En la vieja Cartagena de Indias, y a lo largo de las calurosas sabanas del Caribe, la piel de los habitantes contaba historias que no siempre eran de alegría.
Antes de que la medicina moderna llegara con sus antibióticos, una bacteria silenciosa, la «Treponema carateum», dibujaba mapas sobre los cuerpos de los campesinos. A esta condición se le llamó «carate», una palabra que evoca tiempos de hamaca, monte y humedad.
El «carate» no era una enfermedad discreta; se manifestaba con una paleta de colores que iba desde el azul y el rojo hasta el pardo y el blanco, volviendo la piel escamosa con el paso del tiempo.
La imaginación popular, siempre buscando explicaciones en la naturaleza, encontró similitudes inmediatas: la piel del enfermo recordaba al plumaje jaspeado de ciertas aves y al tronco descascarado del árbol de «almácigo» —conocido jocosamente como «indio en cuero» o «resbalamono», así como «carate»—.
También, a nivel continental, la enfermedad unía a «América Latina» bajo distintos nombres, ya que según el «Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana» se le conoce como «mal del pinto», en México, Argentina y Puerto Rico; «pinta», en Cuba, Chile y Estados Unidos de Norteamérica; «purú purú» o «kuro kuro», en el estado del Amazonas, en Brasil; «enfermedad azul de los chillos» u «obero», en Ecuador; «cativi», en Guatemala y Honduras; «bulpis», en Nicaragua; «carate», en El Salvador; «cute» o «carate», en Venezuela; «quiricua», en Panamá; «Boussarole», en Haití; «gussarola», en la República Dominicana; «picuití», en Guadalupe.
El estigma y la picaresca
Aunque médicamente benigno —no mataba, pero marcaba—, el «carate» generaba un profundo rechazo social. Sin embargo, el espíritu caribeño, resiliente por naturaleza, transformó la vergüenza en folclor.
El «caratejo», «caratoso», «carachento», «jobero» o «joberoso» pasó a ser protagonista de coplas y versos.
La picaresca popular, recogida por folcloristas como León Rey, cantaba con humor: «Cuando dos se quieren bien / Y entrambos tienen carate, / A la madrugada grande / ¡válgame Dios, qué volate!».
Incluso la literatura colombiana inmortalizó el término. «Tomás Carrasquilla», en «La marquesa de Yolombó», inculpó a la mítica «Madremonte» de estas pestes: «Aquí, La Madremonte, musgosa y putrefacta, que, al bañarse en las cabeceras de los ríos, envenena sus aguas y ocasiona calenturas y tuntún, llagas y carate, ronchas y enconos. Tampoco tiene “contra”, la maldita».
El «Compae Chipuco»
Si buscamos un epítome, una personificación, del «carate», la podemos encontrar en «Antonio Guerra Bullones», un hombre solitario nacido en el caserío Las Palomas, corregimiento de Los Haticos, municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira.
Apodado «Compae Chipuco» por la onomatopeya de los tanques al golpear los costados de la bestia en que vendía agua en «Valledupar», la característica de su piel «pintá» por los efectos del «carate» fue llevada al cancionero popular en el paseo del excelente compositor José María «Chema» Gómez Daza, que en unos de sus versos nos canta:
«Oiga compae ¿cómo se llama usted?
Me llaman compae Chipuco
Y vivo a orillas del río Cesar
Soy vallenato de verdad
Tengo las patas bien pintá
Con mi sombrero bien alón
Y pa’ remate me gusta el ron».
La etimología de «carate»
La hipótesis más fuerte en que la mayoría de los filólogos coinciden es que el término «carate» proviene del quechua «q’ara» —o «ccara»—, que significa «piel» o «corteza».
De allí surge el vocablo «ccarati» —o «karácha»—, que designaba a la sarna, la roña o una enfermedad descamativa de la piel.
Es muy probable que los conquistadores y colonos, al escuchar este término en el Perú y el Nuevo Reino de Granada para referirse a afecciones cutáneas, lo adoptaran y lo llevaran consigo hacia el norte, extendiéndolo por el Caribe colombiano.
Pero, aunque la raíz quechua es la más aceptada académicamente, no podemos descartar la influencia de las lenguas de la familia Caribe, ya que en los manuscritos de la «Expedición Botánica» —Colección Mutis— se encuentran referencias a vocabularios de la lengua cumanagoto —hablada en la costa oriental de Venezuela— donde se registraron términos para describir estas afecciones.
Aunque es posible que existiera una convergencia feliz: una palabra quechua —«ccarati»— que sonaba familiar o se mezcló con términos locales caribes para describir la piel «pintada» o «escamosa».
Y que la asociación visual de la piel del enfermo del «carate» con la corteza rojiza del árbol de «almácigo» [«Bursera simaruba»], ya mencionado arriba, que se descascara en láminas transparentes dejando ver un tronco manchado de verde y pardo, cerró el círculo y la palabra pasó de describir la enfermedad a nombrar también al árbol que se le parecía.
En cuanto a sus acepciones, en la edición de 1933-1936 del Diccionario histórico de la lengua española, aparece así su entrada: «Carate. m. Enfermedad de los negros, en algunos puntos de la América Central. Carate. Voz probablemente indígena, que en Bogotá significa cierta enfermedad cutánea. Cuervo. Apunt., § 992.».
Finalmente hay que decir que nuestro «carate» no tiene relación alguna con el japonés «karate» —el arte marcial—, aunque ha generado confusiones la coincidencia gráfica que es accidental, ya que son dos etimologías completamente distintas.
El enigma médico del «ballenato»
En medio de este panorama dermatológico, surgió una particularidad en las zonas de la Guajira y el Magdalena. Allí, la sabiduría popular identificó una afección que consideraban distinta al «carate» y al «vitiligo».
Según los registros históricos locales, a esta condición se le llamó «ballenato» —con «B» de burro—, pues dejaba la piel con parches descoloridos, secos y escamosos, evocando el moteado de la cría de la ballena.
Se creía firmemente que era una entidad médica diferente, transmitida por las nubes de jejenes y mosquitos que azotaban la región.
Eso descartaba al «vitiligo», pues esta es una enfermedad de la piel, de las llamadas autoinmunes, que se caracteriza por la aparición de áreas despigmentadas —manchas blancas— especialmente en la cara y manos.
Lo mismo que al «carate», pues esta es una enfermedad causada por una bacteria y que se transmite principalmente por contacto directo con la piel de una persona infectada; y no se conocen reservorios animales de la enfermedad como los jejenes y mosquitos. Sin embargo, la realidad científica vista desde hoy nos dice otra cosa.
Es muy probable que lo que llamaban «ballenato» no fuera una enfermedad independiente, sino en realidad la fase tardía del «carate», ese estadio final donde la piel pierde su pigmento —la melanina— y queda blanca —la fase acrómica— parecida al «vitiligo».
Pero en aquel entonces, la distinción popular se basaba puramente en el aspecto visual, separando al «caratejo» colorido del «ballenato» blanquecino.
De los emplastos a la aguja salvadora
Durante décadas, ante la ausencia de médicos en los rincones más apartados de la provincia, la gente libró su propia batalla contra las manchas apelando a la botica de la abuela.
Se ensayaron todo tipo de «remedios caseros» en un intento desesperado por limpiar la piel: desde baños con cocimientos de hierbas amargas y frotaciones con limón y ceniza, hasta la aplicación de pólvora y azufre, buscando quemar el mal desde la raíz.
Eran curas dolorosas e ineficaces que, a menudo, solo irritaban más la piel curtida por el sol. Pero la historia cambiaría radicalmente a mediados del siglo XX, ya que, como un milagro de la ciencia, hizo su aparición la penicilina.
Las campañas de salud pública, impulsadas por organismos internacionales, llegaron a caballo y en lancha a las zonas rurales. Lo que los emplastos y rezos no habían logrado en siglos, lo consiguió la penicilina benzatínica de acción prolongada en cuestión de días. Una sola inyección bastaba para matar la bacteria y cortar la cadena de transmisión.
Si bien la penicilina curaba la infección y devolvía la salud, no siempre podía borrar el pasado: las manchas blancas —acrómicas— permanecían como cicatrices mudas de una batalla ya ganada.
La otra batalla de la «b» y la «v»
Esta distinción visual y semántica trajo consigo un conflicto de identidad para los habitantes del «Valle de Upar».
Los nacidos en «Valledupar», cuyo gentilicio es «vallenato» —con «V» de vaca—, se vieron compartiendo fonéticamente su nombre con aquella enfermedad —o secuela del carate— socialmente rechazada y llamada «ballenato», cuyo uso les ponía los pelos de punta.
La situación era tan incómoda que, en 1915, el educador «Miguel Vence» fundó la efímera «Academia de la Lengua de Valledupar», con una sola sesión y una única misión: cambiar el gentilicio a «valduparense» para desmarcarse del término «ballenato».
La historia, sin embargo, dictó su propia sentencia. Gracias a la penicilina, la enfermedad cayó en el olvido, el término médico se borró del habla común, y el «vallenato» —con «V»— sobrevivió triunfante, no como una mancha, sino como la música que hoy identifica a esa zona del norte de Colombia.
Por: CARLOS CRISMATT MOUTHON











