para luego liberarlas.
Clemente Quintero Araújo no hay tumba, apenas hay un reposo del guerrero.
Hay en el aire un cristal con figuras de recuerdo. Yo juro que no habrá olvido.
Ahora escucho su voz. Ahora se ve el ademán del bravío capitán que se repite en el viento.
Walt Whitman escribió el poema de su arquetipo ideal, Neruda hizo sus versos, los Versos del Capitán. Yo como soldado fiel también tengo mi arquetipo de grandeza y de lealtad.
Ejemplo de muchas cosas, amoroso de su casa, sembrador de su barbecho y amigo de los luceros. La patria canta su himno cuando un patriota se va. Valledupar ahora queda sin la palabra inmortal y la nostalgia camina por la vetusta ciudad.
Desde la eternidad llama la voz del abuelo, llama la voz del hermano y todos hacen un coro para que tiemblen los malos, se liquiden las cadenas, brillen los pechos de acero y se levanten los hombres que creen en la libertad.
Ha quedado el evangelio de la rosa del lucero y el maizal, de la lucha y la justicia del pueblo esperando las auroras que tus lanzas señalaron.
Clemente Quintero Araújo, capitán y compañero, vamos a seguir conversando, ahora de manera distinta, solamente con la mente y el corazón palpitando.
(En la radio de la época, escúchelo en versión web)
Por: José Antonio Murgas.







