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EDITORIAL
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Por supuesto, la felicidad es indescriptible. La historia ecuménica recuerda poquísimos golpes tan espectaculares, por su limpieza y efectividad, como el recién propinado a los secuestradores de las FARC.

Fue un golpe espectacular, claro, pero sobre todo inesperado. No sólo nadie lo esperaba, sino que muy pocos, poquísimos, creían posible un operativo de esa naturaleza.

El país aún no sale de su asombro al abrazar y escuchar en libertad a quince de los secuestrados en poder de las FARC; es casi inverosímil, pero es verdad: Ingrid Betancourt, los tres norteamericanos y once soldados y policías fueron devueltos al seno de la sociedad, al calor familiar, acabándose el suplicio de estas familias.

Tan asombrosa como la libertad fue la manera de su obtención, con un grado de inteligencia nunca jamás visto y todavía poco creíble. Justo el encomio para las Fuerzas Armadas, hoy por hoy una de las más profesionales del mundo.

Sin disparar un sólo tiro logró el Ejército colombiano infiltrar al enemigo y arrebatarle sus presas más preciadas, Ingrid y los Norteamericanos. Inclusive, en actitud de suyo inteligente fue respetada la vida de más de una decena de guerrilleros, quizás para no alimentar la retaliación contra los otros secuestrados.

El país era más bien pesimista; a decir verdad, era apocalíptico tratándose del rescate militar, lo que provocaba tanta presión nacional e internacional hacia el presidente Uribe Vélez, quien en su tozudez nunca descartó la posibilidad del rescate, ganándose la satanización de ser enemigo del intercambio humanitario.

La operación en comento deja sus enseñanzas. La única manera de recuperar a los secuestrados no es, pues, de modo negociado aunque de hecho reviste menos peligro para la vida de los plagiados.

El rescate recobra su validez, sin duda, a condición de ser la vida el norte de la operación; un riesgo mayor obligaría al aborto del operativo, lo que entraña una planificación perfecta, de relojero, para prever los mínimos movimientos y los variados escenarios.

La vida ha de privilegiarse por encima de todo lo demás; nada es más valioso que ella. El rescate de los quince secuestrados llena de esperanza al mundo pero no por el rescate per se, sino por la orfebrería para su planificación y ejecución, circunstancia traída a cuento para sofrenar el optimismo desbordado de quienes ahora, a buena cuenta de este rescate, creerán que esa es la vía excluyente y de cualquier manera.

En honor a la vida y a la libertad poco se ha reflexionado sobre el golpe de gracia dado a las FARC, acaso más contundente que los abatimientos de los miembros de su cúpula, incluido Manuel Marulanda Vélez.

No sólo se les metieron al rancho, inexpugnable como se creía, sino que los privaron de unos escudos humanos de inmensa valía.

El mundo estaba a los pies del terrorismo en un esfuerzo desesperado por salvarle la vida sobre todo a la colombo-francesa y a los norteamericanos.

Ya liberados, seguramente amaine el interés de los otros países y las FARC pasen a un segundo y tercer plano para el mundo.
Ojalá las FARC sepan interpretar el momento histórico que viven; no obstante la serie de descalabros mortales sufridos, tiene la oportunidad de salvar algo de su haber liberando de manera voluntaria a los secuestrados aún en su poder y abrirse a las negociaciones para reconstruir con su concurso un nuevo país.

La hora es de reconciliación, no de más guerra.

EDITORIAL

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