El guardián se arrebujó en su capote y malhumorado atisbó por el postigo de una garita interior que daba vista a la entrada del palacio virreinal.
Dedujo que era una hora pasada de la media noche, aunque no escuchó las doce campanadas de la Catedral por estar sumido en la nebulosa de un sueño agradable. Tomó en sus manos el trabuco de boca ancha y preguntó a gritos:
-¿Quién importuna la hora?.
Una respuesta en voz de varón, dijo:
-¡Soy yo, el Virrey!.






